Cultura

Puerta Grande para Ponce en Las Ventas

Enrique Ponce sale a hombros en Las Ventas/abc

El diestro valenciano ofrece dos lecciones magistrales tras cortar una oreja a cada toro de Domingo Hernández

AA.- Nueva tarde de lleno y expectación en la única corrida de la Feria que torea Enrique Ponce, la máxima figura. Una vez más, dicta dos lecciones magistrales, pone en pie al exigente público de Madrid, corta una oreja a cada toro (hubieran sido tres o cuatro si los mata a la primera) y abre la Puerta Grande. A sus 45 años y 28 de alternativa, Ponce conserva intactas la afición y la ilusión, está toreando mejor que nunca: no es retórica, se está comprobando casi todas las tardes. (Un ejemplo: en Córdoba, hace un par de días, recibió a su segundo con una larga de rodillas, algo tan lejano de su repertorio).

De los toros de Domingo Hernández, que toman antigüedad en Las Ventas, cuatro pesan más de 600 kilos: sacan casta y son excelentes tercero y sexto, en una información que firma Andrés Amorós en el diario ABC.

Enrique Ponce puerta grande-02-06-17-foto Paloma Aguilar

Y de nuevo Ponce marca diferencias. El segundo sale suelto, huído. Enrique lo recoge, rodilla en tierra, y traza verónicas que acaban en la boca de riego. Lo lleva prendido en la muleta, desmayando la figura, jugando sólo la muñeca, con un sutil giro de cadera. Dos cambios de mano extraordinarios y la preparación para matar, con bellísimos ayudados, ponen al público en pie. Mata a la segunda y se queda en un trofeo: la faena, admirable, era de dos.

El cuarto, bonito de capa, muy veleto, puntea, pega tornillazos, echa la cara arriba, se queda corto. Con paciencia y sabiduría, le va sacando todo lo que el toro pueda tener; por dos veces, logra el pase de pecho a la tercera, después de que el toro se le pare por completo . Corriendo la mano magistralmente, el derechazo se convierte en circular. El abaniqueo final, a lo Antonio Bienvenida, vuelve a poner al público de pie. Mata regular, a la segunda: el único lunar. La mayoría de pañuelos consigue el trofeo, que algunos protestan. Pero el saludo en el centro del ruedo y la salida en hombros son clamorosas: la cumbre de un maestro en plenitud.

Una vez más, el torero de Chiva ha deslumbrado a todos por su difícil facilidad: lo que todos quisieran y muy pocos consiguen; el privilegio de los más grandes. (Ya Cervantes se burlaba de los poetas que, para hacer versos, “sudan e hipan”). En sus manos, todo es suavidad, claridad, armonía: el ideal del arte clásico.

Y una curiosidad. El sexto toro de esta tarde se llama “Granaíno”, igual que el que hirió a Ignacio Sánchez Mejías. Por no mencionar su tierra natal, García Lorca omitió el nombre, en su “Llanto”. En la cubierta de José Caballero, junto a un sol y unos angelitos, eligió esta inscripción: “Lo mató un toro de la ganadería de Ayala”. Y, luego: “Lo recogió la Blanca Paloma”; es decir, la Virgen del Rocío. (Primero había pensado: “Lo recogió la Venus Tartesa”). Ya forma parte de la historia. Como esta tarde de Enrique Ponce que cuenta el digital de ABC.

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