Heinrich Heine: el poeta coñón

Pedro Hermosilla / HISTORIAS PARA UN RATICO

La historia de la humanidad está plagada de seres graciosos, cachondos, coñones, con chispa, etc.…Desgraciadamente le damos, o le dan los historiadores, más cancha a los asesinos, dislocados, guerreros, déspotas, dictadores…. que a los primeros. Como se ha demostrado que no somos capaces de aprender, no ya Historia, sino de los errores cometidos en ella; deberíamos fijarnos un poco más en estos bufones de vocación y sacarles más jugo. Se ha cometido el error de convertir la Historia en una sucesión memorística de acontecimientos trágicos protagonizados por matarifes dementes. Las guerras, las conquistas, las bombas, las epidemias… deben estar presentes ¡cómo no!; pero también había que hacerle un hueco a la gracia, el cachondeo, la alegría, los aspectos positivos de las gentes que han hecho historia por una u otra causa…mejor nos iría

Uno de estos seres fue el escritor prusiano, poeta, ensayista, periodista y muchos más “istas”,  Heinrich Heine. Podríamos decir que es el tipo que siendo considerado el último de los escritores del Romanticismo alemán del XIX fue el que se lo cargó y meternos a analizar las causas del porqué. Hablar de los estudios sobre su lenguaje sencillo, natural y empapado de musicalidad… Pero eso es un tostón para eruditos sesudos entre los que no me encuentro y que, por lo menos a mí, me importa un pimiento. Así que nos vamos a centrar en su faceta guasona.El Romanticismo

La primera guasa no fue mérito de él sino de la casualidad: era alemán y de origen judío. Cierto es que eso no supuso un problema hasta más o menos un siglo después, pero acojona el ver escritas las palabras “alemán” y “judío” así tan seguiditas. Primer atolladero del que sale Heinrich: se hace cristiano versión católico. Dicen que bajo la influencia de un viejo párroco. El sacerdote después de su conversión instó a Heine a renunciar de una manera clara, concisa, contundente y pública de Satán. Él le respondió a su viejo amigo: “Mire Padre, a estas alturas no me conviene nada crearme enemigos…». Asunto resuelto. (Años más tarde confesará que su huída del judaísmo era para no encontrarse en el otro mundo con sus parientes, judíos todos).

La gracia nunca ha hecho gracia a los poderosos y Heine no iba a ser una excepción y acabaron prohibiéndose sus obras en Alemania. Solución: se larga de Alemania y después de dar unos cuantos tumbos de aquí para allá va a parar a París donde moriría en 1856.

Enfermó y quedó postrado en una cama durante un porrón de años. Aún así tuvo el humor de escribir: «Tengo más que nadie un humor pacífico. Mis deseos: una modesta choza con una buena cama, buena comida, leche y mantequilla muy fresca; flores en la ventana y ante la puerta unos árboles lozanos. Si, encima, quiere colmarme, haga el Dios bueno que de esos árboles ahorquen a cinco o seis enemigos míos. Con alma conmovida los perdonaré, antes de que mueran, todo el mal que han hecho en este mundo”.

Ya muy cerca de la muerte su esposa estaba muy preocupada porque Heinrich Heine no perdía oportunidad para mostrar su escepticismo guasón. Le rogó a su marido que pidiera perdón por sus pecados a Dios… Ella dudaba de su perdón:- No sé si Dios te perdonará- le dijo. A lo que el poeta le contestó:- Dios me perdonará. Es su oficio.- FIN.

Por cierto la última después de muerto: dejó como heredera a su viuda siempre y cuando esta se casara de nuevo –«Al menos así habrá un hombre al que le pese mi muerte”.

Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen (“Ahí donde se queman libros se acaba quemando también seres humanos”) Heinrich Heine…(no se equivocó).

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