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Princesa azul

Lo que cambian los cuerpos cuando se gestan niños. Lo que cambian los cuerpos cansaditos cuando se gestan y se crían niños. Lo que moldea la vida, oigan…

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE
SUGERENCIA MUSICAL, ‘Princesa azul’, de Manolo Tena

Hace eones, más o menos cuando la desaparición de los dinosaurios, el mes de abril significaba para mí el pistoletazo de salida de la operación micro-nano-bikini. Y no, no digo que en mi juventud redondita y feliz, la cosa pasase por planificar dietas de las que entrar y salir por la misma puerta, sin decir ni hasta luego, Lucas, no; la operación micro-nano-bikini estribaba, más bien, en dar con uno que campase a sus anchas en mis carnes hermosas y lozanas, propias de un ser en pleno apogeo y esplendor ocioso de la vida. Tanto tiempo después, el mes sigue teniendo el mismo nombre (salvo que lo pronuncie mi hijo pequeño, que entonces es un trabalenguas: ‘alil’), pero de mí, de lo que era entonces, no conservo más que el número de DNI: estoy para que la tuna me dedique ‘Yo te daré’ (ironía, qué bonito nombre tienes). Lo que cambian los cuerpos. Lo que cambian los cuerpos cuando se gestan niños. Lo que cambian los cuerpos cansaditos cuando se gestan y se crían niños. Lo que moldea la vida, oigan…

– Disculpa, ¿éste, pero en otro color, con la braguita de cadera y la parte de arriba con relleno…?
Inasequible al desaliento, salgo del probador de la tienda, a medio vestir (sin abrochar el pantalón, sin camisa pero con jersey y en calcetines: soy un cuadro de Picasso…), y me dirijo a la dependienta que conjunta + etiqueta + cuelga bikinis, como si fuese a llegar una horda vikinga, ávida de dos piezas en licra cómoda, para un nuevo ataque a Northumbria. Dale que dale, la muchacha parece no oírme, lo que provoca en mí una sensación encontrada: entiendo que la música histérica que hay de fondo no lo haga fácil, pero sospecho que se hace la longuis, a ver si aparece la compañera que tiene que relevarla del turno, y se come el marrón de la ‘tía pesada, que piensa que un bikini con push-up tiene que hacer milagros’. Lo sé, no lo ha dicho, pero su no-edad (a los nacidos en los 90’ habría que distinguirlos con una L de prácticas, como a los conductores noveles-salta rotondas) la delata. Bufo en alto, a ver si así.

– ¡Hoooolaaaaa…! – La dependienta se gira, y veo, maravillada, que se llama Jennifer López. No, no es un gag, es una ironía de la vida, porque la pobre, amén de una cara cubista, es delgada y fina como una sardina por la cola. Pero al tajo, Jennifer López, hace contacto visual conmigo, con mi extraña forma de vestir (el homeless way of live me posee en medio del pasillo de probadores) – Decía, que si este bikini…

– Ya, ya te oí, pero no, no tenemos… – Chispum, se vuelve y sigue a lo suyo, haciendo de poner perchas un campeonato de habilidad cronometrada para Tú sí que vales’.

– ¿No…? Pero la tienda está llena de bikinis, alguno habrá que se ajuste a lo que te digo, ¿no? – Cuando estoy a puntito de hacer pum, siempre se me viene a la cabeza una botella de sidra El Gaitero, tan popular y campechana, tan de casa y tierna, pero que cuando un zumbado la agita y suelta el corcho, se convierte en una pistola Nerf: ¡cuerpo a tierra, soldados!

– Es que lo que me pides es otro bikini completamente diferente a lo que trabajamos en tienda, ¿sabes? –

Viene hacia mí, y veo como su escarapela identificativa, tan pomposa con su Jennifer López yendo y viniendo, es muy cencerro de vaca sin dueño. Tanta amargura, tanta necesidad de ser borde con una mamá en busca de un bikini que no menoscabe su derecho a verse bien (obsérvese que no digo muy bien, que sería soberbia), tiene que responder, por bowlings, a que:

a) Le aprieta el tiro del pantalón ultra-mega-súper-más no se puede-lo siguiente sería una segunda piel.

b) Tiene hemorroides.

c) Búscate un hombre que quieeeeera, que te teeeenga llenita la neveeeeera (El Arrebato cantat).

d) Un tutifruti de las tres opciones anteriores.

Sea cual fuere su razón de peso, o la combinación generosa de todas ellas, Jennifer López tiene tantas ganas de atenderme como de ir a depilarse las ingles con cera hirviendo (pero depilársela a lo bigotito brasileiro, no digo más). Me mira, mira el reloj, y me espeta:

– Este año viene la braguita fina y la parte de arriba, bandeau: lo que buscas, puede que lo tengan en mercería.

– ¿¡Cómo dices…!? – No quepo en mí de gozo; se me encienden las turbinas y como el Aranjuez que le dio morcillas a Napoleón, me voy a por ella – Quiero un bikini, no un metro de lazo de raso y cuatro botones de abrigo, Jenni…

– Ya… – La pobre, que de cerca aun parece más joven, más niña, más de todo menos con don de gentes, se ve venir el acabose, y da un saltito hacia atrás, alejándose del epicentro del conflicto – No lo digo por mal, eh, es que la mercería trabaja género más clásico, más del de antes…

– ¿Del de antes? ¿Pero antes de qué, de Cristo? – Abro los ojos cual una persiana metálica de panadería.

Se hace un silencio, pero un silencio magnífico e inabarcable. De tener otra edad y muy otra educación, más tribal, más de barrio lleno de pintadas, la pobre Jennifer López y su moño estira ojos (no entiendo cómo puede ver con tamaña tirantez: no tiene párpados, tiene ranuras) tendría que pedir auxilio a change.org. Esos momentos en los que Belén Esteban es como un gurú, pongo por caso.

– ¡Tengo una idea! – La muchacha se afana por quitarme de las manos el bikini de marras, evitando que allí se monte la mundial – ¿Qué tal si te traigo un bañador monísimo, con refuerzo en la zona de tripa y una copa de espuma doble, para que te realce el pechito…?

– Me gusta tu idea, buena chica… – Y sonrío maléficamente, pero lo hago tan mal (ser lo peor no va conmigo, ni que entrene noche y día, ains), que supongo que vista de fuera, recuerdo a Gru, mi villano favorito – Entenderse, un gran paso para la hombre, ¿Qué no?

Jennifer, impertérrita, sale contoneándose tienda adelante, sin reparar un segundo y medio en mi histórica cita. Entiendo, su bamboleo de culo, tienda a través, me lo ratifica, que no sabe a qué me refiero. No sabe de qué le hablo. Le importa una m*rda lo que le cuento. Y todo ello, porque mi discurso y mis referencias son de las de mercería de las de antes de Cristo, claro está. Jennifer López no alcanza a comprender por qué quiero un bikini que esconda y no enseñe, porque ella, con menos grasa que un yogurt de fresa Vitalinea y con la barriga aun sin estirar, no ve qué tiene de malo lucir cuerpo. Y está en lo cierto: no hay nada malo en ello, salvo que no te apetezca añorar lo que fuiste, y te veas en el espejo tan enjuta y siesa como una flauta travesera, tan a lo varita mágica de Harry Potter. La maternidad, amén de ser el regalo de vivir, se te lleva la sexy-curvie que llevas dentro. Sin caderas, sin pompis, sin tetolas, sin nadená: pero feliz y contenta de criar, no se crean.

– Esto ya es otra cosa… – Salgo al pasillo, embutida en un traje de baño, tipo Pin-Up, con el que me veo tirada en la orilla, haciendo y deshaciendo castillitos de arena, corriendo detrás del pequeño para que no se tire al mar, a conquistar mundo sin saber nadar, o, ilusa de mí, leyendo el ¡Hola!, mientras los niños meriendan sin necesitar nada de mí (ooooooooooooooooooooooh, ooooooooooooooooooooooooooh, aplauso, lloro de emoción sólo de pensarlo).

– A este bañata le pones una pañueleta anudada en el pelo, con los rabitos para arriba, como si fueses una conejita, y queda genial… – Jennifer López se viene arriba, y comparte conmigo su yo estilista de ‘Cámbiame’.

– ¿Conejita…? – Apostillo, maravillada – Ahora sí que creo que soy de antes de Cristo…

– ¿Sí, no sabes, las de esa marca PlayBoy? – La muchacha, que se toma a pecho la idea de que he salido de un sarcófago del viejo Egipto, hace con los dedos dos orejitas, que le asoman por el cogote.

– Sé, sé, descuida…

Y me meto en el probador, a carcajada limpia, imaginándome en medio de una playa familiar, metiendo barriga, dando saltitos ridículo-festivos, e impostando morritos de besugo a cada intervención, como si vida fuese un eterno selfie. Las conejitas de PlayBoy, las de las orejas sobresaliendo por el cogote lo harían, ¡y qué monas, pardiez! Pero yo, madre de dos soles del Paraguay, con más habilidad que un obrero paleta haciendo diques en la arena mojada, con que no se me salgan las lolas en una maniobra de ‘estate quieto, niño’, me doy por satisfecha. ¡Operación bikini, muslitos para qué os quiero…! Me paso al bañador, cómoda de cuerpo entero, y modales de princesa azul intenso, intenso como el mar en el que juegan mis lindiños de amor. Ains…

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