La flaca

Toda yo soy un tramo de la M-30, mil y una vez arrollado por camiones de gran tonelaje. No valgo ni para anuncio de esterilla…

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, «Flaca», Andrés Calamaro

 

Hay días en los que mi rato de ocio se reduce a respirar, mirar el techo, y vanagloriarme de lo mucho que me duelo así toda, en general. Porque cuando se acaba el día es cuando realmente me doy cuenta de lo cansada que estoy, y de lo mucho que supone ser madre de dos niños que piensan que tus brazos son un bonotransporte. Pero no es culpa de ellos, vaguitos míos, que van más cómodos que Cutús subidos en mamá, ya sea del sofá al baño, del baño al sofá, o del sofá a la cama; sino que la culpa es básicamente mía, que sucumbo a sus ‘ahora no, cuando acabe de hacer la torre de Lego’ y antes de que me salte el botón de autopropulsión (madre-puma en Modo On), los cojo a lo costalero, y venga, de aquí para allá, de allá para aquí. Todo bien, todo sobre plan, salvo que cuando por fin tengo mi hora y media de soñado descanso, me duelen hasta los párpados. No es cansancio: es apisonado, relleno y asfaltado. Toda yo soy un tramo de la M-30, mil y una vez arrollado por camiones de gran tonelaje. No valgo ni para anuncio de esterilla…

– Yo tengo que ir al médico, porque me duele el cuerpo… – Suspiro y finjo ver la tele, cuando en realidad, lo que hago es no pensar viendo muñecos moverse.

– ¡Claro! Es que es preocupante, porque no tienes motivos para que te duela… – El paciente padre a estas horas y con los niños en la cama (te alabamos, Señor…), se convierte en marido. En marido sarcástico y molón.

– Tengo los que tiene cualquier madre con dos niños pequeños; ni más ni menos… – Vuelvo a suspirar, y tan mal lo hago, que provoco un punto en lado de las costillas. Se me viene a la cabeza mi etapa de pato mareado en el cole, cuando educación física era un valor en alza y yo un rara avis, siempre más proclive a ver esfuerzos desde la grada – Vale, ahora me duele aquí…

– ¿Dónde…? – El maridito se incorpora, interesándose por mi nueva dolencia – Eso es una lesión de deportista de alto rendimiento.

– ¿Los Ezcolaris participan en las Olimpiadas…? – Y me señalo con los pulgares, en un claro Here, I am – ¿Pero qué me dices de mis bracitos? Ahí siguen los c*brones, dando por saco con su efecto murciélago.

No es justo…

– Efecto murciélago suena muy rebién, la verdad, es como si me hubiese casado con Batwoman… – Sonríe, que no ríe, porque sabe que sea lo que sea, debe ser hiriente para mí.

– Efecto murciélago es que cuando levantas los brazos a la altura de los hombros, los mueves, manteniéndolos extendidos, los bíceps se menean más que un flan Chino Mandarín… – Intento ejemplificar el asunto, pero estoy tan rempanchingada en el sofá, que la cosa es imposible.

– Mujer, así, más que Batwoman, pareces un zombie con parkinson… – Ahora sí, risa extra large.

– Bueno, hazte a la idea de que lo hago con los brazos extendidos… – Yo sigo dale que dale, haciendo círculos con los brazos tiesos – ¿Lo ves? Los bíceps bailando Regetón; me dan ganas de llorar…

– Y a mí también, nena… – El maridito me mira, y reconozco compasión y ternura a partes iguales en su mirada – No entiendo qué clase de infelicidades son esas: tus brazos son geniales.

– No, no lo son… – Hago mohín, sin dejar de moverme a lo Michael Jackson en Thriller, en versión cover de fin de curso.

– Sí, sí que lo son: no hay nadie que abrace mejor… – Y arquea las cejas, mientras sonríe.

– ¡Bueno, pero una no va todo el día abrazando…! – Agradezco infinito el querer, pero sigo con mi resentimiento corporal. Será el cansancio. Será. Será que de algo hay que quejarse. Será.

– ¡Qué nos enteremos los niños y yo…! – Y me acomoda en su regazo, como tantas veces lo hacemos con los niños. Supongo que, cuando la pataleta es injustificable dentro de lo que se supone el raciocinio de un adulto, la respuesta debe ser ad hoc. De lo más a gusto, oigan….

– Es que supone que si tengo el espinazo roto de levantar niños desde hace más de cinco años, debería tener los brazos igual de torneados que una mesa décimo nónica… – Suspiro y me pillo mis no-bíceps con los dedos índice y pulgar – Ves: ¡pellejo!

– A mí no me gustan las mujeres del XIX, las veo rancias, no hagas caso… – El pobre maridito no sabe si darme una pastilla para la tos o donarme a la ciencia. Estoy poseída por la negatividad, sumida en autoflagelación estética, sólo entendible por otra mujer, igual de extenuada que yo, igual de agotada que yo, con idénticas ganas de llorar por algo, aunque el motivo sea porque los pingüinos sólo se aparean una vez al año. Las hormonas, esa droga de curso legal…

– Yo una vez estuve cañón, ¿tú te acuerdas? – Lo miro fijamente, pero de fondo, se me cuela en la retina una foto de mis niños, posando para la ficha de principio de curso. Yo estaré hecha un basilisco, pero cosa guapa de hijos tengo – ¿Te acuerdas o no?

– Haz el favor de no hablar de mi mujer como si fuese un cuadro del museo del Prado: tú estás cañón, pero cañón del Colorado… – Ya no se ríe sólo: lo hacemos en modo siamés, jajá, jejé, jijí, jojó, jujú.

– El cañón del Colorado es un cumplido súper spaguetti wester, pero me encanta… – Ya he dejado de mover los brazos a lo walking dead en clase de zumba.

– La mamona que cuñó eso del ‘brazo efecto murciélago’ merece un paila en el infierno… – Se pone serio, rollo hasta aquí podíamos llegar – Verás que digo mamona…

– Y dices bien, porque si fuese un tío el nomenclátor, hablaría del culo de Batwoman, de las lolas de Batwoman… – Me río, mientras no dejo de manosearme parte por parte lo enumerado.

– No, si al final esto va a acabar bien… – Ojitos de chispum, viva la Madre Superiora.

– ¿Se habrán dormido del todo…? – Miro hacia la escalera, esperando ver bajar a un ser querible, en pijama, pidiendo lo que sea que sólo puede llevar mamá.

– Siempre podemos pedir por Amazon un dardo para dormir mamuts… – Ya nada importa, porque el sillón es nuestro.

– ¡Animal, con lo que les asustan las pinchas…! – Arguyo, melosa.

– ¿Las qué…? – Pregunta el marido, guasón.

– Las pinchas… – Puntualizo.

– Aaah, me pareció entender…

Y es la vida, el amor y el cariño que se abren paso, porque no hay inseguridad que cien años dure cuando quien te quiere, te recuerda que eres bien. Que eres diez. Que eres como tienes que ser. Eres madre de dos niños, cansada como el caballo del malo, con ojeras osopándicas por maquillaje permanente. Con alas de murciélago o no, lo único importante es quererse, y aceptar que no siempre la lozanía es sinónimo de belleza, porque saberse linda, es más de la mitad del camino andado para estar cómoda en la piel de una mamá normal, una mamá como todas, que quiere vivir con alegría esta etapa maravilla. Flaca, gorda, alta, baja, arrugada o con lunares de colores, no hay mamá fea. Lo diga quien lo diga, lo acuñe quien lo haga. No hay, que lo publiquen en el BOE, porplís. Y ustedes disculpen que no narre lo que sigue, porque a buen entendedor, pocas palabras bastan, ahora arrumacos, como para una boda, oigan. ¡Living la vidorra, ay mi madre…!

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