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Opinión

Francisco Javier García Gaztelu es el asesino

Manuel Huerta

Txapote es una película de terror, bastante antigüa, pero que humildemente le recomiendo al juez de Vigilancia Penitenciaria José Luis Castro, que, o no la ha visto o sufre de un Alzheimer galopante, que la conozca. Ya me parece extraño que el señor magistrado ni la haya visto ni se la hayan comentado, y como ya no estará ni en las videotecas, me apetece mucho recordarle el final.

Pues resulta que al final, el asesino era Francisco Javier  García Gaztelu, un auténtico hijo de mala madre, una alimaña asquerosa y cobarde que me hizo llorar en dos ocasiones. La primera, el 23 de enero del 95, mientras comía con mi jefe en la playa valenciana. La segunda en Londres, el 13 de julio del 97, en el viaje de mi aniversario de bodas. Uno, que siempre se ha emocionado con las injusticias, más aún si éstas son además auténticas barbaridades.

De ésta miseria humana, del que nunca he podido olvidar sus fauces de bestia inmunda, sus amenazas al tribunal en una jaula en cada comparecencia por sus execrables asesinatos y su provocativa mirada de rata de acequia, queda, señor Castro, el recuerdo de sus apariciones en la vida de todos los españoles de bien, que durante los crímenes de éste cerdo éramos muchos, no cómo ahora.

Resulta que la producción del filme contó con el dinero de cientos de personas amenazadas, con el miedo constante como forma de vida, con la angustia de elegir vivir de esa forma o tener que dejar su tierra para poder continuar viviendo en paz. Esta basura dejó padres sin hijos, hijos sin padres, esposas sin maridos, hermanas sin hermano, hermano sin hermano, alumnos sin profesor y novias sin novio. No recuerdo ahora el total de años de cárcel a los que fue condenado por tanta barbarie pero en una sola sentencia se le impusieron 105 años.

Yo le pido, señor juez, que sea usted justo, que imparta justicia y se deje de zarandajas interpretativas, como habitúan hacer ustedes, echándole la culpa al legislador. Este es el asesino de personas, de familias, de ilusiones y de vidas enteras. Darle cualquier permiso por eso no es sino defecar en los sentimientos de muchas personas que como yo, quisieramos saber de él cuando le saquen en un féretro de una celda penitenciaria. Y no queda bien que un hombre de carrera como usted no se contenga de hacer una marranada tan grande. No queda nada bien que una caprichosa vocación de protagonista convierta a la Justicia en un circo, aunque en éste caso, sí sería con animales.

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