RELATOS

EL ÚLTIMO SHEDU: CAPÍTULO I

Capítulo I

Las sienes me laten con fuerza y su bombeo, cada vez más opresivo contra la cabeza, me despierta como una alarma lacerante.

Siento dolor, demasiado dolor.

El cuello me arde.

Quiero llevarme las manos a la garganta…

…, pero no puedo.

Mi cuerpo no responde.

Me pregunto cuánto tiempo he estado inconsciente…

Intento abrir los ojos.

La sensación es extraña.

Me cuesta mucho.

Hago un esfuerzo.

Apenas puedo ver nada.

Solo distingo sombras.

¿Qué me han hecho?

Lo último que recuerdo es que me estaban esperando.

No tuve tiempo de reaccionar.

Se me echaron encima…

Me cuesta respirar.

Me atraganto.

Cada bocanada de aire se mezcla con el líquido que me corre por la cara, provocándome espasmos de ahogo.

Reconozco el sabor.

Es sangre.

Mi sangre.

Como la primera vez…

…, como cuando debí morir en aquel parque.

¿Me habrá llegado la hora por fin?

Curioso…

…, pero no me…

… importa…

… demasiado…

Maldita sea.

Aún no estoy tan mal como para rendirme.

No quiero terminar así.

No en este lugar.

Tengo demasiadas cosas pendientes como para renunciar sin más.

Debo mantener la cabeza en su sitio, concentrarme en salir de esta.

Hace frío.

He sido un estúpido por meterme en la guarida del lobo.

Me está bien empleado…

Hace mucho frío…

Dios…

…, tengo que reaccionar o no lo voy a contar.

Intento moverme de nuevo.

Es inútil.

Tengo los brazos adormecidos y estirados hacia arriba, como intentando llamar la atención de alguien.

Distingo un charco sobre mí.

Lo que sé que es la sangre que me corre por la cara gotea hacia el techo agrandando la mancha que parece una nube líquida y oscura.

Pero eso no es posible…

Algo no encaja…

Mi cabeza gira rápido.

Creo que voy a perder el sentido otra vez.

No…

Lo que veo es el suelo.

Estoy boca abajo.

Me han colgado por los pies como a un animal al que se va a sacrificar.

Me mareo.

La vista se me nubla.

Me voy a desmayar.

Espera…

Alguien se acerca.

No distingo quién es.

Todo está borroso.

Tengo tanto frío.

Todo está borroso…

No puedo mantener los ojos abiertos.

Juro que lo he intentado.

Mis pulmones exhalan una última bocanada de aliento…

…, lentamente…

…, muy lentamente…

Me falta el aire…

No me importa…

Ya no me importa nada…

Solo quiero descansar…

……………………………………………………………………………………….

Noto el movimiento. Es un suave traqueteo, como en una atracción de feria.

Reconozco su olor. Reconozco su contacto. Reconozco su respiración agitada… Es Lena, de nuevo Lena… Me lleva en brazos, en sus brazos poderosos, y yo me siento como un niño febril, acurrucado en ella, protegido por ella.

Todo está bien. Me lo repite una y otra vez:

– Aguanta… Todo está bien… Aguanta.

Me abandono a la seguridad de su voz y me sumo en la inconsciencia de nuevo, escuchando su arrullo de fondo:

– Aguanta…

– … Todo está bien…

– … Aguanta.

………………………………………………………………………………………

Su piel tensa es como el bronce y sus ojos verdes me miran, enormes y preciosos, ofreciéndose, invitándome. Voy hacia ellos, hacia lo que insinúan. Es tan perfecta que no creo que exista nada más hermoso en este mundo. La agarro por la nuca con fuerza y la beso con intensidad. Sus labios me responden de igual forma. Jamás he sentido algo así. Mis manos se enredan en su roja melena rizada. Tiro de ella hacia atrás para verla bien, arrancándole un gemido de placer, y la vuelvo a besar, con más ansia todavía. No quiero que acabe. La deseo con todo mi ser. Noto su cuerpo junto al mío, sus pechos cada vez más duros junto al mío, provocándome un impulso animal. La sujeto con pasión. Siento su pulso y su aliento entrecortado. El vacío en el que flotamos toma forma poco a poco y acaba por situarnos a los dos desnudos bajo la luna de la Isla. El mar nos acompaña rompiendo sus aguas contra la orilla. Es maravilloso. La beso otra vez, de forma insaciable, saboreando su cuello, subiendo a su boca, volviendo a sus ojos… Sus ojos… No me había dado cuenta de que ahora son amarillos. Dan miedo. Puedo verme en ellos, intentando respirar sin conseguirlo. La noche clara y la playa han desaparecido para dejar paso a la cabaña y al chico tirado junto a mí. Hay sangre por todas partes y hace calor, mucho calor. Mijail y Lazarus también están ahí. No se mueven. Lena me rodea con sus brazos. Me hace daño. Intento decirle que me suelte pero no puedo hablar. Me ahoga. No puedo respirar y ella se ríe cada vez más fuerte, desencajando su boca, enseñando sus colmillos y su hambre.

Esto no puede ser real…

Me duele…

Quiero gritar…

No puedo…

……………………………………………………………………………………….

¿Qué demonios…?

Respiro de forma acelerada.

El corazón me late como si se me fuese a salir del pecho.

La luz me ciega por un momento que resulta demasiado largo pero, aún así, reconozco el sitio inmediatamente.

Estoy en el refugio.

Estoy despierto.

Creo que he tenido un mal sueño y, desde luego, el despertar no está siendo mucho mejor.

Me duele la cabeza…, el cuello…, todo…

Esa maldita claridad…

– Misha, esta vez casi te perdemos de verdad.

La voz llega desde un punto que no alcanzo a ver, pero la identificaría en cualquier parte. Distingo la preocupación en ella.

Intento responder pero duele demasiado. Apenas consigo emitir un gruñido.

– Será mejor que no hables aún. Te han hecho un buen tajo en la garganta.

– Descansa, Mike, todavía estás débil.

Las dos me hablan mientras asoman sus rostros sobre mí.

Estoy tumbado boca arriba.

Cierro los ojos.

Supongo que será mejor hacerles caso, descansar y recuperar las fuerzas.

Sí, será lo mejor.

Sí… lo mejor…

……………………………………………………………………………………….

De nuevo, la luz me deslumbra al despertar, aunque esta vez ya no duele tanto.

Pestañeo varias veces.

Las vigas de madera sujetan el techo de la cabaña y, por momentos, dibujan imágenes cambiantes mientras las miro fijamente. Sería capaz de quedarme así, disfrutando del engaño al que están jugando mis sentidos, de forma indefinida, pero el crujir del suelo me trae de vuelta a la realidad.

Giro la cabeza hacia la terraza y la veo. Está de espaldas, apoyada en la barandilla, esperándome.

Retiro las pieles que me cubren y me incorporo lentamente.

Estoy desnudo. No tengo señales en el cuerpo. Me toco la garganta pero tampoco descubro ninguna herida. Debo haber pasado mucho tiempo dormido.

Recojo el manto de pelo del suelo y me cubro con él.

Me acerco y, con cada paso, la madera protesta bajo mis pies.

Vàlerie no se mueve.

Me pongo a su lado.

Sigue sin moverse.

– Mike…

Reacciono a su voz, cálida como siempre, y la miro a la cara. Como si ignorara mi presencia, ella continúa oteando el blanco y verde del bosque que tenemos enfrente y que asciende hacia nosotros por la montaña. Contemplo su perfil, la mirada entrecerrada, las arrugas que comienzan a aparecer, y su pelo largo y negro a pesar del paso del tiempo. Sigue siendo ella. La misma de hace veinte años. La observo sin decir nada. Solo ella habla:

– … no sé si puedo seguir con esta historia.

El silencio es toda mi respuesta.

– ¿Me has oído, Mike? – insiste.

Sí, te oigo, Val. Siempre te escucho. Siempre lo hago. Pero no sé qué contestar. Todavía me siento débil. Ahora mismo no estoy preparado para esto…

Vàlerie continúa hablando, interrumpiendo mis pensamientos:

– Michael, di algo…, por favor…

Su voz es triste, más que de costumbre, y está cargada de una mezcla de resignación y abandono. Sé que está sufriendo. Lleva días…, semanas así. Incluso antes de venir a este lugar, sabíamos que algo no iba bien. Ojalá pudiera decirle lo que desea escuchar. Ojalá pudiera decirle que todo ha terminado, que todo será como cuando éramos jóvenes, como cuando todavía no me había convertido en lo que soy.

Sus dedos me acarician la mejilla. Ahora me mira de frente y sin pestañear, con la misma tristeza de su voz contagiada en sus ojos:

– ¿Sabes? No hace falta que respondas… De verdad… No sé por qué, pensaba que quizás…

No termina. Tampoco hace falta. Los dos sabemos a qué se refiere. Lentamente, retira la mano. Deseo cogérsela, besarla, sentirla, recuperar todo a lo que he renunciado, pero no lo hago.

Se aleja y, con ella, se marcha también su olor, su dulce olor.

– Te quiero… – acabo por confesarle.

Pero lo digo demasiado bajo y demasiado tarde como para que me escuche.

(Luis García del Real)

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