El silencio de las campanas

Manuel Huerta

Como dice Teo, uno de los personajes de la columna de nuestro colaborador y amigo Pedro Hermosilla (sección Opinión, «Los diálogos de Timo y Teo», no os la perdáis), «a este paso nos tendremos que comer las uvas en Nochevieja con un señor encaramado al balcón del ayuntamiento contando las campanadas con los dedos, bueno dos…que son doce: uno podría ser Ribó y el otro el campanófobo…».

Un político que acceda a cualquier rango de gobierno ha de tener muy asumido que gobierna para todos, los que le votan y los que no; a de saber tragarse su bilis y trabajar por unir, no por dividir, por conseguir, no por destruir, por aunar, no por separar. Y mucho menos sembrar el camino del día a día de sus conciudadanos de clavos robiznados que engangrenen las posibles heridas.

Y es que lo de este gobierno del tripartito no parece otra cosa que simple odio a lo cristiano. Y también a los valencianos a los que también gobierna y que somos creyentes. Sí, odio, palabra que manosean constantemente para evitar que se les sacuda con ella. Es lo que tiene la ideología puesta en práctica por encima de la democracia, que se convierte en fascismo. Un fascismo de ideas y de pensamiento, embrión del otro, el violento y de allanamiento de cualquier libertad, tal que ocurre en las militarizadas Cuba o Venezuela actuales, en dónde hasta la prensa libre es acallada y encarcelada.

No se si también añoran esas dictaduras ni se si llegaremos a tanto en esta Europa en proceso de reconstrucción y no se si estos políticos circunstanciales que nos mandan a golpe de trato de bar alternativo, que no de resultado de urnas, serían capaces de llegar a ese punto. Pero me basta con tener la duda de que pudiera llegar esa posibilidad para comprender que todos estos gestos impertinentes con la mayoría ciudadana no hacen sino engendrar una persecución implacable contra una forma de ser y pensar.

Compromís y sus adláteres, con la imprescindible colaboración del PSOE (de todas sus facciones, familias y grupúsculos), están por el adoctrinamiento de los más jóvenes, en borrar lo que para ellos no son más que símbolos de apoyo al capitalismo: la educación concertada o la fe católica, entre otros. Están por apartar a la Iglesia y su compromiso de ayuda y misericordia con los más necesitados y la familia, de un futuro alcanzado a base de esfuerzo, dedicación, humildad y no de subsidio; están para convertirse en los «zares» estalinistas que cambiaron a la sociedad. Que la cambiaron y la embrutecieron, la adocenaron, la analfabetizaron y la condenaron por «aborregarla» y ponerla a su servicio durante años y años.

Los quieren (a los más jóvenes) incultos e individualistas, sin reválidas, para que con esa escasa formación no se salgan del tiesto comunista pancartero y camisetero, egoístas con su entorno familiar, incapaces de pensar en grupo más allá de ir dando palizas por ahí a jóvenes de 15 años. Los quieren, nos quieren, a todos pobres e «inclusos», para deberles pleitesía por la retrógrada ideología de la subvención. Y esto con la colaboración cada día más estrecha de la Universitat de València, indecentemente politizada, ante el silencio más que cómplice de los llamados prebostes de la cultura valenciana, más catalanizada que nunca y nunca tan inservible como ahora para la convivencia y el progreso.

Ayer los crucifijos de colegios y las instituciones, hoy las campanas de las parroquias, mañana prohibirán la misa, aludiendo tal vez a falta de control sanitario en la comunión, que más dá. Ellos gobiernan desde el chantaje en el idioma en las aulas al odio que les genera el haber perdido a su abuelo en la guerra civil -lo han reconocido hasta la saciedad-, sólo para aquellos que les votan últimamente, no para todos los ciudadanos. Los que perdimos algún familiar paseado hasta la checa antes incluso de que estallara el alzamiento, por el simple hecho de tener una empresa o ser católico y que no les hemos votado, somos fachas, franquistas que no queremos montar en bici y sí queremos rezar. Así son ésta gente. Protagonistas del rencor y la división olvidada, enloquecidos con el verbo prohibir, simples ignorantes sin la instrucción necesaria para ejercer su función con responsabilidad. Nunca mejor dicho, que Dios nos pille confesados.

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