Algo está cambiando

Beach toys

– ¡Venga, que queda un esfuerzo final, y ya estamos de vacaciones…!

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, «Algo está cambiando!, de Julieta Venegas


Hay cosas que no cambian; por mucho que los tiempos anden, por mucho que los tiempos prosperen y se modernicen, para hacer de los piercings, los tatoos, el pelocresta y el minishort un denominador común a la modernidad y la alegría de vivir 3.0, junio es y siempre será el mes mágico en el que todo lo bueno comienza, al menos, para ellos, para los niños. Yo, que ya peino ilusiones de más de 40 (me suavizo dos años, por aquello de redondear a la baja, que tampoco hace falta ir de franca por la vida), aun recuerdo las hormiguitas en el estómago cuando mi madre decía aquello de…

– ¡Venga, que queda un esfuerzo final, y ya estamos de vacaciones…!

Por aquel entonces, cuando mamá empleaba el término vacaciones, era simple y colosalmente no ir al cole, con todo lo que ello conllevaba: acostarse tarde, levantarse tarde, desayunar tarde, comer tarde, merendar tarde y dar de cenar mil veces hasta que nosotros nos quedábamos dormidos (mamá agua, mamá leche, mamá galletas, mamá yogurt… así hasta que algún vecino chillaba ‘señora, a ver ese servicio de habitaciones, que los demás queremos dormir, c*joneeees’…). Vacaciones era, por decreto familiar y social, no hacer nada que tuviese que ver con normas invernales, horarios pantagruélicos, comidas que conllevasen legumbres y, mucho menos, deberes. Por aquel entonces, cuando los padres aun podían ver a sus hijos aburridos sin sentirse culpables, todo parecía fluir de una manera más natural. Nosotros, los niños de entonces, no queríamos menos a nuestros padres, no pensábamos que eran unos seres extraños y egoístas porque no nos llevaban a la luna, en ticket ida y vuelta, parando en Saturno a probarnos un anillo. Éramos niños, no el génesis del mundo conocido. Algo está cambiando, y mandan los capitanes del crucero.

– ¡Mamiiii, me aburro…!

Con las piernas al sol, en el balcón de casa, hacíamos tiempo para ir a la playa, mientras mamá limpiaba los hornillos de la cocina. Porque esa es otra, los niños de este siglo aventurero y molón, no sabrán nunca lo que es un ataque de queacabeyá, queacabeyá, queacabeyá, porque (a Dios gracias), la vitro cerámica ha hecho muuuuucho por la cohesión y la unidad familiar. Los tiempos de ocio vacacional siempre iban en función de lo muy o lo poco que hubiese que frotar y frotar los hornillos. De nada valía que por la semana una señora nos ayudase en las cosas de casa, para que mamá no tuviese que dejarse la vida en las tareas domésticas al llegar de trabajar fuera más de ocho horas, porque la leche del desayuno siempre se iba por fuera en fin de semana, en vacaciones y/o en los festivos escolares (que para los padres siempre son inesperados, por mucho que lo ponga la agenda, con letra tamaño melón de Villaconejos: cuando llega el día, siempre es un ¡no me j*das, Paco, y mañana que hacemos con los niños!). Así que, como lo de trabajar dentro y fuera, las mamás lo llevamos en la espiral de ADN, antes de nada: Nanax, guantes, Ajax pino y dale que te pego, hasta que los hornillos quedaban como los aros olímpicos.

– Mamá, ¿tenemos extintor de incendios…? – Mi hermano, que siempre ha sido un avanzado en riesgos vitales, inquiere con los ojos como platos.

– ¿Cómo dices…? – Mi madre friega los hornillos a tal velocidad, que parece está jugando un partido de Curling.

– Que si tenemos extintor, porque como sigas frotando, va a salir fuego… – Y señala con el dedo una viñeta de un libro de los Pato Exploradores, en el que haciendo contacto con dos palos, montan un sindiós crematorio, prendiendo fuego a troche moche, ¡a tomar por saco una ladera, un maizal y el jardín cursi de Minnie Mouse (plantas con lacito, no digo más…).

– ¡La que va a echar a arder soy yo si no me dejáis terminar! Ayuda a tu hermana ponerse el bañador, que en media hora nos vamos…

El concepto media hora es maravilla. Pienso en la idea de decirle algo semejante a mis niños, que cuando me llaman por la noche porque tienen sed y entro en la habitación, a lo Ninja con velocidad Sputnik, mascullan en sueños cómotardastetaaantoooo, y me entra la risa llorona. Sabiendo lo cual, y porque tengo siempre tan presente la buena infancia que me han regalado mis padres, pienso, que se esperen un momento, que tener paciencia es un don para la madurez. Pero al segundo me pongo en las consecuencias, y las intenciones se me quedan grandes: voy, pero voy por el aire. No hay gallego que no sepa cantar, como tampoco lo hay que no se arranque con lo de ‘como cousa de encantamento, fun polo aire, e vin polo vento…¡. No traduzco, parafraseo, que es lo mismo pero con interpretación libre, tan yo, en todo caso: ¡c*gando leches, así voy!, no vaya a ser que se despierte también el bebé. Aiiiiiiiiiiiiiiiins.

– ¿Te falta muuuchoooooo…? – Con el bañador puesto, katiuskas con calcetines, una diadema con antenas de purpurina y un flotador de patito, asomo por la puerta de la cocina.

– ¿¡Pero vamos a ver, Noeee…!? – Mi madre, guantes y Nanax en ristre, se gira y admira mi combinación deliciosa – Vamos a la playa, no creo que te hagan falta las katiuskas.

– Yo, paso… – Mi hermano se acoge a su sensatez natural, y desaparece, porque sabe que en el reparto de estás como un colador de embudo, él quedó exento. ¡Qué bien, oigan, porque parece que me lo llevé todo yo…!

– Nunca se sabe, que el cambio climático es la leche… – Lo de decir cosas categóricamente no es un don reciente en mi persona. Llámalo imaginación, capacidad de adaptación con el medio o me paso la vida por las entretelas. En algún lugar, quizá en clase de la señorita Ana de 3º E. G. B., debí escuchar algo semejante, que yo, en mi cabeza de escritora en ciernes, interioricé como un que viene el coco, ¡cálcense de zapato calentito, que nunca se sabe!

– ¡Ostrás, Pedrín, ahora sí que sí…! – Mi padre hace acto de presencia en la cocina – ¿Pero no íbamos a la playa, Gloria? – Mirándome, muerto de risa, me acaricia las antenas de purpurina.

– ¡Otro más…! – Mi madre nos amenaza con el Nanax, y todos nos reímos, cosa que a ella, termina haciéndole gracia, también – Os quiero a los tres en el salón, hasta que acabe. Y, por supuesto, la de las katiuskas, tiene que ponerse las chanclas…

– ¡Vale, pero con calcetines, porque así no me pican las fanecas…! – Aporto para los anales del disparate.

– Las fanecas no te pican por las chanclas, no por los calcetines, Noeeeee… – Mi hermano apostilla, con más razón que yo que sé.

– Lis finiquis ni ti piquin pir lis chinclis, ni pir lis quilcitinis, finiquis ni ti piquin pir lis chinclis, ni pir lis quilcitinis, finiquis ni ti piquin pir lis chinclis, ni pir lis quilcitinis… – Voy versionando con la –i y chinchando a dolor, pasillo adelante.

– ¿Te falta mucho…? – Mi padre, parapetado por la puerta, pregunta a mamá, sin dejar de reírse.

– ¡Viceeenteeeee…! – Nanax en mano.

– Vale, vale, yo a las chanclas de la niña, y vamos viendo…

Y tantos años después, cuando me toca a mí organizar y planear el tiempo libre de mis niños bonitos, no dejo de pensar en mis padres, que no tenían a mano tantas opciones para entretenernos, y han hecho historia en mi psique y mi alma entera. Igual daba, que daba igual, que fuese playa, patio o casa de la abuela, que no compiten con las piscinas de bolas, los campamentos de inglés, las JuniorClass de robótica (existen, palabrita) o los campus de artes marciales. Y no compiten, porque no es la misma cosa. Acordándome del único profesor de matemáticas que se apiadó de mi locura numérica y mi ansiedad multiplicatoria (discalculia se llama ahora), X e Y no se pueden sumar, porque no son de la misma naturaleza. Si tienes dos pollos y un chorizo, no tienes tres choripollos, ¿lo entiendes? ¡Y lo entendí! Por eso mis vacaciones y las de mis niños no tienen nada que ver, por lo que establecer analogías sólo me lleva a preguntarme si no será verdad que en lugar de cultivar aptitudes, lo que estamos es anegándolas.

– Mamita, ¿qué vamos a hacer hoy…? – Pregunta Nicolás, con la mirada limpia y genial con la que nació.

– Hoy vamos a no hacer nada, pero nada de nada… – Hago un inciso, y prosigo – ¿Qué te parece?

– ¿Nada de nada se puede hacer en pijama? – Pregunta divertido.

– ¡Por supuesto! – Río y aplaudo, lo que, en cierta manera, me emparenta con una foca de circo.

– Pues entonces, me parece súper mega bien.

Lo dicho, vacaciones, cero tensiones, cero horarios, cero presiones, y un objetivo: ¡salir ilesos y felices! Pero no se olviden de ponerse calcetines con las chanclas, que ya se sabe cómo se las gastan las fanecas bravas… ☺

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