Mi niño bonito

«Pienso: tiene tres años, los dientes de leche tienen que durarle hasta que tenga siete, como mínimo»

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, ‘Rolling in the Deep’ de Adele

A la maternidad le faltan unas castañuelas y un traje de volantes, para que la peña al pasar, cuando te ve desquiciada perdida, arrastrando a un niño con pataleta, te griten aquello ¡ojú, mi arma, eso es salero y no lo que echa mi Paqui al puchero!. Un niño con pataleta es, a una madre con déficit de casi todo lo que implique descanso, un caso para la ONU. Los cascos azules, con sus trajes azules y sus tanques azules, que traigan todo lo azul que puedan y tengan, porque cuando un niño, y en particular mi bebé, dice no…

– Yo quiero coche de mamáááá… – Tirado en el suelo, cubriéndose la cara con las manos, la voz de Lorenzo recuerda a la Constantino Romero y el mítico, Luke, soy tu padre.

– Levántate, anda, que es suelo está sucio.

Como argumento para convencerlo, no me lo he currado mucho, no; pero lo cierto, es que sólo de pensar en que Lorenzo esté lamiendo la acera, me dan picos de tensión arterial. Lamiendo. Aceras. Lamiendo aceras que mean gatos, perros, las pulgas de esos gatos y esos perros, e incluso humanos. Lo último, el pis de bípedo humanoide es el remate del tomate para con mi tolerancia cero a la marranería. Lo miro, tan grande y tan pequeño a la vez, y me digo: si lo cojo por el pantalón, intentando levantarlo a peso, lo mismo vence la presilla, y le dejo los piños contra esa misma acera, orgullo de orines varios. Si intento cogerlo en brazos, ya puedo ir preparándome para la guerra cuerpo a cuerpo, porque cuando mi hijo pequeño dice no, todo él se mimetiza, empleando la técnica del armadillo, se convierte en el acorazado Potemkin: con todas las extremidades rígidas, del suelo no lo levanta ni un Ezcolari. Aun así, opto por esta opción, porque volviendo la primera de ellas (la de la presilla, el pantalón y el h*stión contra la acera), pienso: tiene tres años, los dientes de leche tienen que durarle hasta que tenga siete, como mínimo.

– Pequerrecho, no podemos ir al coche de mamá. Tenemos que ir a revisión del pediatra, para que nos diga que estás muy sanito y que eres muy grandote, ya, casi un chiiiiiiiiiiiiiiiiiiiicoooooooooooooooooooooooooooaaaaymemuerooooooooooooooooocómooooooopueeeeeeedeeeespesaaaaaaartaaaaaaaaantooooo.

– ¡Que no, eh, que no, eh, que nooooo…!

Y se montó la gorda, literalmente.

En un ataque de ‘De aquí no me mueve ni Cutús, no irás a comparar una visita al pediatra de m*erda con mi plan de comer gusanitos, escuchando a Melendi, mientras veo la vida pasar por los cristales del coche de mamá’, Lorenzo comienza a mover las piernas y los brazos a loco. ¿Un molino con parkinson? Pues tal cual, oigan. Yo, que soy pequeñita de estatura y recortadita de fuerza, hago lo que puedo por casi todo, porque esto es una lucha con muchos frentes abiertos. A saber:

Mantener el equilibrio familiar, y no va con retórica alguna. Los allí presentes, mi miniyó y mamá, estamos a un atchís de irnos a tomar por saco, rodando por la acera (ay, los meos otra vez, qué cerca los veo…).

Evitar que Lorenzo se mancuerne así mismo, braceando sin ton ni son, sin percatarse de que un leñazo con el nudillo contra el proyectado de un portal, es para acordarte de todos los Santos, poniendo a San Cirilo de tapón.

Sortear a una señora muy aseñorada, tan robusta como poco hábil con los enfados infantiles, que acaba de recibir un patadón en todo su adusto pompis. No contenta con el primer penalti, la tía no se aparta.

Llegado a este punto de dislate, me digo, esto es selección natural. Si nos vamos al suelo, antes me abro yo la crisma que dejar que el bebé se lastime (alas de madre en modo airbag). Si Lorenzo acaba con los nudillos contra la entrada del edifico, dejándoselos como un codillo alsaciano, pues lección que le queda aprendida: malo proyectado, culo, culo. Si la señora y su sacrosanta retaguardia, que verbigracia de la camiseta corte Peplum que lleva, parece el mismísimo Saturno y sus anillos, en todo su cósmico esplendor, recibe otra coz, y otra y otra y otra, es que el manto lipídico la amortigua y no ve venir el peligro ni invitándolo a tomar té con pastas.

¡Lorenzo, caramba, pórtate bien con mamá, que nos vamos los dos al suelo, hooombreeee…! – Y sigo haciendo cabriolas para no caernos, mientras siento que es tanto lo que me pesa en brazos, que se me viene a la cabeza un malabarista haciendo lo propio, pero tirando al aire una vaca con pintas, un tractor John Deere y la colección completa de los Episodios Nacionales, de Don Benito Pérez Galdós. Estoy a un chisgarabís de que se me caigan los brazos, lo que, de alguna manera, me hermana con la Victoria de Samotracia.

– ¡Yo quiero volaaaar…!

Lejos de cooperar ni un nadita, mi bebé decide que, como parte de su estrategia ‘me salgo con la mía, sí o sí’, lo ser un aprendiz de platillo volante va muy con la dinámica de su protesta activa. Con los puños cerrados y los brazos rígidos, veo, por su expresión maravillosa, que se ve surcando los cielos. Yo, que huelo venir el pifostiazo de lejos, pienso que, si salimos ilesos de esa pataleta, me apunto a halterofilia.

La señora regordita, la del culo inabarcable, sigue en su sitio, hablando por el móvil, y mirando de cuando en vez hacia atrás. Es obvio que lo que está contando o le cuentan es tope interesante, porque Lorenzo le está dejando el culo con agujetas. Lo sé, debería alejarme de ella, poner a salvo la mínima dignidad que me quede como madre que educa a sus hijos, pero palabrita que si doy un paso en falso, las expectativas voladoras de mi hijo iban a ser proféticas. Como un tentetieso, me debato entre la h*tia y el h*stión. De allí no salgo con los dos tobillos enteros, y ya dudo que nos llevemos puestos todos los dientes del bebé.

– Disculpa, guapa, el niño me está dando pataditas… – La señora-planeta con anillos, sin dejar de hablar por el móvil, se gira y me mira, inquisitiva.

– No… – Arguyo, mientras inmovilizo a Lorenzo con la barbilla – Pataditas no, señora; le estamos dando patadas gordas.

– ¡Gordatú…! ¡Gordatú…! ¡Gordatú…!

Apaga y vámonos. Mátame camión.

Lorenzo, que es muy hábil con la vida, con el entorno y tan vivo que nunca sabes si dentro de su cuerpo no vivirá un espía ruso, con total contundencia y dominio de locución, le regala a la dueña del menoscabado culo un ‘gordatú’, audible hasta en Villajoyosa. Por favor, Divina Providencia, mándame una señal, un meteorito, un terremoto, un diluvio casi universal (por favor, pero que empiece el lunes, que el domingo tenemos barbacoa familiar, gracias). Lo que sea, pero sácame de ésta.

– ¡Qué vergüenza, qué poca educación, chica…! – La señora, no sólo gorda de diámetro, sino también de mente, está enfadada nivel vaca de Milka: morada y chisposa. Vale, prosigue en su ofensiva – Juventud, si educaseis a los niños en lugar de andar todo el día en el Feisbú…

Por fin he conseguido dejar a Lorenzo en el suelo, que está tranquilo y sedado, disfrutando de una piruleta chupada y con migas de galleta, que he encontrado en un bolsillo (gracias, Providencia, esto también vale…). El azúcar es el mal, llamadme madre desastre, pero mano de santo cuando la cosa requiere dardo narcótico para dormir elefantes de Shirlanka.

– ¡Un poquito de por favor, querida, que la estoy viendo…! – Señalando su Extra-enorme –SmartPhone-hay-Pantallas-de-cine-más-pequeñas, hago mohín de la he pillao con el carrito del helao… – A su edad no debería fiarse desconocido, por muy Dante que se haga llamar y que busque amistad sincera. Tinder no es lugar para doñas…

Y como si la vida le fuese en ello, la señora tan aseñorada, que veía en mi concesión con la pataleta de mi hijo una ofensa al decálogo ‘Madre Estaca de Bares, modelo prehistórico vigente en la era del ni se sabe’, pone pies en polvorosa. Curioso es que los pies, en comparación a sus muslámenes y su posadera, me resultan pequeños como pezuña de lechón. Con los brazos aun dormidos y extenuados por la lucha de gladiadores con Lorenzo, me llevo las manos a la boca y doy un silbido que parezco el tren Talgo entrando en andén. La señora-pata negra se gira, y apostillo…

– Espero sepa borrar las cookies del móvil, porque los comportamientos despendolados dejan rastro… – Y levanto el dedo, en señal de OK.

– ¡H*tiap*tanomej*das…! – Verbaliza, presa de un ataque de nervios, alejándose.

– ¿¡Eso es palabras feas, mamita…!? – Lorenzo me mira con sus ojos de Conguito de chocolate, como si no hubiese pasado nada, minutos antes. Mi niño bonito, te como la cara toda.

– Es, pequeño, es. Bocanegra, ¿verdad? – Me río – Y eso que su madre seguro que no perdía el tiempo colgando fotos en Feisbú…

– Yo quiero ir a coche de mamááááá…

Ah, no. Socorro.

– ¿Sabes qué, Lorenzo? Que vamos a ir al coche de mamá, pero primero, vamos al pediatra, que seguro nos regala el palito de mirar las amígdalas… – Digo, andando con él de la mano, como desoyendo su nueva afrenta.

– El palito de los helados… – Dice.

– Ese mismo: ¿Qué te parece…? – Digo.

– Me parece todo bien… – Vuelve a decir.

– Pues entonces, es que lo está… – Vuelvo a decir.

Allá vamos, de la mano, los dos tan pomposos y felices. No hay pataleta que mil años dure, ¡ni falta que hace! La madre que gana, es la madre que aguanta. Ains, qué duro es la profesión de peace maker… ☺

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