LIVING LA VIDA MADRE Valencia

MI PETER PAN

LIVING LA VIDA MADRE

NOE MARTÍNEZ

MI PETER PAN

– Mami, ¿tú de pequeña qué querías ser?
Pregunta Nicolás, mientras se entretiene jugando con el cordón del elástico de la cintura del chándal, lo que, sin duda, redunda en su absoluta relajación y sensación de viva la vida de sofá, calcetines y manta. Los domingos son, aquí en esta nuestra casa de locos y hasta en la China Comunista, una oda al hedonismo absoluto: silencio, se huelga. Ffffff.
– Pues, la verdad, de pequeña quería ser cada día una cosa, porque me gustaba un poco todo, pero mucho, mucho, nada en particular… – Miro a mi mayor, preguntándome si me habrá entendido.
– … cuandollueveeeesemooojacoooomoloooosdemááááás… – Lorenzo se tira en plancha a cantar a todo pulmón (y no digo pulmoncito, porque grita cual prima donna: todo él, entregado al agudo). Es que, cuando hay niños en casa, hay palabras comodín, palabras catalizadoras, palabras mágicas. Chocolate, piscina, paseo, regalo, chuches, flan, Bob Esponja, pelota, tablet, macarrones, cuento, plastilina o gomina, pongo por caso. Y otras tantas, que remiten siempre a musicalidad: cucharón, Susanita, gallina, barquito, arroz con leche, casita, Antón, cueva y, por supuesto, particular. Y ahí estamos, en el patio de mi casa, a todo lo que le da vida.
– ¡Qué bien cantas, bribón…! – Y en verdad lo creo, porque cuando el amor te tiene rechumidito el sentido de la realidad, donde hay un desafine colosal, tú ves un rollo free jazz que te c*gas. Como que van por libre, pero porque dominan los gorgoritos, vamos.
– ¡Ah, ya sé, ya sé…! – Mi mayor se retrepa en el sofá, como cuando me quiere decir algo importante-importantísimo. Postura de espalda de jinete de pony, mirada intensa, una mezcla entre Iñaki Gavilondo y Pepe Navarro, y un tonillo de voz que recuerda mucho a mi profesora de 3º E. G. B., que nos cantaba las tablas de multiplicar y, al acabar, aun en estado de shock, se tiraba un buen rato, canturreando todo lo que nos contaba, lo que la convertía, sin ánimo de faltarle, que era un encanto de mujer, en un canario con pechugas puntiagudas y gafas con cadenita dorada – A mí también me pasa, que si me gusta sólo una cosa, si esa cosa se acaba o la pierdo y mi hermano me la pierde, pues es todo un desastre…
– ¡Yo no pierdo cosas, Nicolás…! – El pequeño, que se sabe protagonista del envite, entra en plancha. No tiene ni idea de qué estamos hablando; o quizá, sí, porque es tal la habilidad que tiene para estar y parecer que no está, que lo mismo al terminar nos podría hacer un ‘The very best’ – ¡Mira cuántas cosas teeeeeengo! ¡Mira cuántas teeeeengooooo…! – Y el sindiós de juguetes que a primera hora de la mañana estaban ordenados.
– ¡No te enteras de nada…! – Nicolás se ríe a rabiar – Que es un por ejemplo, ¿qué te crees? – Me mira, sin dejar de reír y prosigue – Por eso a mí me gustan muchas cosas; y todas esas cosas, me gustan casi lo mismo…
– Ahá… – Lo miro, locamente enamorada, porque lo genial no es que así sea (que lo es: nunca le oí decir ‘mi favorito’, pero sí ‘mis favoritos’, lo que viene siendo una mente con terraza y vistas al mar), sino que sepa argumentar lo que siente, ser fiel a lo que quiere decir, con su lengua de trapo, con sus seis años de antigüedad.
– … Ehé, ihí, ohó, uhú, quenosaabeeeesnilaúúúú… – Y venga, dale, otra vez la burra al molino. Lorenzo, cual Juke Box, encadena grandes éxitos de la canción protesta. Buuuurriquito como tú, tururúúú: grande, Peret.
– Así, si alguna vez pasa algo con una de esas cosas que me gusta, pero que no me gusta más que ninguna, sino lo mismo o casi lo mismo, pues tampoco lloro ni me da mucha pena ni ganas de gritar. Me enfado, claro, porque ¿quién no se enfada cuando pierde algo que quiere?
Nicolás chasca la lengua, se mesa el flequillo (hoy sin gomina: los domingos descansamos el lado chulito) y hace una espiral con la punta de los calcetines, que termina por estrangularle un tanto así los meñiques, sin ser consciente de la conclusión hard drug a la que acaba de llegar él solito. Quién no se enfada cuando pierde algo que quiere. Quién. Por mucho que lo disfracemos de qué le vamos a hacer, ya vendrán tiempos mejores, qué más da, tampoco me hacía falta. Por mucho que aceptemos con resignación que lo que ya no está, no vuelve, la ira es una pulsión propia de la pérdida. Física, emocional o quizá referida a una pertenencia. Sea lo que fuere, pérdida implica furor inicial, y aprender a identificarlo, es el primer paso para salir del atolladero.
– Exactamente, amor – Lo miro, sonriendo, felicérrima de que sea capaz de hacerse entender por dentro, tan bien como por fuera. Está hablando de ‘cosas’, no de metafísica, lo sé, pero saber cómo se enfrenta a las frustraciones y su plan para salir indemne de ellas, me reconforta, la verdad os digo.
– Porque es como Lorenzo, que sólo quiere comer yogures de Vainilla de Larsa, y un día vamos a Mercadona y no los hay: ¡lío total! – Se ríe a todo lo que le da el pecho, lo que provoca que el pequeño se sume y se ría, mientras repite…
– Los bubures* de vanila* son míos, todos míos… – Y, como una exhalación, enfila hacia la nevera.
– ¡Pero lío que te da la mala malaya…! – Me río yo también, porque el ejemplo es tan nuestro y tan verdad, el referente es tan intenso, que ya me veo haciendo la ruta de los bubures de vanila, así tuviese que ir hasta Coyoto, Oviedo, mirando si entramos en la reserva o nos da el depósito para hacer ida y vuelta, antes de que empiece el rosco de Pasapalabra.
– Es que no me digas, mamita, con lo rico que está el de galleta, el de limón, el de fresa, la copa de chocolate y nata… – Nicolás cuenta delicias con los dedos, que, a este paso, va a tener que llevar la cuenta también con los de los pies – ¡Está todo bueno y él sólo come…!

– ¡Soy capitán Bubuuuuuuur de Vanilaaaaaaaa…! – Lorenzo aparece en el salón, con toalla a modo de capa, un yogurt en cada mano y una cuchara de comer sopa a modo de espada, envainada en el cintura del pantalón del pijama.

– ¡Lorenzo, que no es así, que es capitán Calzoncillos…! – Se ríen los dos a dolor, el mayor más que el pequeño, que, por cosas de exigencias del guión, está deshaciéndose de la ropa.
– ¡Vaaaleeeee…! – En calzoncillos, con un yogurt en cada mano, una cuchara de comer sopa envainada en el elástico del slip, sentencia, con gracia y contundencia – ¡Soy capitán Calzoncillos con Bubuuuuuur de Vanilaaaa!
Y renglón seguido, veo como tropieza con la capa-toalla y olé esas alitas de mamá, que todo lo pueden. Con todos los dientes en su sitio, sin chichón al que hacer sana, sana, culito de rana ni un déjame ver, por dónde estás sangrando, lo sostengo en mis brazos.
– ¡Le faltó un pelo…! – Sentencio aun nerviosa, mientras miro la esquina de la mesa, que por mucho protector que le pongas, si se dan un buen h*stión, lastima.
– Noooo, no faltó ni uno… – Nicolás tiene hipo del ataque de risa, porque qué puede haber más gracioso que una caída, rollo hermanos Marx, y señala – ¡Mira!
Sigo la dirección de su dedo y veo que, efectivamente, a Lorenzo no le queda ni un pelo a salvo. Los dos bubures de vanila habían aterrizado en toda su peluca, y un poco en la mía también, para qué engañarnos. Escrupuloso como es, que le da asco hasta pensar en que va a tener asco, sale corriendo como una chispa al baño, al grito de…
– Duchita con esponja, ¿sí?, duchita con esponja, ¿sííí…? Mamivencomigoooooo…
– Espera, mami, que aun no me contestaste: ¿qué querías ser de mayor? – Nicolás me corta el paso con la pierna, a modo de barrera de parking.
– Yo quería ser feliz – Digo, dándole un beso en la nariz.
– Eso no es una profesión, mamáááá. Eso es una forma de ser… – Arguye.
– ¡MamiiiiiiiiiiiiiitaaaaaaaaQuítameElBubuuuuuuuuuuuurQuéAscoooooooooooooooooooooo…! – Oigo cómo le da una arcada fenomenal, ojú.
– Eso es una forma de ser… – Suspiro – Recuérdame que cuando vuelva del baño de quitarle a tu hermano el topping de vainilla del pelo, te coma a besos, tipo extraordinario e inteligente.
– Recuérdamelo tú, que hoy es domingo y ya sabes que los domingos son de no estar muy pendientes…
Lo dicho, estimulación de habilidades y conocimientos, educación emocional, afectividad sin miedos y, sobre todo, seguridad para que sepan quererse sanamente. Si de esta generación de niños queridos y privilegiados no salen las buenas personas del mañana, que se pare el mundo, que yo me bajo, que decía Mafalda. Y, por cierto, yo de pequeña también quise ser Mayra Gómez Kemp, ¿cómo se quedan, primores?   

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La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

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