Mis planes son amarte

Todo lo posible cabe en una mente tan brillante y pequeña, tan con la L de prácticas que mete miedito, pero felices en su serena locura

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE
SUGERENCIA MUSICAL, «Mis planes son amarte», de Juanes

El cumpleaños de tus niños siempre tiene algo de revival, de revisión involuntaria de lo vivido, para acabar cayendo en la cuenta de que el tiempo no pasa: el tiempo arrolla. Y como esa tía lejana, que cada cena de fin de año se amorra a la botella de Rondel Oro, lloriqueando y fingiendo un dolor punzante ante la vida vestusta y solitaria que lleva (salvo los sábados, que tiene baile en el Centro de día; los domingos, que va de excursión con la Coral Polifónica Delfines y Sirenas; los quince de cada mes, que juega a la timba con sus doce mejores amigas aun vivas, y dos veces al año, de vacaciones a Sanxenxo, como está mandado…), yo, madre de dos niños aun dependientes en grado maravilla, me sobrecojo pensando en que el calendario ha dado otra vuelta. Ojiplática perdida me hallo.

– Tres años ya: pero usted es un chicazo, caballerete…

Con mi ex bebé en el regazo, me dejo ir en el túnel del tiempo, porque la mente es ese famoso agujero negro del que hablan los listos, las mentes brillantes que todo lo saben sobre el espacio/tiempo. Sin querer, sólo con mirar a los ojos a mi bolita de amor, me pongo en el paritorio, justo en el momento en que la matrona me lo acerca y dice aquello de: venga, Lorenzo, que mamá te va a calmar. Y como por arte de birlí, birloque, el recién nacido, al que no había visto jamás, se convierte en mi hijo. De nosotros dos, él parece ser el que tiene las cosas más claras, porque nada más acercarse a mi cuello, cesa en su ataque de pánico a la vida. No sé si me reconoce o me adopta, pero el caso es que como los patitos que cuando salen del huevo, identifican con mamá pata a lo primero que se menea, él decide que entre todas las personas del paritorio (multitud, la cosa parece una fiesta gorritos verdes, oigan…), quiere pertenecerme a mí. Llámale instinto, llámale ‘el olor humano es el mejor sedante cuando en canguele acomete’. Pero como yo, con la barriga abierta como un buzón de Correos, me acojo a lo molón, al bálsamo curapupas que necesita mi cuerpo desvencijado. Mi bebé me sabe su mamá. Mi bebé me siente su mamá. Yo amo a mi bebé, y mientras el mundo sanitario hace lo propio, los dos intercambiamos roles: la que llora a moco tendido en mamá, mientras el bebé me consuela, con sus ojitos chinitos y su expresión de qué pasa aquí, qué invento es este.

– ¡Podría comerte de un bocado, bribón…!

Y no es verdad, porque para engullir a Lorenzo necesitaría dos días y la mandíbula del tiburón de la peli de Spielberg. No es grande, es grandísimo. Todo en él, después de tres años de existencia, es colosal. Todo lo hace en Cinemascope, porque es un tipo de emociones fuertes y XXL. Lo miro ahora, tan Titán, que me cuesta pensar que cuando llegó a casa, la cuna con él dentro parecía el Santiago Bernabeu. Es increíble que tres años den para tanto y para tantas habilidades en un ser tan pequeño; muchas aprendidas, otras tantas, innatas, que no sabes lo listos que nacemos los seres humanos, hasta que te pones a criar uno. Los ves pasar de la indefensión absoluta a ser capaces de pergeñar planes (Lorenzo el chicolate, Nicolás las galletas, ¿sí?), fantasear excusas (nooo, Lorenzo noooo, fue Pepapí…), inventar animales (¡es un osofante!) e, incluso, patentar artilugios hasta ahora ignotos (esto es un sipillodedientes peina espaguetis). Todo lo posible cabe en una mente tan brillante y pequeña, tan con la L de prácticas que mete miedito, pero felices en su serena locura.

– No soy un chico, soy un bebecito…

Esa es otra. Lo mejor de la maternidad es que, dependiendo del grado de mimo e intimidad del momento, a mis niños también les gusta deshacer el caminito andado, y como Garbancito, buscan las miguitas para volver a sentirse pequeños, que lo siguen siéndolo, pero quizá más pequeños aún, y regresar al limbo de atenciones y cuidados en los que sentirse el rey del mambo es fácil y adictivo. No digo que disfruten del Síndrome Peter Pan, que no, ni mucho menos (quieren ser rockeros, conducir motos, ganarse la vida siendo tortugas ninjas y operar muñecos con un cuchillo de postre: son chicos en fase de mutación, claro), pero gozan con una sesión de regazo, besos locos en la frente + mofletes + orejas + barriga, al son de NoSePuedeSerMásGuapoNoSePuedeSerMásGuapoNoSePuedeSerMásGuapo.

Y puestos a desgranar secretos de hogar, qué decir tiene, que mamá también necesita de estos momentos de regresión, en los que valora y tasa y festeja que los bebés sean ya niños de abracitos con extremidades saliendo por doquier, al grito de mamiiiii, que me aplastaaaaas. Aun así, vuelve la burra al molino: los estrujo a todo lo que me dan mis maltrechos brazos, extenuados de tanto carga niño, viste niño, baña niño, cambia niño, juega niño. ¿Os acordáis del Inspector Gadget, y sus mil y un inventos para salir del paso? Pues cada vez estoy más segura de que la historieta se basaba en mí y mis gadgeto-bracitos: para un roto y un descosido, mis planes son amarte hasta que me quede sin existencias.

– No, Lorenzo va a estar de cumple: tres añitos, qué mayoooor…

Qué mayor, súper mayor. Hasta hoy no había caído en la cuenta de que se me acaba la hegemonía, la predilección para las cosas que impliquen sana, sana, culito de rana, porque la primera infancia se acaba. En septiembre toca cole, uniforme, mochila, patio con niños desconocidos, fichas de colores, de letras de números y agenda con mil una actividades, que no hacen sino estresar a papá y mamá (hay ministros con menos trajín, ojú…). En septiembre, cuando Lorenzo cruce el umbral de la puerta del cole de la mano de su hermano mayor, diremos ciao al ‘bebecito, pero ciao de verdad, porque, a estas alturas del caminito, no sé muy bien cuál de los dos necesita más saber que seguimos siendo uno: si él o yo.

– ¿Sabes una cosa…? – Miro a mi pequeño, embobada – Que te has convertido en un tipo extraordinario.

– No soy un tipo, mamá: soy Lorenzo Castro Martín Torres…

Y se ríe a carcajadas, sabedor de que el sentido del humor es un juego maravilloso, que ayuda y mucho en las relaciones humanas. Su segundo apellido es Martínez, de los Martínez de toda la vida, vamos, pero él chafardea con la idea de llamarse Martín Torres, como su amiguito de la guardería. No sabe rimar, no sabe contar chistes, sin embargo, y me redigo en lo escrito líneas más arriba, qué listos nacen los cabritos…

– Tiquiero, mamita…

– Qué sabrás tú lo que es querer, gordito…

Ya está. Decidido: me lleve lo que me lleve, me lo como…

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