LIVING LA VIDA MADRE Valencia

TAN LOCOS DE ATAR

TAN LOCOS DE ATAR

NOEMI MARTÍNEZ

Muy fan de las conversaciones ajenas. Vale, ya me siento mejor, porque cuando una confiesa ese qué sé yo que la convierte un poco en la vieja del visillo, siente una dosis de liberación loca, como cuando llegas a casa y te quitas los tacones que te tienen amordazaíto perdío el meñique (señores diseñadores de zapatos: ese dedo existe, les guste a ustedes o no, ¿cómo se quedan…?). Y no digo oír, digo escuchar, porque nada hay más entretenido que el teatrillo improvisado, sobre todo, si el escenario es afín y sabes, porque formas parte inconsciente del elenco de actores, que lo que se verse y se escenifique, en algún momento la vida lo ha escrito para ti. O quizá lo hará, lo que convierte la situación en un hilarante cuento con moraleja y lobo con la barriga llena de piedras, echándose una gozosa siesta.
Pónganse cómodos, que le doy al PLAY.

– Lo de los cumpleaños se nos está yendo de las manos, Sandra… – Un padre sereno, conversa con la que supongo su mujer, mientras empuja distraído a una niña en el columpio, a la voz de ‘dame más, dame más, papi, más fuerte, que me haga cosa la barrigaaaaa…’.

– Ya, claro, se nos está yendo de las manos… – La madre, que por manos tiene un iPhone 5 función cámara a todo gas, no deja de hacer vídeos en TimeLapse a su hija, columpio va, columpio viene – Pues ya me dirás cuál es la otra opción, porque no la veo…
– ¡En casa, cojones, como toda la vida! – El padre levanta la voz, pero de forma comedida. No lo veo como un tipo rudo, pero me queda claro que tiene resorte – Mi madre nos reunía con todos mis primos y los vecinos, venga pan Bimbo, Nocilla, Fanta y tarta de galleta con chocolate. ¡Teta, lo pasábamos teta…!
– ¡Borja, no digas teta delante de la niña, coño…! – La madre, que lleva un moño a lo Amy Winehouse y un pantalón tan ceñido que diríase una segunda piel, reprime teta, pero no su coño (el figurado, digo, aunque el otro queda muy imaginado, al pantaloncito me refiero…).
– Sandra, tetas tienen todos los mamíferos: no veo qué cosa ofensiva puede ser una teta para Carlota… – El padre, que debe tener la mochila cargada de reproches cursis, hace de su invención la voz en off de un documental de Jacques Crousteau.
– Cuando te pones gilipuá, no te aguanto, hijo… – Ella, que al paso que va, acaba la memoria del móvil en dos vídeos y una foto panorámica, ni lo mira, sólo le regaña y hace cucamonas ridículas, para que la niña (ahora ya sé que se llama Carlota, y no me sorprende, porque lleva bordado el nombre en el abrigo, en la mochila, en los calcetines; cuesta creerlo, lo sé). Rollo que el mundo se entere de que te llamas bonito, muy bonito, requetebonito, aunque estemos rozando el límite del acoso nominal: mellamoCarlotaaaMellamoCarlotaaaaaaaMellamoCarlotaaaaaa. Salvo que sospechen que la niña va a desarrollar un brote inesperado de Alzheimer, no hay explicación. O sí: la estulticia materna que nos entra al tener niños, no tiene límite. Ains.
– ¡Papiiiiii, mami dijo gilipuáááááá! ¿Qué es un gilipuáááá…? – Carlota, que parece disfrutar de la confrontación educacional entre sus padres, hace labores de picador rejonero, para que, al albor de la tensión de ambos, el columpio alcance la velocidad de un proyectil tierra aire.
– Cariño, yo sé de tetas: de gilipuás sabe mamá, como de casi todo… – El padre, que no deja de mirar el reloj, supongo que preguntándose qué margen tiene antes de llamar al SAMUR para que vengan a hacerse con su mujer, presa de un ataque de Iphonitis con cámara en modo ON.
– ¡Pero qué bocanegra eres, Borja…! – Ella está a un tris de lanzarle un guijarro del suelo, si no fuese que para eso tendría que dejar de grabar. A estas alturas, no debe quedar ángulo sin retratar de la niña, pero la madre ahí sigue, dale que dale.
– Hombre, pues ahora que lo dices, para bocanegra el niño mayor de tu hermana, que oírlo hablar hace licenciado a un tabernero… – El padre hace gestos con la mano, dejando claro que el primo de Carlota tiene un vocabulario muy cochinen marranen, que dirían en la peli de Canta.
– ¡Mira, mira, no me, no meee, eeeeh! ¡No me, no meeee…! – En este mismo instante, el moño a lo Amy Winehouse está al borde la erupción, temblando a su libre albedrío, fruto de un mosqueo c*jonudo, pa’qué andarnos por las ramas, oigan.
– No, si encima voy yo a tener la culpa de que el niño de tu hermana sea un Anarka en pequeño, y que a sus padres se la traiga floja que hable como un rapero… – Cada vez estoy más segura de que la movida que se traen el padre y la madre de Carlota no tiene nada que ver con el cumpleaños de la susodicha, que fue el germen de la conversación. Algo me dice (a mí y a la media docena adultos que pululamos como Caminantes Blancos de Game of Thrones, en busca de alguna actividad que no delate nuestra afición al chismorreo), que entre ambos ya venía de serie la dinamita, pero con la mecha bien seca y las condiciones climáticas adecuadas…
– ¿Yo hablo del bigote de tu hermana? ¿Hablo del bigote de tu hermana? No, no hablo – La madre apaga la cámara y toma el relevo en el arte del buen columpiar, sólo que lo hace del otro lado, enfrentada a su marido, columpio y niña de por medio – ¿Hablo de la novia de tu hermano, que con el pirsin en la lengua cuando habla escupe como un riego automático? No, no hablo – Carlota va y viene en el balancín a tal velocidad, cogiendo tal impulso, que, inconscientemente, me pongo en un lugar estratégico, sospechando que más pronto que tarde, la niña a salir por los aires, a lo Princesita Bala – ¿Hablo yo de las putas albóndigas de mierda de la coñaza de tu tía Asunción? No, no hablo.
– ¡Papiiiiimamáhadichoooopuuuuuuyloquesigueeeeymierdaycoñazaaaaaa…? – Carlota, con los ojos en blanco, agarrándose a la cadena del columpio como si no hubiese un mañana, interviene con voz de adolescente saliendo del After: está a un suspiro de vomitar por los aires, lo que redundaría, sin lugar a dudas, en hacer esta tarde de parque algo memorable para propios (ellos) y ajenos (los chismosos que nos hacemos los guays, disfrutando con cerditos en ciénaga, del pollo lolailo que allí se estaba montando). Si Carlota nos vomita en la toda la jeta, bien merecido nos está (bueno, más merecido le está a la gordita-come-pipas que tengo sentada al lado, en el banco, que está haciendo una retransmisión en vivo de los hechos, en el grupo de WhatsApp del colegio al que supongo también va Carlota, a juzgar por la velocidad a la que teclea).
– ¡Anda la otra, el bigote de mi hermana…! – El padre es ahora el que empuja el columpio. Venga, otro con el mismo ímpetu, y Carlota se marca un ‘perra Laica’, espacio a través – Que lo que tiene tu madre en la barbilla, ¿qué es, una bufanda? – Él se ríe, pero se ríe mucho, supongo que en parte por los nervios, porque sabe (lo ve), que somos muchos atendiendo al sainete.
– No, tú ríete, que es todo una risa… – La madre hace una cucamona a Carlota, que, a estas alturas, tiene una cara de Biodramina que no puede con ella – …que te va a hacer una gracia de mis lolas cuando veas a mi madre el sábado en el cumpleaños y le diga que te encanta su barbilla…
– No pongas en mi boca, palabras que yo no he dicho… – El padre se gira para ver la cara de la niña, ahora ya, toda ella tal cual el grito de Muchen: o me paran o me arrojo.
– ¿Aaaah, ahora reculas, no, valiente…? – Ella, con rintintín, hace gestos a la niña, preguntándole si quiere bajar, o, en todo caso, si quiere que dejen de columpiarla. Que pobre Carlota tenga que pronunciarse sobre ello, requiere un relato propio, por interés social: Esas veces en las que los padres nos vamos de guays y no llegamos ni a chachis. Tan locos de atar, así somos. Prometo líneas e ingenio sobre ello, pardiez.
– No reculo: matizo – El padre frena el columpio en seco, y la pobre Carlota da con los dientes contra la cadena, a la voz de oig, oig, oig, oiiiig – No me encanta su barbilla: me encanta su chiva.
– Cabra los será tu santa madre, simpático… – La mamá de Carlota se apura a sacar a la niña del columpio, sabiendo que desenmarañar a un niño de las protecciones delanteras en condiciones normales es ya de por sí difícil. Imaginaos lo que era aquella niña mareada, con la piñata dolorida y un ataque de ‘sus voy a vomitar el primer potito, panda de capullos’. Hay números del Circo del Sol con menos acrobacias, ya te digo – ¡Carlotitaaaahijaaaaa! ¿Estás bieeeeeen?
– Estoy hecha mierda, mamiiii… – La niña se deja caer al suelo.
– Carlotitaaaahijaaa, no se dice mierdaaaa… – La madre recrimina el vocabulario soez, sabiendo como sabe que a ella tampoco le hizo la boca Carmen Laforet.
– Ves, esa es la genética que tira al monte: el hijo de tu hermana, el bocanegra… – Dice el padre, abrazando a la pobre niña, que no ceja en su oig, oig, oig, oiiiig.
– Supersí, Borja. La genética te va a convertir a ti en un calvo con barriga, forofo del Atlético. Como si lo viera… – Ella se defiende.
– Pero con un atractivo que ríete tú del Felipe VI… – Él se ríe sin parar, mientras Carlota repite estoy hecha mierda, hecha mieeeerda.
– Eres un soberbio, ¿sabías…? – Ella busca sitio confortable en los brazos de Borja, a pesar de que Carlota no cede ni un centímetro de espacio.
– Pero ese también es mi encanto… – Él besa a su mujer, como si en ello se le fuese la vida – ¿Entonces, cuántos cojones de niños vienen al cumpleaños de Carlota?
– 52, sin contar con al ahijada de mi prima y la sobrina de la novia de mi hermano, que no saben si podrán venir porque tienen clase de yoga y una master class de clarinete – Arguye ella, dándole a Carlota un plátano pelado, que ella rechaza, va de retro, Satanás, ¿pero no ves que voy a vomitar, tía loca?.
– Clarinete… – El padre guarda silencio – A los padres a veces había que colgarnos de un pino, pero de un pino bien alto. No sé, cinco años y clarinete. Ahí lo dejo.
– Pues Carlota no va porque no había plazas, ya lo sabes… – Dice ella.
– Carlota no va porque es una niña normal y le gusta la Patrulla Canina, Sandra. Por eso no va… – El padre besa ahora a la niña, que sigue viendo elefantes volando del mareo maravilloso que lleva encima.
– Precisamente: acabo de pedir presupuesto para dos animadores de la Paw Patrol para la fiesta, ¿qué te parece? – A la madre se le ilumina la mirada.
– Pide también presupuesto para las animadoras de los Lakers, y que vengan con mini falda, pompones y camisetas molonas. Nos convertimos en Trending Topic en el WhatsApp del colegio… – El padre se troncha de risa.
– Borja, es que no cooperas nada, eeeeh, no cooperas naaadaaaa…
Para cuando Borja empezó a cooperar, allí ya se hablaba de cientos de euros como de cromos Panini de la Liga. Lo que parecía un cumpleaños sonaba a boda con reboda, fuente de chocolate con chuches, brindis con Chimpín, el champán para niños, y la apertura de baile, con la niña vestida de miriñaque, mientras se marcaba un Vente pa’cá, vente pa’ca, vente pa’cááááá. Lo dicho, soles del Paraguay, que parafraseando al padre de Carlota al comienzo del relato: los festejos de los niños se nos está yendo de las manos. Y del bolsillo, créanme. Palabra de madre con dos príncipes a los que homenajear. ¡Que viva san Visa! ¡Un hurra por Santa Master Card! 

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Buenos días


El secreto de la educación reside en respetar al pupilo. (Ralph Waldo Emerson)

ES NOTICIA… Segunda estrella para Francia

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Ganó Francia, probablemente el fútbol que se avecina. Y si el futuro ya está aquí, trae a Mbappé a toda pastilla, como sucedió hace sesenta años con Pelé. Él le dio valor a centrocampistas de altos hornos como Kanté y Pogba. Y a centrales que valen como laterales (Pavard y Lucas) para borrar fronteras y complejos. Y a centrales de mucha fibra y buen pie como Varane y Umtiti. Y a un fabuloso Griezmann, reorientado a jugador total. Habrá que acostumbrarse, que no es lo mismo que enamorarse. Una selección de más de 1.000 millones de euros metida en cintura por Deschamps, capaz de quitarle los defectos colectivos a costa de ensombrecer las virtudes individuales. Pero una selección campeona, al fin y al cabo, que quedará para la historia. Un equipo en mate que sucede al brillo de España y Alemania y un jugador, Mbappé, que aspira a la posteridad.

as.com

RÓTULOS CARDONA

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