El último amanecer

Antonio Gil-Terrón

Hoy al despertarme he hecho el tradicional y desagradable repaso de las espadas de Damocles que desde hace años penden amenazadoras sobre mi cabeza, y al hacerlo me he dado cuenta que ya no estaban; se habían desvanecido con las primeras luces del alba, y con ellas los endémicos dolores que desde hace años me amargan las mañana.

He abierto la ventana dejando que el fresco aire, impregnado de esencia a tierra mojada, peinara mis cabellos, esos que los golpes y desengaños han ido tiñendo de plata. Entonces he sentido una paz que no recordaba, posiblemente por nunca haberla conocido. Paz y calma… y el sonido del silencio perfumado de azahar, preludio de la primavera que por los campos eclosionaba.

Me he sentido bien, sin necesidad de nada; ni tan siquiera del primer café y cigarrillo de la mañana. Realmente no he echado nada en falta…; si acaso una explicación del porqué esta bendita paz que Dios me regalaba.

Me he girado lentamente hasta quedarme frente a mi cama, y en ella he visto mi cuerpo frío e inmóvil, abrazado a la almohada, con una sonrisa en los labios que me ha helado el alma…

Tras unos segundos la paz ha vuelto. No he sentido miedo ni dolor; no he sentido nada, más que el principio de un dulce sueño, tan solo roto por unos golpes en la puerta, de alguien que me llamaba.

Ahora me voy alejando, camino de la Luz que me reclama, mientras oigo como el sonido de las voces que gritan mi nombre, se van apagando en la distancia.

Luego, tan solo luz, silencio y calma; la muerte convertida en sueño, y el sueño en esperanza.

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