LIVING LA VIDA MADRE Valencia

EL RATICO

Noe Martínez

EL RATICO

Octubre es un mes como otro cualquiera para estar de vacaciones. Vale, no hay un sol de esos que frieron a San Lorenzo en su parrillita, pero bueno, algún día habrá de gafas de sol y terraza de cola light con mucho hielo y sin limón, porfaplís. Y es precisamente en uno de esos momentos, en los que vuelvo a la cotidianeidad de los humanos sin apéndices succionadores de energía y tiempo libre, aunque, paradójicamente, donantes universales del mayor amor conocido (los llaman hijos, eso también), que disfrutar de no hacer naaaaaaaaaaaaaaadaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, pero naaaaaaaaaaaaaadaaaaaaaaaaaaaaaaaaa es ya el placer más inmenso que ha inventado la inteligencia no artificial.

Es necesario dar un frenazo en la actividad frenética del día a día, para ver en qué ha devenido el mundo cuando una no tiene un horario pisándole el juanete.

Estar de vacaciones, aunque sin planes de avión o bikini, también tiene su aquel. Y es tan aquel, que si me permiten la confianza, hoy tecleo cómodamente, enfrascada en mi pasión, que son estas líneas, pero sin la tortura de tacones que me seccionan los deditos, pantalones a los que he cortado mal la etiqueta interior (la lámpara de Aladino al lado de mi cadera, es una aficionada: frota que frota, rasca que rasca, carne viva, oigan…) y/o mil y una mirada al reloj, pensando que ha llegado la hora de despertar a los niños, porque el día comienza. Lo del hámster en la noria, ruego visualicen.
El caso, es que hoy, aunque sin obligación de ir al despacho, he madrugado como siempre, pero con la idea deliciosa de llevar a los niños al cole, aprovechando el camino para cantar como si mi coche fuese una semifinal de La Voz Kids, jugando a las adivinanzas y (oh, oh…!) enterándome de que…

– La profe dijo que hoy había que llevar una caja de zapatos, para una manualidad, ya sabes… – Nicolás, jugando con su hermano a piedra, papel, tijera, me informa así, a la que cae, como si tal cosa.
Y ese ya sabes hace que me suba el azúcar en sangre, a golpe de ataquito de estrés matutino. Pero para mi sorpresa, lo que cualquier otro día me llevaría a contenerme, pero por dentro, muy por dentro y en bajito, me estaría c*gando en Pilatos y en ese carácter tan molón de mi hijo mayor, que cree que más que su madre, soy el muchacho-Eduardo-manos-tijeras de Art Attack, de Disney Chanel, hoy, sin la presión hiperbárica de tener que solucionar el conflicto caja de cartón a las 08:30, sabiendo que entro a trabajar a las 09:30 y no siendo que me vaya a un bazar chino a comprar unos zapatos de flamenca, tan mal hechos como la permanente de Lady Ming, la chinita que me los cobra, no hay caja. Pero hoy, hoy estoy de vacaciones, y aunque llueve que te da la mala, hay un atasco de m*erda que más parece un estreñimiento, porque mire donde mire, sólo veo conductores con cara de culo, enfadados con su propia existencia, tan lejos de la fiesta loca que hay dentro de mi coche, donde dos niños están ya a casi patadas (serían patadas enteras si se llegasen el uno al otro desde sus respectivas sillas, alegría de vivir…), dirimiendo si uno hizo o no trampas cuando jugó piedra en lugar de papel, cuando sabía que del otro lado había una tijera.

– Haya paaaaaaaz… – Intervengo, así como sin mucha intención, porque estoy pensando en la caja de marras, y en cómo hacer para que mi mayor no sea el único niño de su clase sin lo necesario para la manualidad, esa que ya sé, según él. Salvo que estén haciendo un sarcófago para Halloween, no se me ocurre nada más, pero vamos, que lo que van a hacer es lo de menos, porque lo único que importa es tener con qué hacerla, y ahí es donde pincho en hueso…

– Mamitaaaaaa, Nicolás hase trampash a mí. Nicolás es muuuuuuuuuuuuuumal. Parece un pedo…- Lorenzo le hace una sonora pedorreta con los labios, que, de no saber que sólo cuenta con los mofletes de un niño de tres años, diríase que es Louise Armstrong y su sempiterna trompeta.

– Lorenzo, tu hermano no es un pedo. Las personas no pueden ser pedos…. – ¡Yepa! Giro el volante, para maravilla loca del fulano que llevo detrás, que segundos antes, en el semáforo, se hacía una lobotomía con el dedo, intentando sacar masa encefálica por la nariz.
Hasta el nudillo, oigan, qué entrega… – ¡Niños, con mamá!
Acordándome mucho de Noé y su arca, saco a los niños del coche, con lo que ello conlleva: a mí primero, noooo, tú ya fuiste primero ayer, a dónde vaaaaaaaaaaaamooooos, ¿puedo llevar a Bob Esponja con nosotros?, ese paraguas es mío, no vale y el primero que levante la voz otra vez, se queda sin lo-que-sea-que-mole-y-haga-efecto hasta que se case (esta última perla, es mía. Me oigo y no me reconozco, pero también me hecho una buena risa a renglón seguido. Acabo de anunciar un arresto hasta que gusten de profesar votos matrimoniales. Genial, me he convertido en Treding Topic de la chirigota. Sentirme ridícula pero hacerse gracia es muy de guapas, claro…). El caso, bajamos los tres del coche, aguacero sobre nuestras cabezas, camino a una pastelería.

– Mmmmmmmquériquísimascositas, mamiiiii… – Lorenzo, relamiéndose el bigote, como gato en pescadería.
– Mami, ya desayunamos, por si no lo sabías… – A mi mayor no hay nada que le guste más que ser el colofón de todo: él, en sí mismo, es un extraordinario epílogo. Lo sabes todo, porque lo ha vivido todo. Es tremendo y ocurrente a partes iguales.
– Y más que vais a desayunar, porque nos hace falta una caja…

Tras un rato hablando con la señora confitera, que me miraba estupefacta, razonando con mis niños si podían o no tomar helado antes de que saliese el sol, salimos de allí con un cruasán relleno de jamón y queso, una empanadilla de atún y una caja de bombones tres pisos, a la que pedí le quitasen el celofán, la moña, las felicitaciones y la muñequita de comunión que acompañaba tan hermoso packaging (ironía, porplís). Antes de cruzar la puerta, y tras cobrarme los bombones como si viniesen de la mismísima Place Vendome, me dice la muchacha confitera:

– No se lo dije, pero son bombones borrachos… – Toda finura y distinción, brazos en jarras, se da cuenta de que el contorno del sujetador le aprieta, y, sin ningún pudor, se rasca y estira la ropa interior, haciendo de su par de pechugas, un enorme tirachinas.
– Querrás decir, rellenos de licor, digo yo… – Miro a los niños, que ya estaban otra vez a la gresca porque habían decidido compartir la inesperadas delicias pasteleras, pero no se habían puesto de acuerdo en la porción de las mismas (yo te di mááááááás, oyeeeeeeeeeeeeeee, eso es muy pooooooooooooocooooooooooooo. Listen and repeat) – Borracha, en todo caso, acabaré yo si me como un quilo de bombones de guinda. Buenos días…

Y, hombre, un kilo, no, pero un cuarto, tal cual. Entre semáforo y semáforo, y otro tanto entre que encuentro un lugar donde aparcar que no sea zona verde, exclusivo residentes, que no sea doble fila, que tenga línea amarilla, que sea parada de bus, ni minusválidos, ni una plaza homenaje a Paquita Rico, que en esta ciudad donde conciliar es más difícil que cavar minas, pues en ese impás, engullo bombones a dos manos, para que la caja quede vacía, y el niño pueda llegar a clase armado para su manualidad, esa que yo ya sé. No lo he dicho, pero odio los bombones rellenos, los odio con todo mi ser, quizá porque es una engañifa para el paladar, que dice, andá, mira que llega delicioso chocolate. Aaaaaaaah, no, que era un licor de taberna con sabor a Colacao. Aun así, devoro los bombones, porque no tengo donde guardarlos y la calefacción del coche, los está derritiendo en el asiento, en el que los he ido poniendo, en aras de vaciar la caja de los c*joncillos. Olé yo.

– ¡Venga, abajo, que llegamos tarde…! – Y no es verdad, porque siempre llegamos muy holgados de tiempo, pero como ya voy de adrenalina como para donar, pongo el piloto automático de preparados, listo, ya.
– Mi mamiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, eres mi amiga, ¿sí?, valeeeee… – Lorenzo se agarra a mi cuello, mientras intento sacarlo de la sillita del coche. Que me quiera es el regalo de vivir, pero que me ahogue para demostrarlo, pues no sé, la verdad….
– ¡Pequerrecho! Que no puedo respirar, amoooooooooooooooooor… – No quiero dejar de abrazarlo, pero el temor a quedarme azul pitufo, sin oxígeno y tal y tal, pues eso: por San Benitiño, suéltame bebé, que me asfixio.
– Lorenzo, deja a mamá, que hoy está de vacaciones y tiene que descansar con el cuello puesto… – Nicolás, mezcla de celos e hiper protección, se mete en el medio.
– Ayayayayyyy… – Beso al bebé, segura de que tengo una vértebra mirando a Tudela – Yo también te quiero, gordito.

Ya los tres en la acera, vamos contando los pasos en voz alta, para que el pequeño nos muestre sus avances y su pericia con la matemática de 4º de Infantil. Ellos censan pasos hasta el cole, yo estoy soñando ya con los de vuelta. En cuanto los meta en el cole, a hacerse unos chicazos de bien, a obedecer a la primera (¿cómo lo harán las profes? Vendería mi alma al diablo, como el Fausto de Goethe…), a comer lentejas sin protestar, a bajar la tapa del váter, a cerrar la pasta de dientes después de haberse echado tanta como para alicatar un baño, a compartir con los demás incluso si no les piden, sólo por el placer de que otro les diga gracias, eres mi mejor amigo. En cuanto los meta en el cole, tiro bombas de palenque, me digo, sudando como Kiko Rivera en la San Silvestre Vallecana.
– Portaos bien, sed bueniños*, aprovechad el día y haced caso a la profe. Os quiero, sois los mejores…

Con la mano, a lo Letizia Ortiz, los despido, ciertamente mareada, y no por la emoción de saber que tengo por delante ocho horas para mí (ocho horas para mí, lo repito por si se me olvida), sino por el subidón energético y sacaroso de las milcién bolitas de cacao borracho que me acabo de comer. Todo sea en pro de la caja, la manualidad y mi libertad vigilada…

– ¡Qué bien se vive de vacaciones, eeeh! ¿Qué le pongo? – Ya sentada en una terraza, con el cuerpo extenuado de la rutina mañera, me pregunta el camarero del bar al que habitualmente vamos con los niños.
– La extremaunción, por favor… – Me pongo las gafas de sol, subo los pies en la silla que tengo enfrente (lo sé, está fatal y es muy de vándala, peroooo…).
– Una colalight con mucho hielo y sin limón… – Sentencia el camarero con orgullo profesional, mientras se va.

Oigo como pasa un bus, como una pareja discute porque se les ha pasado pagar un recibo, una abuela que pone verde a su hijo, por calzonazos y mandiletas. También oigo un guardia, que pita y pita y pita, hasta que mi cabeza lo imagina como un sensor de la cajera de Mercadona. Pi, pi, pi, pi, pi, piiiiii. El sol ni está ni se le espera, pero la lluvia ha dado una tregua. Es mi primer día de vacaciones. No hay bikini. No hay resort de pulserita TI. No hay piña colada ni acquagym en la piscina. Créanme si les digo, que con todas y con esas, momentos como este, de calma después de la tormenta, no los cambiaría por nada. Tan a lo diosa Juno, he parido dos maravillosas tempestades. Tengo los bombones de licor clavaditos en el esófago, oigan. Ains…

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La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

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