Valencia

KANT Y LOS NIÑOS

Mayte Salmerón

KANT Y LOS NIÑOS
Si Kant hubiera tenido hijos, otra crítica de la razón hubiese demostrado. No se casó, ni parece que sintiera inquietud, necesidad o carencia alguna en relación con el eterno femenino. Dos veces estuvo a punto de contraer enlace matrimonial, pero ambas ocasiones se malograron sin que sepamos muy bien si fue debido a que lo pensó demasiado o demasiado poco. Sin embargo, se sabe que fue un excelente educador entregado a su función docente. Amaba contactar a diario con gente joven a la que entusiasmaban su vigor y generosidad intelectuales.
Cuando pasamos irreversibles procesos desilusionados en la vida en el que trepamos por las aristas escarpadas y angulosas de una montaña hostil, muy expuesta al azote de los vientos, urge anclarse a algo. La escritura ayuda. Es una forma de morir y volver a renacer, me dijo Martín. Pero prefiero rodearme de niños. Solo ellos emocionan mi alma. Solo ellos provocan mi apariencia de la felicidad, lo que salta a la vista, lo evidente, lo sensible. Sus miradas limpias, sus sorpresas ante lo desconocido, sus abrazos. Todo en ellos es ilusión.
Y veo a mi sobrino Pau descalzo siempre, salvaje, libre, luchando por intentar ser el malo y el fuerte. Todo lo escala, todo le sorprende. Y veo a Silvia, adornando su mundo de bellas princesas en rosa. Todo lo observa y lo transmuta como si se expresara en lírica. Adoro a Marcos, bello y fuerte como Apolo. Su risa es pletórica y sincera. Expande su energía igual ante una canción, un aspirador o un gato. Tomás se destornilla cuando descubre mi absoluta negación jugando al futbolín mientras Carme me maquilla las uñas una y otra vez. La abrazo, le gusta. Anita, bellísima utiliza más la inteligencia que la fuerza bruta. Se enrabieta ante lo desconocido. Luego, reflexiona y se enorgullece del éxito conseguido. Inés, sincera y poeta, adora que adorne su mundo con cuentos y mil historias.
Yo soy creyente a pies juntillas de los niños que adornan mis montañas hostiles con sonrisas y carcajadas. Me parece indigno creer razonablemente en otra cosa. A pesar de tanta mierda, siempre hay razones para conseguir esos instantes de felicidad. Por eso estoy aquí, mirándolos y echándolos de menos.

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