El viejo profesor Valencia

MÁS VACACIONES ESCOLARES

EL VIEJO PROFESOR

Te he contado cómo transcurrían las vacaciones en mi niñez. Como la mayoría de los seres humanos suelo rememorar con alegría esta etapa de mi vida que, si los mayores no se empeñaron en lo contrario, ocupa el primer lugar de nuestros recuerdos felices.
¿Cómo eran las vacaciones en mi adolescencia?
El tiempo lectivo del curso era ocupado en el estudio del Bachillerato, primero, y de la carrera después. Había que procurar que no quedasen asignaturas pendientes para el verano. Yo, como la mayoría de los chicos de mi pueblo, los que no podíamos costearnos un colegio en la capital, estudiábamos “por libre”, que, por si alguno no lo sabe, consistía en preparse todo el curso en clases particulares e ir a la capital a examinarse una vez al año. ¡En dos días te examinabas de todas las asignaturas, siendo orales la mayoría de los exámenes! Había que trabajar duro, pero la recompensa era un verano de lo más relajante.
Como chico que empieza a sentirse hombre buscabas en la vida del pueblo todo aquello que te reafirmara tu personalidad: destacar en el estudio, en el deporte, –a mi me gustaba mucho el fútbol y dicen que era un buen extremo derecho-, participar en las reuniones sociales, formar parte de una rondalla, empezar a pavonearse por el paseo clásico de los pueblos para que las chicas se fijasen en ti, fijarte en ellas… los primeros amores, platónicos todos…, las rondas, los paseos nocturnos a caza de gorriones con escopeta de balines de plomo y linterna, “las ligas” o reuniones de amigos –a veces amigas- en las que empezabas a degustar tu primer vasito de vino, tu primer cigarrillo…
Los veranos eran muy esperados porque, como solíamos decir, venían los “estudiantes”, es decir, los “ricos”, los que pasaban el curso en la capital. Al parecer nosotros éramos estudiantes, pero de segunda o tercera división. Entre aquéllos tenía – y tengo- grandes amigos. Pero los más valiosos son los que compartían el día a día, en invierno y en verano, los que nos divertíamos o nos las “pasábamos canutas” para reunir las cinco pesetas que costaba una gaseosa en “casa del Albarquero”; gaseosa que congregaba a su alrededor a la pandilla de adolescentes que nos sentíamos felices ante tan “afrodisíaca” bebida. Comentaba mi amigo Manolo Siles que esta bebida era muy buena “porque se te rizaba el pelo”… Para acompañarla, cada uno debía de aportar de su casa la “tapa”, de modo que, una vez abierta la botella, cada uno sacaba de su bolsillo lo que había “agenciado” en casa, con o sin el permiso de sus padres… Higos secos, huevos duros, tomates, bellotas, ¡chorizos!, etc…
Entre los “estudiantes” se contaban los seminaristas, chicos que en aquellos años tenían que vestir de negro o, al menos, llevar los calcetines de ese color… En el verano se añadían a nuestra pandilla, resultando una delicia el disfrutar de su buen humor, de sus historias, de sus anécdotas. Entre ellas recuerdo la de un profesor del seminario que debía tener la misma mala pronunciación que nuestro “querido y amirado” secretario de Organización del PSOE, Pepiño Blanco, que se come algunas consonantes… Pues bien, este profesor, muy dado a las recomendaciones de las buenas maneras y cuidado del edificio del Seminario, a menudo les recordaba que “no debían clavar putas en las paredes”. Imagínate, querido amigo, la hilaridad que despertaba el pronunciar –en todo un Seminario- putas por puntas.
Las vacaciones, por tanto, corrían a la misma velocidad que las de mi infancia.
¡Qué pena! Uno se hace “mayor” y las vacaciones cambian de cariz. Ya no servirán nunca más para jugar, para buscar nidos, para bañarse en las albercas, para encontrarse con los amigos que han estado fuera; ya las vacaciones serán para DESCANSAR. ¡Con lo que a mí me gustaba cansarme, hartarme de calor en las siestas para bajar al río, jugar sin tener nunca hartura. Pero en fin, en mi profesión siempre me han felicitado por una cosa: por la cantidad de días de vacaciones que gozábamos los maestros. Antes y ahora la misma cantinela. Permíteme, amigo, algunas

reflexiones…
– Según lo que contaban, el Estado no pagaba más a los maestros porque éramos muchos, y lo compensaba con días de vacaciones. Nunca me lo creí, pero algo de cierto había en el rumor. Supongo que después de una guerra y de un bloqueo internacional existirían cosas más importantes que arreglar que preocuparse por la educación…
– Según lo que se comentaba dentro de nuestro gremio no se reducían las vacaciones porque el Estado se vería obligado a subirnos el sueldo, con lo que nos encontrábamos con el consabido problema de “la pescadilla que se muerde la cola”.

Bien, esto es un poco de historia porque lo que nos interesa es lo que ocurre en la actualidad. En realidad, los períodos vacacionales han cambiado poco. Podríamos considerar los tres más prolongados, Navidad, Semana Santa y Verano. Unos veinte días para el primero, once o doce el segundo, y alrededor de dos meses y medio para el tercero, siempre refiriéndose a los alumnos. ¿Qué pasa?, ¿Que los escolares españoles tienen más vacaciones que el resto de los países europeos? Evidentemente no. Basta buscar un cuadro comparativo para darse cuenta de que hay muchos países que cuentan con más días lectivos que nuestros niños. Concretamente en España, los días lectivos preceptivos es de 240 anuales. ¿En dónde, pues, radica el problema del sempiterno descontento de los padres? Está claro que éstos aducen una serie de problemas como qué hacer con los niños, quiénes se encargan de ellos, como compatibilizar el trabajo de los padres, coordinar el período vacacional, hacer frente a un largo período de inactividad, etc, etc. Es un tema bastante polémico, que admite toda serie de soluciones. El problema es que hay que sentarse, discutirlo, y tratar de buscar soluciones. No basta con protestar, hay que poner empeño, porque soluciones hay y basta con asomarse a La principal queja de los padres gira en torno a la siguientes cuestiónes: ¿Qué hacer con los hijos en los largos períodos vacacionales? ¿Quién se ocupa de ellos si ambos padres trabajan? En definitiva, ¿cómo compaginar trabajo y colegio?
Vuelvo a repetir que el tema es complejo, pero también que, si todos los estamentos implicados,- familia, Estado, sociedad, sindicatos, etc-,se pusiesen de acuerdo para buscar soluciones, no digo que el problema se resolviera, pero sí que mejoraría ostensiblemente.
Las vacaciones de verano, por ejemplo, reducirían su duración en dos semanas, terminando el curso escolar el día 30 de Junio y comenzando el 1 de septiembre. Se me dirá que hacemos con los días de calor de principio y final del verano… Aporto la solución de que se compren menos ordenadores por aula –creo que se prometieron un PC por cada dos alumnos- y se instale el aire acondicionado.
Las vacaciones de Navidad y Semana Santa permanecerían igual, aunque sería deseable que esta última no fuese variable, a fin de ajustar el Calendario Escolar. De no poder ser, cada año debería estudiarse su programación.
Esas dos semanas que hemos quitado del verano serían los comodines para insertar en los períodos que van desde el inicio de curso hasta Navidad y desde ésta a Semana Santa, o bien desde Semana Santa a fin de curso, si ésta cayese muy tempranera. Desde este modo se resolvería el problema de los trimestres demasiado largos.
“¡Pero bueno! ¡Todavía no me has resuelto problema de los padres que trabajan, amigo Pedro!” Pues mira, querido amigo, hay que exigir a los responsables de los ayuntamientos una buena programación de sus actividades y el empleo racional de nuestros impuestos. Debería ocupar un lugar preeminente en el gasto público la contratación de personal especializado para llevar a cabo en los centros, en los distintos períodos vacacionales, una serie de actividades culturales, lúdicas, deportivas, etc., que permitiera a la familia que lo solicitara, dejar a sus hijos en el colegio disfrutando mucho más que si se quedaran en casa. Es cuestión de proponerlo y proponérselo. Igualmente el Estado, al igual que sucede en nuestros vecinos europeos, aumentar las prestaciones familiares para los matrimonios con hijos. Date una vuelta, querido amigo, por las legislaciones de los distintos países de Europa y alucinarás…
“Y me queda otra cuestión, amigo Pedro: ¿no crees que los profesores tienen muchas vacaciones?”

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  • Yo soy maestra y madre de 6 hijos, el tema del exceso de vacaciones lo escucho constantemente y siempre digo lo mismo: la Universidad está abierta, si quieres ser maestro/a sólo tienes que estudiar y opositar. Pero no todos quieren ser maestros/as, porque nuestra profesión requiere una gran vocación, porque adquieres un compromiso con la sociedad y contigo mismo que hace que ahora mismo, un sábado por la tarde en vez de estar con mis hijos en el cine esté preparando materiales para mis alumnos, el mismo “empuje” que hace que te vayas de excursión y duermas en un albergue sin cobrar un “extra” por ello o que vayas a trabajar con afonía, o que tengas un paquete de galletas en clase para el que olvida el almuerzo… Esta es mi profesión y me encanta, pero también me encantan las vacaciones y me encanta estar con mi familia, no he tenido seis hijos para dejarlos con la abuela o en la escuela de verano… Elegí esta profesión porque sabía que el horario y el calendario sería compatible con ser madre y estar con mis hijos, igual que un forestal elige su profesión porque le gusta estar en contacto con la naturaleza… Tengo compañeras que llegan al inicio de curso con “mono”, me comentan que ya necesitaban volver a la rutina… Yo disfruto el verano muchísimo, soy de las que la vuelta al cole les resulta agridulce: emocionante por empezar un curso nuevo pero con nostalgia de las tardes de piscina, los paseos por la noche (a la fresca), levantarme sin prisas, tener tiempo para aburrirme… Y así se lo he transmitido a mis hijos, ellos disfrutan mucho del verano, sobretodo de estar juntos (con las riñas que esto conlleva, a veces), de estar con la familia (tíos/as, primos que viven lejos, abuelos/as), de ir al pueblo y beber de las fuentes (pequeños placeres que algunos no conocen)… En verano están más tiempo al aire libre (y se les nota), se relacionan con gente nueva (y se les nota también), aprenden a asumir responsabilidades en casa (tareas del hogar, ¡qué importante!) …. Y también dejo que tengan tiempo de aburrirse porque creo que el aburrimiento es el motor del pensamiento creativo, que ayuda a poner en orden tus ideas… A veces los padres se preocupan mucho en ocupar el tiempo de sus hijos/as con “actividades” (acción) y no se “ocupan” de lo que llena su mente (de los pensamientos, ideas, conflictos, emociones)… No me considero mejor madre, en absoluto, hago muchas cosas fatal como madre (como pasar bastante tiempo en el ordenador, cosa que también imitan) pero yo disfruté mucho de mi infancia, de mi familia, de mis veranos y esto es algo que no quiero que ellos se pierdan.

Buenos días


La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

RÓTULOS CARDONA

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