La paradoja

Cine. El abanico de Lady Windermere.

Cuando dice Wilde que «no hacer nada es la cosa más difícil del mundo», está expresando su admiración por el ocio creador: el de los pensadores y los poetas

Pedro H. Pineda / EL ARTE DE ESCRIBIR

Cuando Oscar Wilde dice que «la Naturaleza imita al Arte», aparentemente ha dicho un absurdo. Si reflexiono, intuiré el sentido de la frase. No quiere decir Oscar Wilde que, realmente, el paisaje natural imite a los paisajes pintados por un pintor, sino que el Arte es superior a lo puramente natural, que el hombre -el gran pintor en este caso- al reflejar aquel paisaje sobre el lienzo, le da un aspecto nuevo, lo recrea, acentuando las notas bellas y prescindiendo de lo feo o simplemente anodino. La figura de un héroe literario (Ulises, Don Quijote) es superior a la del héroe real. Y cuando yo, hombre, pienso en una figura que resuma la caballerosidad y el idealismo puros, no puedo por menos de pensar en Don Quijote; no en un ser de carne y hueso. Y ello porque en el personaje de Cervantes está el modelo supremo. Por aquí anda el sentido de la citada paradoja de Wilde. Lo que quiere decir que, a la larga, el Arte impone al hombre su modo de ver la vida, y que los grandes artistas encauzan nuestra facultad estimativa, nos hacen ver a la Naturaleza con sus ojos.

La paradoja, por consiguiente, no es más que un absurdo aparente, formado por ideas que parecen contradictorias, pero que, en realidad, no lo son. La paradoja, bajo la apariencia de un desatino, suele esconder una verdad nueva o un modo nuevo de ver esa verdad.

Expresiones -ya tópicas- como «docta ignorancia» o «alegría amarga» son paradójicas. La docta ignorancia es la conciencia de los límites del conocimiento. Como decía Sócrates: «Sólo sé que no sé nada».

Con el adjetivo «amarga» prestamos un nuevo matiz a la «alegría» y expresamos así un estado anímico perfectamente posible: el de la alegría teñida de amargura. ‘

Estudiemos ahora unas frases paradójicas de escritores famosos. Todas ellas encierran una enseñanza, sutilmente escondida en lo que, a veces, pudiera parecer un simple juego de palabras.

Del poeta ha dicho Jean Cocteau :

Es escribir sin ser escritor.

Lo cual no significa que los poetas no sepan escribir, sino que la poesía está más allá (o más acá) del puro y simple oficio de escribir.

En “El crítico artista” escribe Oscar Wilde:

Todo lo que es moderno en nuestras vidas se lo debemos a los griegos.

La frase es, al par irónica y paradójica. Oscar Wilde nos da aquí un nuevo concepto de lo moderno, desligado del tiempo. Su afirmación nos permitiría escribir, por ejemplo: «El hombre del siglo XX, con sus totalitarismos, es más antiguo que el griego clásico, con su amplio sentido de la libertad de expresión. Sócrates es más moderno que Hitler.»

Cuando el propio Oscar Wilde afirma que «es más difícil destruir que crear», nosotros entendemos que es más difícil deshacerse de un hábito arraigado que crear una costumbre nueva: quitarse de fumar cuesta más trabajo que acostumbrar el paladar al «whisky» o al «vodka».

La vida es una cosa demasiado importante para hablar de ella en serio. ( El abanico de Lady Windermere», O. Wilde.)

Esta afirmación paradójica puede explicarse con otra paradoja inversa: la de que sólo hablamos en serio de las cosas fútiles y cuando en «El crítico artista» dice Wilde que «no hacer nada es la cosa más difícil del mundo», está expresando su admiración por el ocio creador: el de los pensadores y los poetas.

Desear la acción es desear una limitación, dice Gilbert K. Chesterton en paradoja que parece completar la anterior de Wilde y que el propio Chesterton explica así: «En este sentido, todo acto es un sacrificio. Al escoger una cosa rechazáis necesariamente otra.»

He aquí otro párrafo paradójico de Chesterton:

La caricatura es una cosa seria que consigue hacer que un cerdo se parezca más a un cerdo que como Dios mismo lo hizo.

De donde resulta que la caricatura, comúnmente considerada como de formación de las cosas, es el verdadero retrato, el más parecido a la realidad.

A la vista de los ejemplos citados y porque la paradoja exige un esfuerzo de comprensión por parte del lector, sólo se nos ocurre recomendar al escritor novel que no sea paradójico por sistema. La paradoja sólo debe utilizarse en pequeñas dosis, como las especias en el arte culinario.

El estilo cargado de paradojas -como el guiso excesivamente condimentado- resulta indigesto.

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