Opinión

El anarquismo ha muerto, ¡larga vida a la anarquía!

Antonio Gil-Terrón 

Siempre se ha vinculado el anarquismo con el ateísmo como un todo inseparable, cuando lo bien cierto es que poner atributos al anarquismo, articularlo y darle uniformidad, no deja de ser un despropósito en sí mismo.

Será la evolución espiritual del ser, lo que termine por provocar una rebelión interna, en la persona, contra las sempiternas jerarquías y sus interesados reglamentos, que esclavizan y adocenan el sagrado individualismo del hombre, y de esta lacra no se librarán ni las propias organizaciones y movimientos anarquistas que paradójicamente intentarán imponer sus ideas libertarias a todos aquellos que en su legitima libertad de pensamiento, opinen diferente.

Quien lo entendió así fue el poeta estadounidense Hakim Bey cuando escribió: «El anarquismo ha muerto, ¡larga vida a la anarquía! Ya no necesitaremos más el bagaje del masoquismo revolucionario o de la autoinmolación idealista; o de la frigidez del individualismo con su desdén por la convivencia, por el vivir juntos; o las vulgares supersticiones del ateísmo, del cientifismo y el progresismo del siglo XIX.

¡Tantos pesos muertos! Las mohosas maletas proletarias, los pesados baúles burgueses, los aburridos portamantas filosóficos ¡por la borda con ellos!».

Al final, será por el camino de la revolución espiritual de cada persona, tras liberarse de los lastres materiales, cuando finalmente encontremos el camino de la auténtica anarquía utópica en el mensaje evangélico que – basado en el libre albedrío – nos hace a todos hermanos, libres de reglamentos, maestros y gurús, basado todo en la propia aceptación individual, y libre de la torticera dictadura de organizaciones políticas o religiosas y sus sempiternas castas jerarquías.

«Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno solo es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Mateo, 23: 8-12.

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