¡Vamo’ a la calle, mamita rica!

Típico material de playa

¿Y si el chocolate sin azúcar engorda y al final con el bañador voy a parecer una elefanta con tutú?

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, «Vamo’ a la calle», de Carlos Baute


Una de las perlas que te regala la edad es poder decir lo que piensas y a renglón seguido, negar lo dicho, porque lo mismo supones que ser tajante en algo, te mortifica en el bando de las sosas y la aburridas. Por eso, cuando confieso a viva voz que no me gusta ir a la playa, mis hijos se quedan boquiabiertos, con esa expresión incrédula y estupefacta que sólo tienen los niños cuando alguien los desconcierta.

– ¡Mencantalaplaya…! – Exclama Lorenzo, como si con su júbilo y su emoción, pudiese lavarme el cerebro y redecorarme el hipotálamo.

– ¿Pero por qué no te gusta la playa, mamita…? – Nicolás no encuentra razón a esta locura de madre que soy; no obstante, pobrecito mío, se apiada de mí, mirándome como si fuese un unicornio.

– No dije que no guste la playa: dije que no me gusta ir a la playa, que no es lo mismo… – Suspiro en la seguridad de que no me entiende, sin embargo…

– ¡Aaah, ya! Lo que no te gusta es ir lejos, con el coche lleno de palas, cubos, pelota, toalla, flotador, sombrilla, merienda… – Hace un inciso, para hacer recuento – Y los polvos de talco para quitarnos las arenas, eso también.

– Eso también… – Sonrío, mientras veo a Lorenzo practicando el estilo libre de natación, en porretas sobre el tapiz de goma Eva que tenemos por alfombra de salón. Se sabe observado, así que, se gira, sin dejar de moverse a lo natación cero-sincronizada.

– ¡Ven, mami, mía* como nada Lorenzo! Soy un tigurón* white…

Tigurón white is too much para my little heart. Desconozco cuán larga será la etapa de este spanglish que nos gastamos en mi hogar, pero, verbigracia de los nuevos modelos de educación y YoutubeKids, mi hogar es una calle del Bronx: pedimos bananas por plátanos, solicitamos play with me y alentamos con un very good, well done. Si Don Pío Baroja levanta la cabeza, lo mismo tiene que pedir un paracetamol y un billete para Teruel, no digo más. En fin, a lo que vamos, el caso es que mi tigurón white sigue dándole a las aletas como si no hubiese un mañana, mientras su hermano mayor (que por ley genética será otro tigurón white, pero más grande, digo yo), se interesa por mi reticencia a disfrutar de la playa.

– Pero yo un día vi fotos en las que papi y tú estabais en una playa, bebiendo de un coco con dos pajitas…

– Asiente con la cabeza, en señal de eso lo vieron estos ojitos, no me digas que no.

– ¡Ay, mamá…! – Se me giran los óculos en las cuencas. ¿Lo de la magdalena de Proust? Tal cual, así, sin querer, a lo loco y despendolada, me vi en medio de una isla tropical, con un jet lag que ríete tú de un cuarentón saliendo de un After, oyendo a unos mariachis preguntarse qué pasaría si Adelita se la pegase con otro.

– ¿Era un isla desierta, mamitaaaa…? – Entusiasmo en modo on. Conectamos reactores, comienza la cuenta atrás: 3, 2, 1. Ignitition!

– Era… – Asiento, aun mullida en el colchón de los recuerdos molones – pero no desierta, que había gente…

– ¡Una isla! ¿Era la isla de Vaiana…? ¿Estuviste en la isla de Vaiana? – Nicolás da saltos por el salón, pero unos saltos histéricos, que cualquiera que haya visto los documentales de la 2, establecería analogías con un canguro con cistitis – ¡Lorenzo, mami vio a Vaiana!

– ¿Mamiesvaianaaaa…?

Y como poseídos por el espíritu Raga Tanga, ambos se levantan y empiezan a bailar. No sé deciros muy bien si es tribal, funky o muñeira, pero los dos hacen la misma coreografía: brazos arriba, brazos a un lado, olita a la derecha, olita a izquierda, manos colgando, media vuelta, culito bamboleante y ya. Vuelta a empezar. Brazos arriba, brazos a un lado, olita a la derecha, olita a izquierda, manos colgando, media vuelta, culito bamboleante y ya.

– ¡Ondiá! ¿Esto qué es, un casting de Factor X? – El paciente padre hace acto de presencia, justo cuando los niños estaban en la parte más complicada: no dejarse la piñata en el giro.

– No, están celebrando que mamá y papá, hace mil vidas y un eón, fueron de vacaciones a una isla tropical… – Me río, y arqueo las cejas, porque sé que en ese mismo instante, mi maridito también está de viaje astral, yendo y viniendo al paraíso en el que se bebe en coco con dos pajitas, y la cuestión de Adela y su vida díscola es cuestión de Estado.

– Noe, eso no pasó. Eso, lo de isla y las vacaciones para dos, con cenas para dos, paseos para dos, baños para dos, palmerotas para dos, di la verdad: no éramos nosotros… – Sonríe con nostalgia, y me mira, pero el contacto visual dura segundo y medio, porque oímos un catapum, y, acto seguido, un lloro que me río yo de una alarma anti aérea.

– ¡Lorenzooooo…!

Los dos salimos despiporrados a ver el alcance del h*stión. A priori, si no vemos sangre, nos imbuye cierta calma, pero después, en nuestra cabeza de padres abnegados y delirantes (bueno, la delirante soy solo yo, pero cargo tanto las tintas y me pongo tan impracticable, que vuelvo loco a San Drogón, patrón de los feos), nos da por pensar: ¿y si se dio un golpazo en vete tú a saber dónde de la cabeza? ¿Y si el golpazo es interno? ¿Y si lastimó el tímpano, el oído interno, las trompa de Eustaquio y el estrecho de Gibraltar? ¿Y si el chocolate sin azúcar engorda y al final con el bañador voy a parecer una elefanta con tutú?

– ¡Ayayayaya, pobresito de mí, pobresito de Lorenzo…! – El bebé se queja y se autoconsuela, porque nos ha salido muy autónomo y autosuficiente (salvo para limpiar el culete, lavarse los dientes, recoger los juguetes, dormir solo, llevar la ropa sucia al cubo… pero para lo demás, como veis, es muy resuelto para todo. Ñacañacañaca…).

– ¡Yo no hice nada, eh! ¡A mí no me miréis…! – El mayor se hace un mutis por el foro, porque sabe que cuando hay reparto de responsabilidades (llámale culpa, que también vale), alguna siempre le toca – Se cayó solito.

– Solito no: se llevó por delante a medio escuadrón romano… – Señalo el suelo, con un montón de bajas en el bastión de Playmobil – Ahí no quedó vivo ni Cutús – Añado, haciendo sana, sana, culito de rana, pasó, sí, vale.

– No se llama Cutús, mamá. El jefe del tinglado romano se llama César, como mi tío y mi vecino… – Pausa dramática – ¿Quién es Cutús?

– Cutús no es nadie, Nicolás. Es una forma de hablar: es como decir que fue un tipo cualquiera, menos tú.

A veces, y esta es una de esas veces, vivo en la certidumbre de mi hijo mayor piensa que estoy para que me pongan una camisa con lacitos y un embudo en la cabeza, mientras canto la Tarara de camino al ‘Hogar del zumbado y el zumbadito’.

– Papiiii, ¿quién es Cutús? – Buscando cordura y sapiencia, con el padre ha topado.

– Volviendo la idea de mamá: Cutús es lo mismo que decir nadie. También se puede decir ‘ni Blas, ni diola, ni Cristo…

– ¡Papiiiii…! – Zanjo por lo sano, porque este simposio de la RAE se nos está yendo de padre…

– Empezaste tú poniéndote erudita… – Se ríe, y vuelve a poner carita de ¿saben aquel que diú…? – Oye, en serio: los de Playa del Carmen, agosto del 2010, ¿éramos nosotros?

– ¡Ca! Fue Cutús… – Sonrío y suspiro, mientras miro a mis niños, a mi vida de mamá encantada y enamorada de serlo, en una casa en la que ya nada es sólo para dos, porque aquí la felicidad nos la comemos a cucharadas, pero a cuatro cucharadas, en todo caso – Éramos otros, sin duda.

– ¡Vamo’ a la calle, mamita rica! – Y el maridito me coge por la cintura y nos marcamos un paso de merengazo que se funden las aceras, los plomos y el universo todo, el infinito y todas las estrellas.

– Seguimos teniendo mucho flow, papitoooo… – Me río a carcajadas mientras giro y giro y giro.

Pero la intimidad se vuelve multitud…

– Papiiii, ¿podemos llevar el truel a la playa? Es que Lorenzo nunca vio una sirena con melena, y yo voy a pescar una…

Touché! Mátame camión. Dame veneno que quiero morir, dame veneno. Amor en vena, oh yeah. Y tal cual, aquellos jóvenes viajeros, que bebían piña colada en un coco con dos pajitas éramos otros, a los que, con seguridad y al albor de lo parido, les hacían falta estos niños pescadores de sirenas con colita y pendientes para saber de lo bueno, lo mejor. Ahora los veranos son muy otros, y lo de ir la playa tiene más que ver con la profesión de Sherpa que con la de ocioso-liga-bronce. Ya no hay terraceo a deshora, ni maratón de series después de cenar, mientras te trincas un helado de mil sabores. Ahora somos otros: no me gusta ir a la playa, ¡pero adoro a mis otritos! Por cierto: las sirenas no se pueden poner tacones, un drama… ☺

Be the first to comment on "¡Vamo’ a la calle, mamita rica!"

Leave a comment

Your email address will not be published.