El Arte de Escribir Valencia

LA ACCIÓN

EL ARTE DE ESCRIBIR

La acción.

“Los tipos viven y hablan —escribe González Ruiz—, pero sobre todo hacen, de manera que el diálogo no es más que el vehículo de que se valen para ayudar a la acción descubriendo sus propósitos u ocultándolos.”

En toda narración, novela o cuento, es esencial que pase algo. Entre el relato de acción pura y la narración “aséptica” en la que apenas sucede nada, cabe el término medio justo: movimiento con vida interior, o como hemos dicho anteriormente «lo que pasa» al servicio de «lo que pasa por dentro de lo que acontece». La narración que llamamos aséptica, es decir, sin dinamismo, sin acción, sólo contará con un reducido público: la «minoría selecta». El éxito de Dostoiewski reside, entre otras cosas, en que, en sus novelas y relatos, siempre pasa algo interesante. Incluso en La novela del subterráneo y en Pobre gente, la voz interior es dinámica, está repleta de acción y movimiento. ¿Quiere decir lo dicho que defendamos el folletín? En modo alguno. El folletín (como las modernas telenovelas) es acontecer puro, sin alma, sin profundidad. La gran novela se diferencia del folletín, no por el argumento, sino por la voz interior, por la profundidad psicológica; no por el «qué», sino por el «como».
El ejemplo del cinematógrafo puede servirnos para comprender lo dicho: Todos hemos visto, de vez en cuando, alguna película típica del Oeste norteamericano, uno de esos famosos “western», con sus «tiros y puñetazos», casi imprescindibles. Estos «films», no cabe duda, son de simple y pura acción; sin embargo, en algunos —tal, por ejemplo, «Solo ante el peligro», de Gary Cooper—, la trepidante acción está al servicio de un profundo estudio de tipos, ambiente y caracteres.

Insistimos en que la acción por la acción no es propia de la auténtica novela, sino en todo caso de la novela de aventuras o policíaca. Lo que ha de procurar el narrador es que el acontecer, la acción o argumento sirva para caracterizar a los personajes del relato. Incluso en la novela policíaca buena, interesa tanto lo que pasa como el retrato de los protagonistas. Ejemplo magistral lo tenemos en las novelas policíacas de Simenon, la mayoría de ellas tan interesantes por el suceso que se narra como por la galería de tipos que se describen, entre los que sobresale el del comisario Maigret, superior por su humano verismo al no menos famoso Sherlock Holmes, de Conan Doyle.

Veamos ahora un breve ejemplo de relato en el que el personaje está vistos a través de la acción o argumento. He aquí un trozo del cuento de José M. Sánchez Silva «Marcelino, pan y vino», uno de los mejores de la literatura española de estos últimos tiempos.

“En sus juegos, Marcelino siempre contaba con un personaje invisible. Este personaje era el primer niño que él había visto en su vida. Ocurrió una vez que una familia que se trasladaba de un pueblo a otro, fue autorizada por el padre superior a acampar cerca del convento para poder suministrarse de aguas y otras cosas que necesitaba. iba con la familia el menor de sus hijos, que se llamaba Manuel, y allí conoció por primera vez Marcelino a un semejante suyo de parecida edad. No había vuelto a olvidar a aquel niño con el que apenas si había cambiado algunas palabras durante el juego. Desde entonces, Manuel estaba siempre a su lado en la imaginación y era tal la realidad con que Marcelino le veía, con su flequillo rubio sobre los ojos y la respingadas naricillas nada limpias, que llegaba a decirle:
—Bueno, Manuel, quítate de ahí: ¿no ves que me estás estorbando?».
Etcétera, etcétera.

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La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

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