LIVING LA VIDA MADRE Valencia

AMOR BONITO

LIVING LA VIDA MADRE

NOE MARTÍNEZ

AMOR BONITO

Una nunca acaba de saber cuándo madura de verdad y la cosa deja de ser un simulacro, hasta que tiene niños, y es a ti quien le toca jugar la baza de instaurar la magia como método de relación. La navidad, ese momento maravilloso y estresante, que idealizas sobre manera cuando estás embarazada y piensas en alto, con la barriga de 30 semanas apuntando a Marte, visible, en todo caso, desde la estación espacial MIR, junto con la Gran Muralla China…
– ¿Te imaginas cuando pongamos el árbol, nuestro primer árbol como familia…? – Erotema al canto, porque el padre lucha con el montaje de un balancín Fisher Price, que tiene un manual de instrucciones que ni escrito por Don Benito Pérez Galdós: 20 páginas, no les digo más.
– Yo ya, a estas alturas, lo único que puedo visualizar es la cara del chino que pensó que este p*to tornillo encaja bien en este agujero…
Con el destornillador en la mano, mi maridito y dad-to-be tiene un aire muy Han Solo, en Star Wars. Pero no se lo digo, a pesar de que mis embarazos siempre han cursado con pulsión ‘suero de la verdad’, eso de digo lo pienso, porque de lo contrario exploto. Pero no se lo digo, porque no quiero interrumpir esa cosa rechula, esa nebulosa chiripitifláutica que envuelve los esfuerzos ímprobos de un padre por un hijo. Aun no ha nacido, y sé que nuestro hijo (en este relato aun éramos primerizos, Lorenzo nos hizo felices dos años y medio más tarde) va a tener en nosotros un colchón muy molón sobre el que saltar y apoyarse cuando las cosas no vayan todo lo ligeras que deben. Con destornillador o no, estoy segura de que su papá hará lo imposible por montar el mecano más delicado del mundo: le construirá una vida buena, qué caramba.
– ¡Vaya horterada, la virgen…! – Aun con la barriga apuntando al zénit, espatarrada perdida en el sofá (literal y figuradamente), le enseño un reportaje de Maríah Carey en el Hola – ¿Pero tú has visto este árbol abigarrado? Si le cuelga un adorno más, se desploma…
– ¿Y ese escoteeeeeee…? – Acorta mi marido, presa de una perplejidad absoluta, y no es para menos.
– Pues ese escoteeeeee es fruto de dos teeeeeetas como dos carreeeeetas… – Lo imito, impostando la voz, a lo Plácido Domingo.
– No, eso no son dos tetas: eso son por menos cuatro… – Se ríe, sin dejar de luchar con el tornillo del balancín (y acordándose de la madre del chino que metió el tornillo en la caja de montaje, claro).
– Ya, pero no son suyas… – Arguyo, acogiéndome a mi habilidad femenina para valorar volumen/altura/distancia/tensión-corre-que-exploto.
– Son tal: las pagó, seguro que tiene un recibí… – Maridito 1 – Noe 0. Touché!
– ¡Idiota…! – Le tiro un cojín. Podría tirarle dos, o tres o quizá un ciento, porque desde que tengo un bebé en el horno, lo de estar acostada es un Tetris de almohaditas: por aquí, por allá y por acullá. Nicolás me molía a patadas, cuando no tocaba el xilófono con mis costillas (no sabéis que grima, ojú) – Claramente, operadas, digo…
– Serán, pero también te digo que excusó cirujano: tal y como se dejó, con un bombín y un poco de gracia… – El tornillo parece que quiere entrar, pero cuando la cosa está casi, casi, ¡zasca!: se tuerce, se sale y vuelta a empezar – El próximo juguete que entre en esa casa, Made in Spain, como hay Dios…
– No nos volvamos localistas en momentos globales, dady… – Me río a dolor, porque es inusual en él la pérdida de control de la situación, cuando a cosas domésticas se refiere.
Una vez, al poco de ser novios, le dije que me sentía tan segura y protegida con él, que sabía que si algún día necesitaba una traqueotomía de urgencia, él me la haría con un BIC.
– Joer, Noe, tampoco hay que ponerse así, c*ño, que la sangre me da yuyú…- Me dijo entonces, con sudorcito frío y los ojos como platos – Tenemos que dejar de hacer maratón de tres capítulos de Urgencias seguidos, porque esto se nos está yendo de las manos…
Declaración de amor a parte, y gracias al Altísimo, mi maridito nunca ha tenido que medirse en batalla campal con su aprehensión, teniendo que arrancarme de la garganta un hueso de pollo (no como carne, soy lo que en Galicia llamamos ‘repunantiña’, muy mía para eso del comer) ni si quiera un Ferrero Roché, con su cosita redonda central, a modo de cemento calorífico (¿almendra? ¿Avellana? ¿Cuenta de Rosario? Who knows…). Las pruebas inesperadas han sido muy otras, quizá más ad hoc a mi NoeWayOfBeing:
1. Evitar que se me coma una morena en una sesión de snorkel, porque le di un h*stión a la pobre en toda la cabeza, pataleando descontrodalamente con las aletas, mientras gritaba por el tubo ‘que me come, c*ño, que me comeeeeeee’.
2. Consolarme con el abrazo de ‘papá oso’, al otro lado de una tirolina de la que salí viva de milagro, porque en lugar de encoger las piernas, tal y como me había dicho el monitor, las estiré a dolor, para que mis mieditos pensasen que iba sentada, y, sin calcular que la vegetación hacía pasillos muy estrechos, casi acabo empotrada en un manglar mexicano, que seguramente estaba lleno de esqueletos de niñas que había estirado las piernas para que sus mieditos pensasen que iban sentados. En la RAE buscar llorar y sale mi foto, un primor.
3. Sacarme del Dragon Khan, atracción maléfica de Port Aventura. Noe, no podemos subir a esa montaña rusa: tienes vértigo en un ascensor, me dijo. Oídos sordos; necesidad de decir ‘lo hice’ y vete tú a saber si también intoxicación por sacarosa (acababa de comerme un helado de tres bolas, con dos barritas de Kit Kat a modo de antenas y, como me parecía poco visto, fideos de colores, que no saben a nada, pero adornan un montón. En estado prediabético colosal, decidí subirme: enajenación, ya digo). Cuando el trencito de la atracción en cuestión está en la cuenta atrás para catapultarse hacia las estrellas, me da un ataque de pánico que parezco Mario Vaquerizo en las Rebajas de Sephora: aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaHhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhQuierooooooooooooooooooooooooooooSaliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiirDeeeeeeeeeeeeeeeeeeAquíííííííííííííííí. Mi padre (desde aquí un beso grande, hombre de mi vida) debió oírme desde La Coruña. Sea como fuere, mi maridito se levantó a lo Thor, ‘Dios del músculo y la masculinidad, comandante en jefe de un martillo que lanza rayos, como Iberdrola’, y me sacó en volandas del trencito de marras. Cuando consiguió desincrustarme del asiento, creo que sonó un ¡pop!, como las Pringels: yo, que soy una oda a la poca fuerza, cuando me pongo nerviosa y situaciones límite, me agarroto como un cepo de control de tráfico.
4. Rescatarme en una gasolinera, en la que me tomé muy a pecho lo del autoservicio, y apreté la manguera antes de meterla en el depósito de mi Lupito de Limón. Ante el chorro libre de oro negro (que por supuesto estaba contando como combustible repostado en el marcador del surtidor, a pesar de no haber tocado aun mi sacro santo y amarillísimo coche), me asusto, y, sin pensarlo, dirijo la manguera hacia mí, que me quedo muy linda, muy bien oliente y poco inflamable. Era verano, llevaba poca ropa, pero sí un sujetador Selmark con relleno, que, al albor de los hechos, propuse al Ministerio de la Cosa Del Medio Ambiente que los emplease para secar lagunas inoportunas: así, a bote pronto, calculo unos 10 euros de gasolina en cada esponjita, escote balconé, push up copa B.
Y así, un sinfín de NoeMomentos gloriosos, que nos han unido en amor y disparate, pero ninguno tan molón y tan agotador y tan genial y caótico y tan de besos de babas y tan de patada otra patada, tan de amor bonito, no lo puede haber más bueno; la familia que hemos formado es como dice un anuncio ‘perfectamente imperfecta’, pero es nuestra familia, la que poco a poco vamos dando modelando y en la que creemos como única forma de expresión válida: amarse y quererse, educar y amar; si en el medio, hay que montar un balancín de Fisher Price cuyos tornillos han salido de la fragua de un aspirante a Vulcano, pero que se quedó por el camino porque pasó una casi Vulcana con la que perdió el tiempo y faltó a clase y se quedó sin el título y sin la sapiencia, pues también. Hoy, 22 de diciembre, seis años después de estrenarnos como papis, tenemos dos razones, origen y meta de nuestras ganas de vivir con locura y desenfreno. Nicolás y Lorenzo, nuestra mejor navidad, sois vosotros. ¡Qué suerte haberos conocido, malandrines…!
Felices fiestas y feliz todo lo que os apetezca y os siente bien, queridos. La vida con ilusión es una vidorra, no me digáis… 

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ES NOTICIA… Alcoy vuelve a rendirse a la espectacularidad de sus Entradas de Moros y Cristianos

ES NOTICIA… Alcoy vuelve a rendirse a la espectacularidad de sus Entradas de Moros y Cristianos


Alcoy ha revivido este domingo las batallas de la Reconquista con sus Entradas de Moros y Cristianos, declaradas de Interés Turístico Internacional. La coincidencia con el fin de semana y la meteorología, que finalmente ha respetado el día más llamativo de estos festejos, contribuyeron al lleno absoluto, con miles de personas que ocuparon al milímetro balcones y aceras de las principales calles del centro de la ciudad. Tras la primera Diana, que empezó cuando apenas rompía el alba, arrancó desde El Partidor la Entrada Cristiana, que este año corrió a cargo de la Filà Navarros. Desde lo más profundo de los bosques del norte, envueltos en un halo de misticismo, hicieron su entrada las tropas del Capitán, figura que encarnó el veterano festero José Vicente Jornet. Le precedieron grupos de amazonas y bailes de sobrecogedores aquelarres, así como imágenes tan espectaculares como las que dejaron los Zanpantzar, procedentes en este caso del pueblo de Ituren. Estos personajes tradicionales de la cultura vasca, que anuncian la llegada del carnaval agitando sus cuerpos de paja y sus cencerros, deleitaron al público con sus movimientos y contundentes sonidos.
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