Que bueno

Cuando los niños activan la función ‘De aquí no pasas’, desarrollan una capacidad maravillosa e inquietante para lanzar el jarabe contra todo lo que se menea 

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

Los jarabes.

Debería no sólo de darle relevancia con un párrafo propio, sino también con algún extra, tipo negrita, cursiva y tipografía PlayBill (que siempre transmite intensidad duelo OK Corral). Los jarabes son el bien de las madres con niños pachuchos, pero son el bien, cuando por fin consigues que ingieran/traguen/engullan/no escupan la cantidad estipulada por el adusto pediatra. Que es muy fácil predicar y otra mandanga dar trigo, porque sales de la consulta con el miedo de la fiebre en el cuerpo pero con el terror de pensar que te han recetado antibiótico diez días, a tres tomas diarias. Salvo que ocurra el cuarto milagrito de Fátima, en los próximos quince días, tu casa se va a convertir en una lavandería china del Soho neoyorkino. Camisetas, chaquetas, pijamas, batas, sábanas, toallas y puede que hasta cortinas, que cuando los niños activan la función ‘De aquí no pasas’, desarrollan una capacidad maravillosa e inquietante para lanzar el jarabe contra todo lo que se menea. O no: las cortinas, pongo por caso.

– Mire, ¿y no habría forma de darle el medicamento de otra manera…? – Miro al pediatra con pánico, implorando clemencia. Puestos a sufrir, prefiero ya una patada en la boca del estómago, porque diez días luchando con un gladiador para que tome la medicina, son too hard drug.

– Señora, eso o inyecciones, y ya me dirá… – Y arquea las cejas, en señal de ‘no querrá usted convertir el culo de su niño en una regadera, agujerito va, agujerito viene’.

– ¡Ay, no, pues eso no! – Retomo cordura y prosigo, acariciando al bebé, que llora a grito pelado mequieroirlorenzosequiereir– No sé, cuando yo era niña, nos daban supositorios, ¿cómo lo ve?

– Lo veo igual que el sacamocos por el que preguntó en la anterior visita: ineficaz al 100%.

¿Se puede ser rencoroso? ¿Y no va el tío y se acuerda, tres meses después? ¿Pero qué invento es este…? (Sarita Montiel dixit).

Y aun así, cierto. Allá por entonces, le pregunté por el sacamocos y fue muy clarito y conciso en la respuesta: una caca de la vaca, así, parafraseando. Pero, ¿los supositorios? ¿Qué pasa con los supositorios? Toda una generación, la mía concretamente, hemos visto como nos menoscababan el derecho a no sentirnos rellenos, cual pavo del Thanks Giving Day, en aras de un sana, sana, culito de rana (y nunca mejor dicho). Nos recetaban supositorios como remedio infalible para casi todo, incluso, para amedrentarnos con un llorito cualquiera de esos que anuncia hoy no quiero ir al cole, mamáááá. Con el culete sondeado por un misil químico, bomba medicinal que te convertía el pompis en un sambódromo, apretabas, apretabas y apretabas, hasta que cesaban los sudores y los sudorcitos. Cuando por fin tu madre te preguntaba el consabido ¿ya?, respirabas, a trompicones, y te preguntabas en qué punto algo que te cruzaba el ser desde allí hasta allá, desde el ya te dije hasta el colodrillo, podía curarte las amígdalas. Sanase o no, tú aducías mejoría sólo con pensar en un nuevo orto-cohete.

– Hombre, incómodo es, no le digo yo que no, pero ineficaz… – Digo y me desdigo al instante, porque la verdad, tampoco sé cómo voy a domar a mi bebé para que me deje menoscabarle a él también lo ya mentado. Si con la cuchara y la jeringa el jarabe acaba en Bormujos, no quiero pensar el supositorio. La alerta nuclear de Corea del Norte, ahí lo dejo, en todo lo alto; todo tan yo y mi circunstancia, me veo con el bebé, su cabecita retorcida y el antibiótico volando por los aires, así, tan de proyectil tierra aire. Por qué todo es tan complicado, I wonder…

– Ustedes son la generación del a ver qué pasa, y ya vamos viendo… – Y mi pediatra, que para reírse de algo tiene que buscar en el Vademecum un antídoto, esboza un jijí, diabólico – En los tiempos que estamos, hemos descubierto que no sabemos con exactitud lo que sucede con esa dosificación cuando está dentro del cuerpo.

– ¿Curar…? – Digo, espeluznada, acordándome de la madre del que inventó el sistema – No sé, si ya está dentro del cuerpo, algo hará…

– Dentro del cuerpo también están los virus y las bacterias y eso no las convierten en buenas… – Vale, ahí me dio, pero no lo veo un argumento muy parejo.

– Son intrusos, qué asco de bichos, no me diga… – Suspiro y me trago mis cuitas, porque qué le importa a este señor tan experimentado mi vida loca y mi intentos variopintos (me falta el espiritismo, a ver si me ayudan los del más allá) para que el bebé se tome el dichoso jarabe sin que acabemos sudando como si fuésemos atletas de alto rendimiento.

– ¿Ha probado a darle el jarabe mezclado con yogurt? – Me mira como supongo lo hizo el señor Curie cuando su mujer dio con el Polonio.

– Y con el helado y con el zumo y con la gelatina y con el puré y con el picapica… – Arguyo, resignada.

– ¿¡Eeeh…!? – El señor don licenciado quiere no creer lo que acaba de oír. Se le salen los ojos de las cuencas.

– No, con el picapica nooo… – Me pongo del color el pimiento molido, y empiezo a notar cómo me pica la nariz, síntoma inequívoco de que miento peor que un adolescente – Una forma de hablar, no haga caso…

– Si ha probado con todo, y sigue resistiéndose, sólo le queda una opción…

Chanchanchanchacháááán. Se me acelera el pulso, porque llevo tres años indagando en foros, en sites online, en revistas y hasta espiando conversaciones ajenas en la sala de espera, para dar con el increíble consejo que nos ayude a superar el miedito al jarabe (digo miedito, digo me sale del ombliguito, entiéndaseme…).

– Hágame caso: paciencia, mucha paciencia… – Sin mirarme, me extiende la receta – ¡Hasta luego, Lorenzo!

Se me ponen desconsuelan hasta los pelitos de bigote que me niego a tener. Por favor, ya si eso, que baje un meteorito y me aterrice en to’el sentío. ¿Paciencia? ¿Ha dicho paciencia?

– La paciencia la inventé yo, doctor… – Me levanto, me hago con la receta e, inconscientemente me doy a la fe: podremos con ello, como tantas otras veces, pero ya voy agotada antes del primer intento.

– ¡Hastaluegonooooo, adióóóóós…!

Como si oliese la tensión dramática, mi chiquito, haciendo lo que puede por respirar y vencer a los virus malos que lo tienen molido, se va hacia la puerta, con decisión marcial y sandunguera. Pero cuando todo apunta a que nos vamos (ya estoy en modo Sherpa: mochila del cambio, mochila de la merienda, el abrigo, el carrito, la carpeta del médico, mi bolso y un globo de helio de Peppa Pig más grade que la cabeza de un morlaco), el pequeño se gira y dice:

– Tú llorar, yo reír: ja-ja-ja… – Sentencia, mirando a su médico.

– No, amor, el doctor no llora, sólo es serio y se ríe para dentro, como los supositorios…

Y como todas las historias de amor, ésta también tiene final feliz, porque cuando no ves la luz al final del túnel, y son las dos de la madrugada y los mofletes del bebé dicen que allí arden carnes a más de 39ºC, el pobre te mira y, dando el enésimo manotazo a la cuchara, exclama:

– Jaabeconpetitsívaleeeeee…*

Jarabe con Petit, ¿sí? Vale. Música celestial, fanfarrias de coronación, la tuna y su serenata. Llámale piedad, llámale suerte, llámale ‘Jesusito de mi vida, eres niño como yo, haz que se tome el jarabe o me da un queseyó’. Gracias a la vida, que me ha dado tanto, que cantaba el otro. Lloro puritito nervio, y me pongo a dar palmas, festivas y gozosas. Qué bueno, qué bueno, lo mucho que te quiero.

– ¡Prueba superada, cosa linda…! – Le estrujo los mofletes, que huelen a Petit Suisse de fresa, locamente.

Podría morderle esa carita redonda hasta dejarlo pulido como una flauta travesera, palabrita. Ains.

Voilà! Ahí lo tienen, queridos; como predijo nuestro pediatra, tan sabio, tan gurú curapupitas, la paciencia, ay, la paciencia, la madre de todas las ciencias (incluso, la que inventó los supositorios, ¡qué fatiguitaaaaa…!

noemartinez.es

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