LIVING LA VIDA MADRE Valencia

¡TANTO TIEMPO DESPUÉS!

TANTO TIEMPO DESPUÉS

Noe Martínez

Jardín de casa. 16.30 de la tarde; en nuestra urbanización de casitas acosaditas, no se oye un pío. Llámale siesta, llámale sobremesa, llámale somos la única familia con niños que nos pasamos por el arco del triunfo la paz de extrarradio. Aquí estamos, altavoz bluetooh, tumbona, piscina, sombrilla, pistolas de agua y cientomil advertencias maternales, bordeando una parodia de Los Morancos, el que moje a mamá, sale de la piscina echando chispas. Vale, pues a la advertencia cientomiluna, alguno de mis niños, con cara de ninja cabroncete, me larga un chorro de agua intencionada, que me deja turulata. Lo sé: no soy un jersey de angora, no encojo ni destiño ni nada de eso; pero el agua y yo nos llevamos igual de bien que el Gremlin bueno con un bañito relajante. Lío maravilloso aparte, y obviando los yo no fui, fue él, fue sin querer, no me di cuenta que estabas ahí (¿En serio? ¿En serio? El único ser humano adulto en el jardín, debajo de la sombrilla y con un sombrero amarillo: ¿en serio no te diste cuenta?) y los otros lo siento, no lo voy a hacer más veces hoy (lo que subyace, quiero que valoren, que mañana es probable que sí; y pasado también y el otro y el siguiente… La vida de una mamá no acuática es el día de la marmota, oigan…).
– Mamita, tú cuando eras pequeña, ¿ya nadabas igual de mal que ahora, o es que se te fue olvidando…? – Nicolás pregunta, ocioso y distraído, mientras se deja ir, sentado en un superflotador que parece una balsa para siete (mis saludos a los maestros chinos, que para qué medir la cintura de los niños: mejor fabricar un salvavidas del diámetro de un agujero negro del espacio).
– ¡Oye, que yo no nado mal…! – Salto como si me pinchasen el culo con un alambre.
– Bueno, no digo mal, digo así regular o algo, porque como no te he visto nadar en mi vida, supongo que es porque no te sale muy bien…
Nicolás hace girar el superflotador, improvisando un remo con su mano. De fondo suena música loca, música fresquita con mucho nena, oye dame de eso, que yo te doy de aquello, aquí bailamos lo que se tercie, sólo hacen falta dos cuerpos, tu novio es un pánfilo y yo un listo que me lío hasta con mi prima la Paqui, que es de Murcia y tiene bigote, pero peor vida la varicela, lalalá, lalalá (permítanme el NoeParafraseo, pero tampoco tan desencaminada…). Lorenzo, que ha nacido Gentleman y sabio, bucea a su bola, seguro de que, a pesar de mi enfado superlativo por haber sido diana de sus pistolas de agua, a los cinco minutos me reseteo.
– ¿Saesqué,mamita…? – Me dice, asomando sus ojos bonitos por el borde la piscina – Mía como nado de maiposa.
– ¡No, eso no es mariposa, Lorenzo! – Nicolás se afana por quitarle protagonismo a su hermano: hemos aprendido a canalizar los celos, convirtiéndolos en competición de campamento. Algo es algo – ¡Mariposa es esto: mira!
Y cómo son las cosas, viendo como mi mayor se dejaba el orgullo en su intento de cruzar nuestra mini piscina de lado a lado, batiendo una y otra vez sus brazos cual alitas de mariposa, se me viene a la cabeza, aquella infausta ocasión, en la que, aprovechando mis enésimas clases de natación (mi madre siempre ha sido una entusiasta y se resignaba a aceptar mi no flotabilidad), me anoté a una exhibición de este estilo ultra-mega-súper-difícil-que-te-c*gas. Catorce años, llámalo también locura transitoria.
Fast Rewind. Once upon a time…
– ¡Qué bien, así me gusta, que participar es lo importante!
A mi monitor de natación le faltó levantarse y aplaudir, pero no de emoción, sino de puritito asombro. Yo, que seguía nadando con la tabla de corcho y protestando cuando me tocaba tirarme de cabeza, por si dejaba en el fondo cuarto y mitad de incisivos y molares, había decidido participar en una exhibición de mariposa, estilo que no había probado/practicado en mi sacrosanta vida. Los catorce años son un túnel espacio tiempo, en el que la boca se precipita a tomar decisiones que tu cerebro, con la función sináptica bailando por Glen Medeiros y su nocingonacheeeeinmailofforyúúúúu, no repara en las consecuencias. Cosa: Manolete, si no sabes nadar, pa’qué te metes…
– ¿Estás segura…? – Una de mis muchas mejores amigas (la adolescencia cursa con síndrome de Diógenes de súper amistades) me mira perpleja, intuyendo que va a salir salpicada de todo esto.
– ¡Y tú también! – Antes de que la pobre pudiese decir ni Amén, Jesús, vio como su nombre estaba en el tablón de participantes, con un número asignado, calle de competición y un campo vacío, en el que mucho tiempo después, me di cuenta de que debería ser para argumentar las últimas voluntades.
Así que, a la media hora de haberlo decidido, y mientras nos reíamos como gallinas locas, sentadas en el borde de la piscina, haciendo girar los pies para que se hiciese remolinos en el agua (ese era el nivel de tendencia acuática que experimentábamos ambas, un primor…), veíamos como los chicos mayores, los de diecimuchos, nadaban como delfines, de un lado al otro, haciendo del estilo mariposa algo sencillo, incluso apetecible. Esos brazos grandotes como jamones de Guijuelo, entrando y saliendo el agua, hacían que los viésemos guapos, aun a pesar del gorro y las gafas (hay alienígenas más favorecidos, palabrita).
El caso, cuando por fin nos toca, lejos de amedrentarnos, nos levantamos con la misma chispa y locuacidad con la que nos habíamos apuntado, y nos dirigimos al podio de saltar al agua (¿se llama así? La otra opción que se me ocurre es peana, pero muy beato me parece para lo que voy a contar…). Un pie delante de otro, con idéntica sincronía que el ballet del Bolshoi, mi amiga y yo, con cara de no haber nadado en la vida más allá de un lado a otro de la bañera, nos miramos, y supimos, porque aunque adolescentes e inconscientes, de tontas no teníamos un pelo, que de allí no salíamos vivas.
Antes de tirarnos al agua, miramos a nuestro alrededor, y como un duelo OK Corral, vimos a un montóóóóóóóón de chicos de diecimuchos, los mismos que hace unos minutos nadaban sin aparente esfuerzo, mirándonos con incredulidad. No obstante, y como los hombres para eso del deporte son más respetuosos, no nos gritaban improperios del tipo ‘Noooooeeeee, ya voy llamando a la ambulaaaanciaaaaa’, ni ‘Fulanitaaaaa, espera que te empujo por el pooompiiiiis’. Nada, los muchachos, con hormonas y todo y con ganas de guasa, parecían valorar nuestro afán participativo. Un campeonato de mariposa para dos niñas zumbadas que había decidido eso, como podían haber decidido ir al Serengueti a censar chinches moteados. Olé, venga, que vamos.
– ¡3, 2, 1, agua…!
Pum. Choooooooooooooooooooooooof. Caigo a plomo a la piscina, desplazando tanta agua como una orca de un documental de la 2. Ahí estoy, sumergida, viendo menos que Pepe H*stia bajo el agua (llevo gafas, pero no abro los ojos, porque me da impresión: esa soy yo), nado y nado y nado todo lo que puedo sin subir a respirar. Tengo la impresión de haber avanzado mucho buceando, y en mi cabeza muertesita de miedo pienso que he tenido una gran idea: si cruzo media piscina por debajo del agua, la otra mitad a mariposa la hace cualquiera. Así que, emerjo cual Ariel, la sirenita.
– ¡Sigue, Noe, empieza a nadar…! – Mi monitor, sabio y al tanto de mis posibilidades y mis expectativas, me sigue por el borde de la piscina.
– ¿¡Peroooo…!? – Miro a mi alrededor y veo ese mucho que creía haber buceando, caca de la vaca. Hombre, no dijo que justo en el podio de salto, pero meñeñe… – ¿Cómo es que aun estoy aquí…?
Miro hacia delante y veo a mi amiga dando de h*stiones al agua (aquello nadar, no era) y venga plas, plas, plas, plas. A cada plas, golpazo en los brazos nivel Dios. Rojos no, carne viva.
– ¡Venga, Noe, nada! – Mi monitor, inasequible al desaliento, hacía de coach, para que no tirase la toalla antes de empezar.
Y como no me quedaba otra, me puse a emular a mi amiga, la que iba delante con los brazos de color Ferrari, seguro que comiéndose los mocos, fruto del ataque de llorera por haberse visto metida en todo este martirio. Nada más levanto los dos brazos a la vez, para ver si avanzo aunque fuese un centímetro, se me hunde el culo; y si levanto el culo, se me hunden los brazos. Así no debe ser el asunto, pero no sé cómo hacerlo mejor, así que repito una y otra vez: ¿un gusano de seda bailando Twerking? Esa era yo.
– ¡Ay, ñi nadriña, qui mi ñuero…!* – ¡Ay, mi madriña, que me muero…! Cuando llevaba dos minutos de caótica e hilarante coreografía marítima (hay mejillones con más coordinación), levanto la cabeza, en defensa propia: instinto de supervivencia – ¡Ayayayayayayayyyyy…!
Intento cogerme al bordillo, al mismo tiempo que hago un puchero enooooorme en infantil, que hace que de mi boca salga un chorrito de ballena. Tengo un ataque de vergüenza tan descomunal, unas ganas tan XXL de que me fagociten las baldosas de la piscina, unas ganas tan King Size de llamar a gritos a mi mamá, para que me arrope con un saco de ratán y que no me vea la cara ni Cutús cuando salga, que lo único que puedo hacer es llorar, y dejarme medio sumergida, con los ojos fuera, cual rana en charca ajena.
Cuando creo que la vida es una shit, y que nada puede mejorar la cosa salvo:
a) Que nos caiga otro meteorito encima, y todo sea borrón y cuenta nueva. Rollito dinosaurios y catapum.
b) Que los alienígenas de Cocoon tomen la piscina del cole, borrando la memoria reciente de los chicos de diecimuchos que había disfrutado de mi actuación estelar.
c) Las dos opciones anteriores son válidas: su tabaco, gracias.
Pero la vida siempre te da segundas oportunidades, como los palitos de los helados MIKO con premio. De repente, en medio de mi desazón y lloroloco, noto algo metálico bajo la axila. Miro hacia arriba, y veo a mi monitor (Dios lo haya premiado con una mujer guapa y resultona tipo Bay Watch, envidia de todos sus compañeros de promoción) con un palo largo de acero inoxidable con un gancho en el extremo, sacándome de la piscina, como si fuese un pulpo a la gallega.
– ¡Ayayayaya…! – Lloro y lloro – Casi me ahogo, profe, casi me ahogo, vi la luuuuz…
Y lloro y lloro otra vez, pero por pudor, por vergüenza, por arrepentimiento por ser como soy, por mi impulsividad, por mi trastorno llamado adolescencia, por cualquier cosa que me hiciese sentir mejor y canalizar mis ganitas de salir de allí pitando, lejos de la mirada de todos los muchachos-escualos, tan buenos nadadores como buenos tipos, porque no se reían de mí, sino todo lo contrario, corrían prestos a darme la extremaunción, porque estaba más muertecita que viva.
– ¿Pero cómo se te ocurre apuntarte a este campeonato, Nooooooeeeee…? – Uno de los muchachos de diecimuchos, amigo de mi hermano, tiene los ojos abiertos como sartenes de Teflón – Con lo bien que bailas: pasa de esto…
Y como Confucio, como una frase eminente de Mario Benedetti, como mantra 2 y 2 son 4, 4 y 2 son 6, como advertencia de abuela ‘si te falto yo y la gana de comer…’, me acogí a tan sabia apreciación como NoeLeimotiv. Nunca más. Jamás de los jamases desde aquella ocasión (y ya ha llovido la marimorena…) he vuelto a experimentar la sensación de supuesta ingravidez acuática. Desconozco si lo de nadar es como lo de la bici, porque ni ganitas tengo de asegurarme, oigan.
– Mamita, caramba, ¿me quieres hacer caso…? – Salgo de mi flash back a golpe de chiringazo de pistola de agua. Otra vez, vuelta la burra la molino – ¿Visto lo bien que nado a mariposa? Y eso que tú no sabes lo difícil que es…
– Créeme, amor, que lo sé. Vaya si lo sé…   

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Buenos días


El secreto de la educación reside en respetar al pupilo. (Ralph Waldo Emerson)

ES NOTICIA… Segunda estrella para Francia

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Ganó Francia, probablemente el fútbol que se avecina. Y si el futuro ya está aquí, trae a Mbappé a toda pastilla, como sucedió hace sesenta años con Pelé. Él le dio valor a centrocampistas de altos hornos como Kanté y Pogba. Y a centrales que valen como laterales (Pavard y Lucas) para borrar fronteras y complejos. Y a centrales de mucha fibra y buen pie como Varane y Umtiti. Y a un fabuloso Griezmann, reorientado a jugador total. Habrá que acostumbrarse, que no es lo mismo que enamorarse. Una selección de más de 1.000 millones de euros metida en cintura por Deschamps, capaz de quitarle los defectos colectivos a costa de ensombrecer las virtudes individuales. Pero una selección campeona, al fin y al cabo, que quedará para la historia. Un equipo en mate que sucede al brillo de España y Alemania y un jugador, Mbappé, que aspira a la posteridad.

as.com

RÓTULOS CARDONA

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