Parchis
Opinión

El sincericidio

Antonio Gil-Terrón 

Todos somos poseedores de defectos, y ellos junto con nuestras virtudes (alguna tendremos) es lo que nos hace diferentes a los demás; seres únicos e irrepetibles.

Dentro de este orden de cosas, la mayoría busca mejorar como persona, sin pararse a pensar en tal loable empeño, si esos defectos de su persona que intenta corregir son realmente defectos o, por el contrario, se tratan de virtudes consideradas como políticamente incorrectas, por la dictadura de quienes establecen las torticeras e hipócritas normas moralistas de esta falsa y pérfida sociedad en la que mal convivimos lobos, perros pastor, y corderos.

Así pues, antes de cambiar algo de nuestra persona, lo primero que debemos reflexionar es si realmente eso que pretendemos variar de nuestro modo de ser, es un defecto social, o una virtud atemporal como por ejemplo la sinceridad.

Considero “la sinceridad” como mi mayor virtud, por mucho que ésta sea socialmente considerada como un peligroso defecto, y por muchos disgustos y sinsabores que su ejercicio me hayan reportado en esta vida.

Así pues, y en aras a conseguir un mundo mejor, mis esfuerzos no estarán encaminados a cambiarme yo, sino a cambiar esta falsa sociedad en la que vivimos algunos con una pinza en la nariz; respirando a duras penas pero sin perder un ápice de dignidad.

Y a aquellos que siempre le buscan los tres pies al gato les diré que se puede ser sincero sin necesidad de caer en el “sincericidio”, aunque caer en él tampoco es algo que me quite el sueño, aunque -a veces- sí el hipo.

¡Amén!

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