A ti te cuido yo

Mamás y suegras./iV.com

– Tan bueno era el primero, que nos animamos a ir a por otro… – Pausa melodramática – Y cuando el segundo llegó para hacer aun más bueno al primero, ya era tarde

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, ‘A ti te cuido yo’, de Tizziano Ferro

A veces, ver la vida pasar, sin que tú tengas arte ni parte, tiene un plus extraordinario de tranquilidad y voyeurismo, a partes iguales. A veces, de esas pocas veces, a decir verdad, que no habito un universo infantil y puedo sentarme a tomar un té y a gozar de la conversación vecina, me maravillo de cuanta sinceridad políticamente incorrecta emana de una mamá extenuada. Y como si girarme me convirtiese en estatua de sal (creo que alguien ya probó antes), me quedo como estoy, dando vueltas a la cuchara en la taza, para que mi infusión deje de estar a temperatura de soplete, haciendo de mi lengua, magma.

Enfrío y enfrío y enfrío el té, mientras pongo caras e idealizo vidas a aquellas dos mujeres que conversan ajenas a mí, cada una con sus cosas, y las dos con sus cositas (niños, se llaman).

– ¡Nos ha j*dío, la fiesta con las bombas! Es que si el primero te sale retorcido, para el segundo cierras las piernas, y que se quede ahí hasta que tenga edad para ir de Erasmus…

Las dos mamás se ríen, pero se ríen sin mucha proyección, porque cuando están metidas en harina, uno de los niños que tienen sentados a la mesa tira un vaso. Oigo el clonch, el ssssh, el me voy a c*gar en todo lo que se menea, Mateo, c*ño, no puedes estarte quietecito un rato, hijoooooo. Veo como el camarero sale como una exhalación, bayeta en mano y una nube de papel de cocina rojo, que recuerda a la peluca de un payaso. Ninó, ninó, ninó, ninóóóoo. Emergencia nivel MASTER.

– Como vuelvas a tirar algo, al llegar a casa se lo digo a papá… – El niño llora, pero tampoco con mucha entrega, que no hay que herniarse a lo tonto – ¿Me estás oyendo? Se lo digo a papá…

– ¡Qué suerte tienes! Al mío lo amenazo con decírselo a su padre, y lo mismo se marca un tiro al plato: pim, pam, pum… – Se ríe – Paco le consiente todo, no vaya a ser que nos crezca con un trauma.

– ¿¡El padre…!? – Oigo un chasquido de dedos – A Mateo lo que le importa es que su papá le precinte la Wii y no le deje jugar a Mario Bross, no que se enfade con él…

Yo, más presente que ausente, noto como algo me roza el zapato. Bajo la mirada, y veo un niño pelirrojo, con pecas y cara de cabroncete, que me agarra del tobillo. No me da tiempo ni a asustarme siquiera, porque ipso facto oigo como alguien arrastra una silla y camina hacia mí. A renglón seguido, y antes de que el niño tenga tiempo a hincarme el diente (era su intención: soy madre de dos niños, leo la mente), veo como se despide de mí, arrastrando su barriga contra el suelo. Me agacho, y veo a su madre, tirándole de las piernas, como fuerza motriz.

– Ya te dije cientos y cientos de veces que no se muerde a desconocidos… – ¿Qué os dije? Iba a hacer churrasco de mis articulaciones.

– ¡Yo no fui, fue Mateooooo…! – Argumenta el aprendiz de tiburón, en legítima defensa.

– ¡Lois, fuiste tú, que te estoy sacando de en medio de las piernas de esa chica…! – La madre intenta que el niño se avenga a razones, porque intuyo que sabe que si lo saca de quicio, tiene un minuto para abandonar la cafetería, antes de que los desaloje la Benemérita por contaminación acústica.

– ¡Mamá, siempre me echáis a mí la culpa de todo! Yo paso, eh, yo me piro… – El tal Mateo, al que acabo de poner cara, es también pelirrojo, y comparte con su hermano la expresión de cabroncete, pero más rollo teenager atormentado, a pesar de que no creo que tenga nueve años, siquiera, ni motivos para estarlo.

– ¡Mateo, siéntate ahora mismo aquí y termínate el zumo! 3.5 euros de me cuesta tu antojito, así que no quiero ver en el vaso ni el poso, ¿me oyes? – La madre del MateoDean y LoisMandíbulasBatientes está a un plis de hacer chispum. Su tono ya no induce al sarcasmo, ni a la chufla siquiera. Noto, por su voz quebrada y su tensión facial, que el premio gordo está a puntito de salir.

– A mí ese zumo no me gusta: me gusta el que me hace la abuela Floraaaaa…

Ahí va. El premio íntegro ha caído en la administración nº152 de Albacete. Ha sido un número muy repartido, pero la Asociación de madres ‘De mi suegra, hasta mi c*ño moreno’, se ha llevado la mayor parte.

– Mateo, si tan bueno está el zumo de la abuela Flora, haberte quedado con ella, hijo, que yo con tirar de tu hermano y luchar para que no desmonte la cafetería, tenía bastante… – La madre suspira, por no llorar

– ¿Es que no voy a poder tomar un té tranquila hasta que os hagáis de Podemos y acampéis en el Sol?

– ¿Tu suegra sigue siendo tan toca pelotas…? – La amiga lo dice en bajito, poniéndole la mano en los oídos a su bebé, que hace garabatos con un delineador de ojos en una servilleta (apurada te veas: no sabéis cuánto la entiendo).

– No, que va: ahora además de toca pelotas es okupa: ¡no nos sale de casa…! – Y como cualquier niño del mundo que sabe está oyendo algo que no es bien que lo oiga, su Mateo y su Lois no pierden detalle, vete tú a saber si para después listen and repeat con abuela Floral, la suegrísima en cuestión.

– ¡No me j*das! – Silencio dramáticamente adulto, profanado por otro vaso que vuelve a caerse – Pero vamos a ver, chico, ¿tú tienes aceite en las manos? – Bufido y prosigue – ¿Probaste con el flis de las moscas…?

– El matasuegras suena más contundente, pero mucho me parece…

Por primera vez se ríen las dos a lo loco, ajenas al desastre de vasos en caída libre, de niños cocodrilo, de niños protestones yo no tengo la culpa del chachachá, de sombras de suegras cari, mi madre que no duerma en el sofá, que está mala de la fístula. Entiendo por el júbilo inesperado, que ambas comparten fobia a todo lo que agreda su hogar enloquecido, morada maravillosa de niños tiranos y mandones.

Porque una cosa es que en la intimidad dejes que la vida vaya por donde le salga del ombligo, y otra, tener testigos de cargo. Una suegra con una fístula viviendo en la habitación de invitados es pasaporte inmediato a la baja Renania, o quizá al casting de la Isla de los Famosos, a que se te coma el mosquito tigre y la mosca del vino, con la que, por cierto, compartimos ciento y la madre de cromosomas beodos, que nos acerca mucho a la inteligencia etílica, qué cosa hermosa.

– Mamááá, ¿cuando lleguemos a casa podemos ir a la piscina de Arturoooo…? – El tal Mateo, con su cosa de adolescente traumatizado por la concentración de oxígeno en aire (cualquier cosa vale, es la edad), inquiere con dotes de mando.

– ¡Lo que me hacía falta, Mateo! Ir a piscina de tu amigo Arturo a menear mis carnes locas y mi color margarina de untar – Oigo como cierran cremalleras, atan bolsas, ponen abrigos – Invítalo tú a casa y os bañáis en la nuestra.

– ¡H*stia, Marta! ¿Tenéis piscina…? – Pregunta sorprendida, la madre del bebé tira vasos.

– Tenemos una hinchable del Carrefour, que cuando están que no hay quien los aguante, los pongo a remojo y salen arrugados como pasitas de Corintio… – Y la madre extenuada, hace el gesto de periquete, eso de ‘los niños pasados por agua me quedan muy en su punto’.

– Pues mete a tu suegra en la charca, a ver si se la pasa la fístula… – Añade la mamá del bebé, con ironía supermil.

– ¡Uy! ¿Las focas son especie protegida? Lo que me hacía falta es una manifa de Green Peace en el jardín…

Oigo un desgüeve maravilloso, porque el tema suegra a lo foca monje, tiene su aquel. Pero claro, hay ropa tendida…

– Mami, ¿qué tiene que ver la abuela Flora con las focas? – El casi adolescente de flequillo cortina, pregunta, quizá con acritud, que no digo yo que no.

– Nada, cariño, salvo el bigote…

Y otra vez dale que te pego al jajajá. Mola mucho y millón ver como el cansancio se disipa con la camaradería y la mala milk fuerita del cuerpo. Aquellas dos amigas, que quizá se conocieron cuando pedir un Gin Tonic no requería tener un máster en botánica sobre la huerta valenciana, ahora eran otras, sin tiempo para reconocerse siquiera. Aquel piscolabis atropellado, con dos vasos de zumito natural a 3.5 euros tirados a su suerte, mesa adelante, y un niño que elige tobillos de desconocidos para afilar los colmillos, era lo más parecido a tener ocio. Así que, cuando las veo salir a ambas, tan sandungueras y orgullosas de lo que han parido, sin ápice de la tensión brutal que acabo de presenciar, no quepo en mí de regocijo al pensar en la capacidad de recuperación de las mujeres cuando nos convertimos en mamás: ¿como lagartija cuando le pisan el rabito? Pues ahí estamos.

Las veo abandonar la cafetería, despidiéndose con un beso atropellado, mientras uno de los niños quiere colo + abrir un sobre de cromos con un paraguas + dar una patada a una lata de Aquarius Sugar Free + tocar la Marsellesa con una trompeta del bazar Chino (el cadalso, poco castigo me parece para los que venden estas armas de destrucción masiva…). Me quedo con las ganas de saber de la fístula y el bigote de foca monje, pero si vuelvo a coincidir, prometo desenlace. ¡Disfrutar y dotar de historia a la mamá-existencia ajena, qué locura hipnótica, tan de a ti te cuido yo, y nadie más que yo! ☺

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