LIVING LA VIDA MADRE

MAMITA

LIVING LA VIDA MADRE
NOE MARTÍNEZ

MAMITA

– Mami, que dijo la profe que mañana hay que llevar el volcán… – Mi mayor merienda sin quitar la mirada de Bob Esponja, que por lo visto, ha decidido tomarse un vaso de leche y se le ha hinchado la barriga. Claro, eres una esponja, le dice un calamar con bañador de flores. Vivir para ver…

– ¿Pero cómo un volcán? Será un libro de volcanes, digo yo… – Empiezan a pitarme los oídos, presagio de que va a salir el premio gordo.

– Pues el volcán, con su lava, sus casitas arrastradas por la lava, sus coches espachurrados por las piedras que arrastra la lava… – Nicolás sigue mirando la tele, pero como sabe que los olvidos de última hora me generan locuras transitorias, conato de ataques de pánico que me río de una evacuación por riada, me tranquiliza – No te preocupes, mamita, nos va a salir bien.

– ¡Ahá…! – No me dan los dedos para buscar en Google cómo hacer un volcán. Todo lo que veo, ya quisiera Gaudí en la Sagrada Familia, ya… – Nicolás, hijo, y lo de volcancito ¿desde cuándo lo sabes, cariño? – Echo humo por las pestañas, y ya me j*de, porque no quiero que se incinere ni una: ¡las necesito todas, mis queridas y contadas patitas de araña!

– Ni idea, pero yo creo que ya hablamos de esto hace días, ¿no? – Nicolás se ríe, pero no de mí, cosa que agradezco. Bob Esponja se acaba de apretar la barriga, para liberarse de la indigestión de leche y parece que se está haciendo pis. Lo escatológico triunfa muchísimo en esta familia.

– Mira una cosa, guapito de cara, porque soy tu madre y no hablo como una churrera de mercadillo, pero c*garme en Pilatos, poco me parece… – Arqueo la cejas, cuento hasta diez (o casi, porque Lorenzo aparece de golpe, tirándoseme encima, y me hace perder la cuenta) – Pequeño, tenemos que hacer un volcán. A estas horas. Sin materiales. Sin pajolera de cómo hacer un volcán…

– ¡Y nos tiene que salir bien, eh! ¿O no te acuerdas lo bien que nos salió la anterior maqueta? – Mi mayor acaricia la cabeza de su hermano, que se le ha subido al regazo, impidiéndole ver – ¡Lorenzo, hombre, que esta parte es la mejor! Ahora es cuando Gary se tira un pedo y mata un alga carnívora con el pestazo…

– Nicoláááááás… – Reprendo al mayor, entonando: a veces, me siento muy prima donna en pleno solo de Madame Butterfly.

– Ya, ya, no se puede decir pedo ni culo ni caca ni cosas de esas delante de Lorenzo, porque las repite… – Arguye, cual letanía.

– Cacaculopedocacaculopedocacaculopedo, mira lo que digo, mamiiii… – Lorenzo se sabe el protagonista y se muere de risa. Yo también me reiría, la verdad, pero
e-l v-o-l-c-á-n. No digo más ná.

Me levanto, voy a la cocina y, emulando a Tom Cruise en ‘Misión Imposible’, activo mi mirada rayo láser. Voy y vengo. Vengo y voy. Voy y vengo, y por el camino, me entretengo. En mi cabeza resuena la BSO, el chanchan, chanchanchanchán, chanchanchachán, tirurúúúúúúú, tirurúúúúúú. Me echo (que no cojo, observen los matices) a un vasito de yogurt de vainilla Larsa vacío, a un bote de mayonesa, otro de Kepchup, me hago con una caja de leche vacía, dos bricks de zumo melocotón Hacendado, y me voy al salón. Dispongo el alijo en la mesa, complacida. Lo miro, sin saber qué c*ño hacer con todo aquello, pero me animo pensando que en ese mismo instante, otras 22 mamás como yo, están pensando si hacer el volcán con un flan Dhul dado la vuelta o prenderse candela al refajo, mismamente.

– ¡Mamiiiiiiitaaaaa! ¿Vamos a hacer una fiesta de perritos calientes y hamburguesas y kétchup y mostaza y zumo de melocotón? – Lorenzo toma posiciones frente a todo aquel sindiós de cosas domésticas que, no sé muy bien cómo, mi cabeza loca de madre en apuros, ciertamente imperfecta, va a convertir en un volcán.

– No, vamos a ayudar a Nicolás a hacer los deberes, para que pueda llevar al cole una montaña que echa fuego… – Acaricio la cara de mi bebé, sabiendo que lo que me apetece es comérsela, moflete derecho e izquierdo, seguidme.

– ¡OooooooostráááááásVamosAHacerUnVooooolcáááánConFuegoooooooooooooooooooooo! – Nicolás, como si el sillón tuviese mecanismo de autopropulsión, da un bote que asusta a su hermano.

– ¡OooostráááááásVamosAHacerUnVooolcáááánQuePareeezcaQueEscupeeeeeFooooooooooo! – Puntualizo, no vaya a ser…

– No, pero es más guay si escupe fuego, mamiiii…

Mi mayor me clava la mirada, pero no sólo me la clava, me la regala. Decirle que no, es la h*stia, pero:
A. Yo no sé nada de volcanes.
B. Yo no sé nada de volcanes y me tensa supermegainfinito saber que hay que entregarlo al día siguiente.
C. Yo no sé nada de volcanes y me tensa supermegainfinito hay que entregarlo al día siguiente, con un flujo de lava hirviendo, que ríete tú del Vesubio y el tinglado de los amantes a los que la calorcita del magma los pilló abrazados, cual paquete de salchichas.

– ¡Mucho fuego, mucho fuego…! – Lorenzo se va hacia la chimenea, con una botella de agua vacía – Mete aquí un poco de eso y hacemos el volcán de Nicolás.

– No podemos meter fuego en una botella de plástico, Lorenzo: eso sólo pueden hacerlo los superhéroes como Ironman o un Power Ranger o… – Maestro de la argumentación, cinturón negro en salir del paso victorioso.

– ¡O capitán calzoncillos! – Lorenzo se baja el pantalón, dejando al aire su slip, sus piernolas y su ombligo, botón octava maravilla del mundo.

– Capitán Calzoncillos, súbete ese pantalón y ayúdanos en la Operación Volcán…

En casa hay cosas que aúnan sinergias y cosas que no; por ejemplo, recoger el salón antes de irse a dormir, es algo que les provoca alergia generalizada. Pero llenar la bañera, colocar la compra (buscando galletas+nocilla+uvas+Huesitos+frambuesas+huevos Kinder) y hacer manualidades, provoca un seísmo de iniciativa comunitaria. Tras varios conatos de ‘esa silla es mía, la tijera de Mickey para ti que eres pequeño, yo al lado de mamá, que tiene la pistola de silicona’, ahí los tengo, expectantes, preguntándose qué carájolas vamos a hacer. Si yo no fuese su mamá, si yo no fuese su mamá y tuviese que saber a cada rato qué vamos a hacer, también correría como una loca a junto de la mía, para que me dijese qué hacer en casos en los que no sé qué hacer. Porque mi madre, como la madre de cualquiera de vosotros, donde no llegaba, mandaba recado: que no se note, que no se mueva, que no traspase. Jamás, pero jamás de los jamases, la cogí en un ‘y ahora qué hacemos’. Ocasiones seguro que le han sobrado, pero ella nunca desfallecía: tiraba p’alante, con seguridad infinita, que nos dejaba a mi hermano y a mí turulatos, convencidos de que ella era el rigor y el plan A. Siempre el plan A.

– ¿Y ahora qué hacemos, mamita? – Nicolás me mira con ojos redondos como un Lacasitos. Sea lo que sea lo que vamos a hacer, tiene que ser guay, ya me dijo renglones más arriba. El concepto guay a estas edades merece por sí solo un relato, porque tiene su miga y su miguita: guay es ir a cumple en el que hay una bola de discoteca multicolor pero también lo es quedarse el domingo todo el día en pijama. Pero cuando hablamos de maquetas para el cole, guay significa que allí tiene que haber fuegos artificiales, tótems en movimiento y hasta una actuación en directo de Tom Jones, llegado el caso. Trago saliva y visualizo el final del túnel: un volcán no es el puente de Triana. Lo haremos. Y lo haremos bien.

– Mamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, tengo sueñooooooooooooooooooooooooooo… – El pequeño, pasada la novedad de la pistola de silicona, la tijera de Mickey e intentar cortarle el flequillo a su hermano, se pone los dos vasitos de yogurt a modo de antifaz y deja caer la cabeza sobre la mesa.

– Bueno, yo también un poco… – Nicolás le arrebata uno de los vasitos y se lo pone en un ojo, cual catalejo – ¿Y si la terminas tú, y ya mañana me dices?

– ¡Ah, muy bonito! Ahora ya no es tan guay hacer la maqueta: ahora la guay es mamita, que termina la maqueta, claro… – Los miro y pienso que son dos soles. Locos y extenuantes y acaparadores y terapéuticos y protestones y cariñosos y exigentes y simpáticos y creativos y ocurrentes y también un poco jetas, para qué obviar el detalle. Tienen un sueño importante (no infinito, que ese lo tengo yo en patente de corso), así que me limpio los pegotes de cola, los hilos de silicona, que son telas de araña que te persiguen allá donde vayas, los diminutos papelitos, restos de recorte que tengo en el pantalón, y me llevo a la cama a mis dos ayudantes, con la promesa de que los ‘mamá agua, mamá pis, mamá tengo que decirte una cosa’ debían ser exiguos: el volcán me llama, beibes.
Fueron bueniños, durmieron del tirón, al menos, hasta las 02:00 AM, que terminó la m-a-r-a-v-i-l-l-o-s-a maqueta del proyecto de Science de Nicolás. Fuese porque tropecé con una pieza de Lego y me acordé de todos los Reyes Godos del tirón, sin faltar uno. Fuese porque al meterme en la cama, suspiré como un colchón de playa con su lindo pinchazo. Fuese porque me huelen, y en cuanto asomo en la planta de arriba, se acuerdan de que tienen que marcar territorio, se despertaron. En sueños, el bebé se afanaba en contarle a un jirafa que tenía un mejor amigo que era una gacela verde. Nicolás, tras beber un vaso de agua en el que yo podría dar dos largo y quedarme tan pichi, me pregunta qué tal el volcán.

– Bien, cariño, todo controlado… – Le digo, hundiendo mi nariz en su cuellito sudado.

– ¿Y echa fuego? – Está dormido del todo, pero muestra emoción.

– Echa. Mañana ya lo verás…
Excuso decir que, a la mañana siguiente, lo primero que hizo nada más abrir un ojo, fue correr escaleras abajo, en busca de su volcán humeante. Su cara. Sus caras. La mía. La del padre. Y hasta la del Espírutu Santo si logarse conectar un segundo con este nuestro hogar vía WIFI o algo.

– UaaaaalaaaaaaMaaaamááááá…

– Yes, here I am, beibes…!

Con unas gafas de soldador (que me he comprado para cortar cebolla sin llorar como en la final de OT) y un mechero, prendo fuego a una bengala de fin de año, que tengo sobresaliendo de la boca del volcán, lo que, dicho sea de paso, le confiere un qué sé yo con un jarrón inciensiario, pero vamos, por lo demás, da el pego entre mucho y mogollón.

– Ostrás, mamá, parece un zumito de esos de copa grande que tomamos en verano… – Nicolás no le quita ojo a la explosión de chispas y chispitas. Su hermano tampoco, que quiere tocarlas, pero no quiere, pensando en que se le va a incinerar el dedo regordete. En cuanto al padre…

– Nena, si no te contratan los de Disney Channel para presentar Art Attack, no tienen perdón de Dios… – Se ríe, conminando a los niños a que coreen ‘Ole, ole, ole, viva maqueta del cole’.

– Mami si el próximo trimestre el tema son aviones: ¿qué vamos a hacer…? – Mi mayor me mira otra vez pensando en que tengo una chistera llena de conejos y de ideas maravillosas.

– Comprar cuatro billetes en turista, una maleta con bañadores y un bote de kilo de protector solar y ¡fffffffffffffffffffffffffffffffffffssssssssssssssssssssssss! A vivir bajo una palmera…

Sentencio, segura de que si nos toca aviones, paso la bola a la NASA, palabrita 

P.D: Por cierto, la ficción es una herramienta maravillosa. No nos tocó volcán, nos tocó remolino oceánico: háganse cargo y visualicen mareas en movimientos, espirales succionadoras y mamás con pegotes de barra de cola hasta en los morros. ¡Lo que voy a ahorrar en Infinity Lipstay de MaxFactor 😛

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La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

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