RELATOS

EL ÚLTIMO SHEDU: CAPÍTULO II

Capitulo II

Valaquia, 1461.

Los spahi siguen su camino hacia el noreste. El paso de los caballos es lento pero constante. Avanzan en formación. El sol, que descarga su luminosidad sobre ellos desde el oeste, crea un efecto cegador haciendo que las  armaduras se prolonguen en las protecciones de las monturas, fundiéndolos a todos en un  único ser reluciente. Solo las largas plumas que culminan los yelmos de los guerreros destacan entre el brillo metálico y parecen danzar de forma anárquica y multicolor con cada zancada de los animales. Detrás de la caballería de élite caminan los arqueros yeniçeri, perfectamente uniformados, perfectamente adiestrados, estoicos perfectos, en perfecto silencio. Por último, en la retaguardia, tras la infantería, los pocos mercenarios basibozuk que todavía no han desertado son los únicos que rompen la disciplina militar con sus gritos y sus risas.

A la cabeza del destacamento cabalga Bassir Bey, flanqueado por su capitán, Sedat, y su portaestandarte, Azize. Hace ya más de dos días que enviaron a los exploradores a reconocer el terreno y estos todavía no han regresado. Es extraño pues son magníficos jinetes, rápidos, entrenados y, sobre todo, mortales en el combate. Ya deberían estar de vuelta. Es por ello que en sus mentes ronda la idea de que algo tiene que haber ido mal. Los tres piensan en lo peor, pero ni Sedat ni Azize se atreven a expresar su opinión ante su superior.

– Esto no me gusta – susurra entre dientes Bassir. El albay es un hombre duro, un guerrero curtido en múltiples batallas, y no suele hablar si no es por un buen motivo, así que el comentario no hace más que aumentar la inquietud en sus dos oficiales. Ambos lo miran sin ver emoción alguna en su rostro oscuro. Sus ojos son tan negros como sus bigotes, tiene las cejas pobladas y su  nariz es afilada, como la espada corta que cuelga de su cinturón.

Los tres jinetes se paran y, con ellos, todos los hombres que los siguen.

Azize se acerca a Bassir. Con la mano derecha sujeta la bandera roja que descansa sobre su estribo. Es la misma enseña, con la misma estrella y la misma media luna, que lucieron en la toma de Constantinopla hace ya años. Se ha convertido en el amuleto que los ha protegido todo este tiempo.

– ¿Ocurre algo, señor? – pregunta el portaestandarte.

Azize espera la respuesta de Bassir, pero es Sedat el que contesta:

– Deberíamos parar un momento. Los hombres lo agradecerían y los caballos también.

Las palabras suenan llenas de preocupación. Por toda respuesta, Bassir emite un gruñido que ninguno de sus oficiales acierta a interpretar.

– Los akincilar deberían haber vuelto ya. Hace dos lunas que se adelantaron y no hemos vuelto a saber nada de ellos. Sería prudente esperar en lugar de seguir avanzando a ciegas. No sabemos qué nos espera más adelante, señor – vuelve a comentar el capitán, esta vez con un tono aún más nervioso en su voz.

Bassir se maldice por su mala suerte. Está enfadado con Mehmet por enviar a sus tropas de élite a este lugar miserable. Han tenido que atravesar toda esta estepa desolada solo para llamar al orden a un príncipe rebelde, como si fueran meros embajadores. Vienen a exigir los tributos del Sultán como simples recaudadores. ¿Qué han hecho ellos, guerreros que han demostrado su valor en combate en tantas ocasiones, para acabar en este rincón del mundo? Tras derrotar a Constantino, el último de los emperadores del imperio romano de oriente, no tardaron en abandonar Estambul pues, a su juicio, la antigua capital bizantina solo había cambiado su nombre y aquella no era lugar para soldados como ellos, acostumbrados a la guerra. Durante los años siguientes a su conquista no han hecho más que servir a su monarca allí donde Mehmet los ha enviado, arriesgando sus vidas.

Y en agradecimiento, él los manda a este lugar olvidado por Alá.

Hace tiempo que Vlad, el Príncipe de Valaquia, comenzó sus incursiones en territorio osmanli. El odio hacia aquellos que asesinaron a su padre y a su hermano le ha llevado a enfrentarse a todo un imperio aunque, hasta ahora, no ha conseguido más que pequeñas victorias en ridículas batallas. Sin embargo, parece que se ha vuelto molesto para el Sultán, tanto como para decidir a este último a enviar a sus mejores hombres para negociar con el Voivoda.

Cuando está a punto de hablar, la naturaleza lo hace por él. Una tormenta ruge desde el sur, persiguiéndolos. Los relámpagos iluminan de forma intermitente la oscuridad que se aproxima rápido, y la lluvia comienza a caer sobre sus cabezas.

– Debemos continuar y encontrar algún lugar donde refugiarnos – comenta mientras piensa en la facilidad con la que el tiempo cambia en estas tierras.

Los dos oficiales miran hacia atrás, asienten con desgana y espolean a sus caballos, siguiendo a Bassir Bey. El resto de la tropa los imita.

En la cola de la formación, los mercenarios han dejado de gritar y reír ante la visión de lo que se les viene encima.

-Es un mal presagio…

Quien habla es un hombre enjuto, de rostro cadavérico y un gran gorro blanco sobre la cabeza. Eso y las enormes aljabas de piel llenas de flechas que cuelgan de sus costados le hacen destacar de entre los demás, a pesar de su corta estatura. Mientras se pasa el dorso de su famélica mano izquierda por la boca, la derecha aprieta fuertemente el largo arco sobre el que se apoya. El gigantesco guerrero que hay a su lado le contesta:

-Tonterías, Azad. Además, un poco de agua no te vendrá mal.

La estruendosa risa del basibozuk sacude todo su cuerpo cubierto de pieles y va acompañada de una sonora palmotada sobre la espalda de su pequeño compañero, que pierde el equilibrio. Con sorprendente facilidad, el coloso se cambia de hombro la pesada maza con la que va armado y, atusando sus grandes bigotes, continúa:

-¿Tú qué dices, Nikolay? ¿No crees que Azad empieza a oler peor que una vaca muerta?

Nikolay no contesta, sólo mira hacia la oscuridad que se aproxima velozmente y recuerda las maldiciones de los habitantes de las aldeas que han saqueado por el camino:

«moriréis todos en las fauces del dragón. Las crías de la bestia os devorarán las entrañas».

El escalofrío que le baja por la nuca y le recorre toda la espalda poco tiene que ver con el repentino rayo en el horizonte. Instintivamente, se cubre el rostro con la capa que cae sobre su largo abrigo y se cala aún más el gorro negro de pelo animal.

Las tropas se mueven, y los tres mercenarios caminan con los demás. Esta vez, el ritmo es más rápido y seguramente se deba a que el oficial al mando quiera encontrar un lugar donde protegerse antes de que la tormenta los cubra por completo.

La lluvia comienza a arreciar con fuerza. Ya no hay risas ni gritos, ni siquiera lamentos.

Llevan un buen rato bajo el negro de las nubes. El sol ha dejado de brillar aunque todavía se distingue a lo lejos. Pronto anochecerá, y Bassir Bey comienza a pensar que quizás sea buena idea parar e improvisar un campamento antes de que la oscuridad sea total. Ha sido un estúpido al creer que encontraría algún refugio en una llanura como ésta.

– Señor, ahí delante hay algo.

Sedat se adelanta mientras intenta distinguir las formas que tiene enfrente, escudriñando entre la cortina de agua que cae cada vez más espesa. Azize está a su izquierda.

-¿Qué es, Sedat? – pregunta el último.

Un relámpago refulge en el cielo, acompañando a las palabras del portaestandarte, iluminando el escenario embarrado. Por un momento, su luz permite ver con total claridad lo que hay ante ellos. El trueno que lo acompaña casi inmediatamente silencia las palabras que escapan, temblorosas, de los labios del capitán. Los dos soldados permanecen petrificados, con la boca abierta, incrédulos, horrorizados, con los ojos desorbitados ante la horrible imagen que están contemplando.

El murmullo de los hombres se transforma pronto en griterío. Hasta los siempre ordenados yeniçeri se mueven de un sitio a otro entonando plegarias y exclamando al cielo mientras los caballos de los spahi, contagiados por sus amos, relinchan nerviosos.

Nikolay se ha separado de sus compañeros y se abre paso entre la masa de gente que va y viene. Mientras avanza, primero entre los arqueros y luego entre los jinetes, su mente recuerda una y otra vez las amenazas de los campesinos:

«Si seguís adelante, despertaréis al dragón. Sus siervos os secarán la vida».

Cenk aparece a su lado.

– Eso no son más que palabras de viejas para asustar a los niños…

Por el comentario de su compañero, el mercenario se da cuenta de que sus pensamientos han escapado inconscientemente por su boca.

– … Deja de rezar, ruso, pareces una mujer asustada.

El gigante esboza una sonrisa burlona bajo su enorme bigote y continúa hacia adelante, dejándolo atrás, blandiendo de nuevo la enorme maza como si no pesara, mezclándose con los demás hasta que su cabeza rapada y mojada desaparece entre la agitación de la multitud.

Nikolay se acerca a las primeras filas sorteando a los soldados. Unos vomitan agachados; otros, los más, permanecen inmóviles mirando al frente con los rostros desencajados. En los años que lleva luchando junto a Bassir, esta es la primera vez que sus hombres reaccionan así. Algo grave debe haber sucedido. La incertidumbre de no saber exactamente qué es no hace más que acentuar la sensación de inquietud que le lleva acompañando desde que pisaron estas tierras. Se pregunta, angustiado, por la razón de todo esto a la vez que teme la respuesta. Y entonces los ve. Allí están los cincuenta akincilar, inmóviles, suspendidos en el aire, atravesados por estacas de más de once pies, empalados, sin vida. En el suelo, junto a ellos, se encuentran los restos de sus caballos, destripados como sus amos, desmembrados, repartidos de forma grotesca y casi irreconocible. El espectáculo es horrible. Temblando como un niño asustado, se quita el gorro y lo aprieta entre sus dedos, en otro tiempo nobles, mientras se esfuerza por resistirse a las arcadas que le suben desde el estómago.

– ¿Quién puede haber hecho algo así? – pregunta Bassir, casi balbuceando, abrumado por la visión – ¿Cómo es posible que los hayan sorprendido a todos…? Y los caballos… -. Esta es una de las pocas ocasiones en las que se ha sentido perdido desde que conduce a sus tropas. Ha visto morir a cientos de hombres de maneras muy distintas, mas nunca ha contemplado nada como esto. Se gira esperando…, suplicando una respuesta de sus oficiales, pero ni Sedat ni Azize le responden. De hecho, ni siquiera han escuchado lo que acaba de decir su coronel. Toda su atención la tiene la figura negra que vuela por detrás de Bassir extendiendo sus largas garras sobre él. Antes de que puedan ni siquiera abrir la boca, la cabeza de su oficial al mando sale despedida, ignorante de que la acaban de separar del cuerpo que sigue erguido sobre su montura.

Nikolay mira hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia atrás… De todas partes le llegan gritos de dolor y de miedo, auténticos alaridos mezclados con rugidos sobrehumanos. Los hombres corren en todas direcciones con el terror dibujado en sus caras. De entre el centro de la formación ve como algunos cuerpos son lanzados por el aire como trapos. Otro relámpago vuelve a iluminar el cielo y, en ese momento, las distingue… Son enormes… Unas banderas oscuras con un gran dragón dorado bordado en ellas.

Azize intenta gritar pero no puede. Le fallan las fuerzas y el estandarte se cae de su mano insensible. Mira a Sedat, que lo observa a su vez con cara de espanto, y se desploma sobre el húmedo barro, convulsionándose. Algo se abalanza sobre él y comienza a beber la sangre que escapa de su garganta seccionada, gruñendo como un animal. El caballo de Sedat protesta y la figura se gira hacia el capitán, mostrando su terrorífico rostro.

Azad corre desesperado, como todos. En su huída ha perdido el arco, las flechas y el gorro, así que ahora sí aparenta lo que realmente es, un hombre pequeño y ridículo, asustado y temeroso, que llora como un niño. Tropieza con algo y cae de bruces. Mientras trata de incorporarse quitándose el lodo de la cara, reconoce el cuerpo poderoso que yace muerto a su lado, reconoce las pieles que lo cubren y, sobre todo, reconoce el gran mazo que todavía sujeta una de las manos inertes de Cenk. Azad balbucea, como queriendo decir algo que despierte a su amigo y, entonces, una enorme estaca le atraviesa la espalda asomando ensangrentada por su pecho, cortándole la respiración, el pensamiento y la vida.

Sedat cabalga todo lo rápido que puede, sin dejar de mirar atrás y preguntarse cómo ese ser que le persigue es capaz de correr tan rápido. Cada vez está más cerca así que el capitán de las tropas del sultán espolea y azuza a su caballo con todo el salvajismo del pánico que se ha apoderado de él. No sabe que no tiene escapatoria pero lo presiente. Cuando nota cómo algo le agarra por la capa desmontándolo y lanzándolo al suelo, piensa que le ha llegado la hora. Tiene razón. Sus gritos se apagan junto con la sed de su verdugo.

Nikolay desenvaina su espada sin saber muy bien contra qué ha de utilizarla. El enemigo se mueve demasiado rápido, tanto que solo sabe que existe por todos los compañeros que yacen sobre el barro, muertos o agonizantes…

Por eso y por las malditas banderas con sus dragones dorados…

Hace tiempo que tuvo que salir de la corte rusa de Vasili, abandonando una vida de lujos y abundancia. Desde entonces, a causa de su desgracia, ha vivido como un basibozuk, siempre al servicio de Bassir Bey, siempre a sus órdenes. Todo lo que dejó atrás, incluidos sus recuerdos, acabó por desaparecer para dejar paso al guerrero que es hoy. Sin embargo, en estos momentos, recuerda alguna de las lecciones de su tutor. Recuerda las clases acerca de La Orden del Dragón. Recuerda que fue creada por el rey  Segismundo de Hungría para luchar contra los enemigos de los reinos cristianos. Recuerda que su símbolo era un dragón dorado… Sin embargo, no recuerda que estuviera formada por asesinos invisibles…

De nuevo, un escalofrío le recorre la espalda de arriba abajo.

Nota que algo se mueve detrás de él y se da la vuelta con rapidez pero, paradójicamente, es demasiado lento. El puñetazo le llega de pleno, en todo el rostro, tumbándolo de espaldas contra la piedra después de lanzarlo por el aire varios metros. Le falta la respiración y cree que se ha roto algo al caer pero, aún así, tiene fuerzas para incorporar la cabeza y enfrentar a quien le ha golpeado.

Los rayos y los relámpagos son tan constantes que el lugar parece iluminado por miles de antorchas.

El enemigo se quita el casco dejando ver la larga melena negra, los grandes ojos grises y la nariz aguileña del príncipe de Valaquia. Mientras este lo tumba contra el suelo mojado con su bota, Nikolay observa que otra figura aparece junto a él. Esta vez sus ojos son rojos, brillantes, terroríficos, pero no tanto como la horrible cicatriz que surca el rostro desprovisto de cejas desde la frente hasta la comisura izquierda del labio.

– Come, Selim – dice Vlad mientras levanta el pie de su pecho.

Por toda respuesta a la invitación, la criatura se arrodilla junto al herido a la vez que abre la boca mostrando unas fauces sanguinolentas y enseñando unos colmillos animales que penetran en el estómago del mercenario provocando que este llore de miedo y de dolor.

Mientras se orina encima, Nikolay no para de sollozar y pensar en todas las amenazas y maldiciones de los aldeanos:

«Las crías de la bestia os devorarán las entrañas…»

(Luis García del Real)

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