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Tu mejor momento

Ni fiebres ni virus ni bacterias ni cacas de mosca, los padres molones y tan abnegados como imperfectos, hacen de tripas Frenadol, y chutan y meten gol

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, ‘Tu mejor momento’, de Nacha Pop

 

Nada como un fin de semana de mocos y fiebres compartidas en familia, para darte cuenta de la fortaleza del ser humano. Antes, muy allá lejos, supongo que más o menos cuando lo de la separación de los continentes, si un padre/madre cursaba proceso gripal, lo de meterse en cama era un imperativo médico incuestionable. Al progenitor no se le podía molestar, ni mucho menos disturbar el sueño reparador, que tanto bien hace y tan bien sienta cuando por cuerpo se cree tener un pulpo mazado, ready to meter en la pota de cobre.

Pero eso, lo del descanso del guerrero tocado por los virus, es materia de estudio antropológico, como cuando te pones un documental sobre las cuevas de Altamira, y te asombra tanta creatividad magnífica, tanta ansia de representar con sangre en piedra lo cotidiano, para que las generaciones venideras supiesen lo dura que era la vida del hombre magdaleniense (acabo de buscarlo en Google, y no quepo en mí de gozo al saber que esos tipos toscos, con dedos como velas de chorizo del Bierzo, pasaron a la historia con nombre repostero…). Aaaah, pero cuando por fin tienes criterio y maldad de adulto cuestionador, llegas a la conclusión de que estos tipos magdalenienses pintaban en el techo porque qué otra cosa podían hacer, salvo salir de la cueva en pleno invierno, a censarse los pelos de las piernas o a despiojar a la suegra, bajo el olivo solitario, que ni es olivo ni es nada, pero como eran los únicos del lugar, pues daban en llamar a las cosas como les salía de los mismísimos. Pues bien, y volviendo a los mocos y la fiebres y los vómitos y las flemas y las gargantas enrojecidas como culo de mandril, itero en mi idea de que en la evolución del ser humano y la familia, en la 2.0, los padres hemos perdido mucha calidad de vida, sobre todo, sobre todo, sobre todo, porque si te duele, te aguantas…

– ¡Mamiiiiiiiiiiiiiii, meuelemuxooooaquííííi…!

El bebé se lleva la mano al cuello, dejando claro que allí dentro se está librando la Mundial. Lo cojo en brazos, como si un achuchón bien dado hiciese algo al respecto. Partiendo de la base de que Dalsy es Dios, los abrazos de mamá son el angelito de la guarda. Pobrecito mío, con los ojos brillantes y febriles, me mira buscando una explicación a todo aquello: amigdalitis y hambre es una combinación tope chunga, salvo que seas mi hijo pequeño, y entonces jalas igual, aunque a cada bocado emule el cuadro de ‘El grito’, de Munchen. Se me encogen los abdominales al mirarle ese semblante apagadito y mustio, pero no deja de maravillarme que sea capaz de pasar algo por el medio de esas dos pelotas de golf que tiene por amígdalas.

– ¡Mi lindiño, mala garganta, mala…! – Le beso la frente, y no puedo dejar de desear un agujero negro todo para mí, que se nos lleve de cabeza al verano, con su alegría, su jolgorio, su despiporre… y sus niños alegres, exentos de virus de m*erda, que parecen estar tan cómodos en casa, que estamos por adoptarlos…

– Mami, ¿hoy podemos ir a la piscinaaaa…? – El mayor, que cuando la fiebre le da una tregua, se viene arriba y debe pensar que estamos en casa, sin ir al cole, porque vive en una comuna Hippie o algo.

– ¡Mira, sólo de pensarlo se me eriza hasta el bigote…! – Me estremezco, porque los 38ºC que acusa mi alerón, no pueden ponerse, ni por asomo, a remojo frío. Socorro.

– ¿Se te rizaaaa el bigoteeeee…? – Nicolás se troncha. No puede parar de reír – Si se te riza el bigote quiero verlo…

– ¿Mamita, ondestátumigotesh? ¿ondestátumigotesh?– El bebé me dibuja con el dedito regordete un mostacho mayúsculo, que así, sin verlo, ya me siento muy Dalí.

– ¡Que yo no tengo bigote, hombreyá, que yo no soy una gamba…! – Y es decir gamba…

– Gamba, Lorenso quiere gamba… – Se confirma: las amígdalas inflamadas de mi bebé son de goma eva.

¿Cómo puede pensar en tragar, por mucha gamba que sea? Lecciones que supervivencia, Tomo I.

– No podemos comer gambas, porque estamos malitos y tenemos que comer cositas que no rasquen aquí… – Le toco la garganta y noto dos bolas gigantes a cada lado. Me muero de penita loca. Si pudiese aliviarle un minuto de dolor, vendería un dedo en Amazon, palabrita.

– Mami, yo ya sé por qué nos ponemos malitos, nos lo contó la profe el otro día… – Mi mayor habla como si llevase puesta una máscara de snorkel, tan gutural y tan inflamado que da dolor oírle. Aun así, es todo chispa.

– ¿No me digas…? – Exclamo, sobreactuada – Cuéntame, por favor…

– Por los virus y las bacterias y la caca de las moscas… – Arquea la cejas, solemne.

– ¡Un moshca hace así, miraaa…! – Lorenzo nos maravilla con una imitación insectil prodigiosa: es la única mosca del mundo con barriguita, pañal y camiseta de Pokemon. Glorioso todo, genial y delicioso él.

– Los virus y las bacterias con bichos malos que atacan a las personas y la vuelven mutantes… – Nicolás está en esa etapa hilarante, en la que todo tiene que ser escalofriante. Que una mosca te pique y acabes siendo un mutante, es muy Tarantinano…

– ¿En serio…? – Me río, y a cada jajajá, repaso el santoral, uno a uno, porque me tiran tanto las amígdalas, que se me viene a la cabeza una marioneta, con sus hilitos y un cruz de madera para manejarlos.

– Sí… – Rotundo, prosigue con su explicación Nicolás In Wonderland – Pero lo peor es la caca de las moscas, que es súper mega congiosa, ¿o qué te crees…?

– ¡Otra moshca hace así, miraaa…! – Y Lorenzo sigue haciendo bsssss sin parar, y a cada bssss, me lo quiero comer enterito, sin dejar miga. Sus ojos dicen fiebre y dolor, su actitud es vitalidad contagiosa: ¿cómo lo hace? No soy de quejarme, pero vergüenza me daría hacerlo viendo como manejan ellos sus malestares.

– Eres una mosca molona y guapa – Abrazo al bebé hasta estrujarlo – ¿Y esa caca de mosca, cómo hace para súper mega contagiar lo que sea?

– Es que la caca de las moscas es radioactiva: lo que toca lo convierte en lava de gelatina ultra tóxica… – Se le abren los ojos como dos faros. Lava de gelatina es tope frightening.

– ¡Galatinaesrica, mi ushtamí…! – Y vuelta la burra al molino: que comer y rascar, todo es empezar lo acuñó mi hijo.

– Menos mal que en invierno no hay moscas, que si no…

Busco acurruco entre los niños, que no abrazo, porque estoy tan poseída por el malestar, que necesito un punto de apoyo. Tengo la necesidad imperiosa de cerrar los ojos, pero no quiero hacerlo, porque temo no ser capaz de despegarlos hasta que se pongan de moda los coches que vuelan y la dieta del ChocoFunk (comer chocolate y bailar Bruno Mars como si no hubiese un mañana). Pero el cuerpo es tan suyo y los virus tan obstinados, que mi cabeza dice no, no, no, pero mi masa muscular dice yes, you can. Para cuando me doy cuenta, estoy imbuida en un sueño maravilloso y mullido: duermo a pierna en una cama blanquita, llena de cojines y un edredón calentiiiiiito y gordiiiiiito que me tapa hasta la nariz. Todo me huele vainilla y oigo música de ascensor…

– Mamiiii, me hago pis… – Me despierto ipso facto, media aturdida – ¿Estabas soñando?

– Sí… – Me incorporo, haciendo números para que el bebé deje de colgarse de mi cuello, como un koala.

– ¿Y con qué soñabas…? – Aparece el paciente padre, a mi rescate, tratando de despegar al bebé de mi cuerpo (toda yo, soy una mamá canguro…)

– Que vivía en el escaparate de Zara Home, no te digo más… – Y se me escapa un suspirito, lastimero.

– Pues entérate de si tienen room service, que pedimos reserva para los próximos quince años… – El paciente padre se ríe, porque debo dar pellizquito de lástima.

– Animal, que lo mismo se nos casan, y no me dejan manejar el cotarro…

Ni fiebres ni virus ni bacterias ni cacas de mosca, los padres molones y tan abnegados como imperfectos, hacen de tripas Frenadol, y chutan y meten gol; dentro de unos años, ya si eso, cuando la jubilación y el bañador en las playas de Benidorm, nos quejaremos de los juanetes, de la ciática, del lumbago y de que el Celta nunca gana la liga. Mientras tanto, ahí estamos, al pie del cañón, que los niños dan guerra y guerrita, pero en todos los frentes, los proyectiles son puro amor y son mi mejor momento. ¡Atchís…! Vaya, que lo mismo me ha picado una mosca…

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