Valencia

LOS JUGADORES DEL ARANDINA

A contracorriente

Los jugadores del Arandina

Enrique Arias ¬Vega

 
Doscientas personas se manifestaron el otro día proclamando la inocencia de tres adolescentes del club de fútbol Arandina, acusados de violación en grupo.

Uno se queda anonadado cada vez que se produce una manifestación de este tipo —o del contrario—, como si los pleitos jurídicos que conllevan la culpabilidad o no de una persona deban dirimirse en la calle, a golpe de gritos y de dicterios. En este caso, además, los propios amigos de los acusados contribuyeron a conculcar su derecho a la privacidad aireando sus nombres y sus rostros.
No podemos decir, pues, que en este país creemos en los Tribunales y en la Justicia, así, con mayúsculas, cuando cada vez que se acusa a alguien a quien apreciamos de algo que creemos que es injusto, salgamos a la calle para presionar la conducta de los jueces.
Los políticos son los primeros culpables de esta actitud, al arropar a sus líderes, sean del partido que fueren, cuando son citados a los Juzgados por haber cometido presuntos delitos de corrupción, sedición, malversación de fondos o lo que sea. La movilización puede ir desde esos dos centenares de apoyos en Aranda de Duero, hasta miles y miles por el proceso secesionista catalán, pasando por el caso Gürtel o los ERES de Andalucía. A mayor cantidad de manifestantes, cabría decir, mayor inocencia de los detenidos.
¿De verdad, de verdad, podemos seguir manteniendo públicamente en estas condiciones nuestra fe en la Justicia?
Dejando aparte el que tener relaciones sexuales con una menor es en sí mismo un delito, consienta ella o no con el encuentro carnal, la manifestación de Aranda envía un mensaje equívoco a la sociedad cuando precisamente la lucha contra la llamada violencia de género es una prioridad ciudadana que goza de una aceptación casi unánime.
Dejemos, pues, que en este caso, en el de la Manada de Pamplona y en todos, actúe imparcialmente la Justicia. Y reforcemos la idea de que la lucha contra los abusos sexuales es una labor de todos, siempre, en todo lugar y a ser posible antes de que se produzca lo irremediable.
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La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

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