Fantasmas de hoy

Vicente Torres

Con el título pretendo distinguir a los fantasmas con los que nos hemos de entender de vez en cuando de los literarios, aquéllos que moran principalmente en los castillos británicos, dotándolos de encanto y de alicientes.

Los fantasmas a los que me refiero yo son más aburridos y quizá los haya de varias categorías, aunque no estoy muy seguro. Por hoy me centraré únicamente a esos que necesitan creerse más que la mayoría, lo cual ya da una pista sobre la salud de su mente. Como una de su estrategias para este fin se sirven de la de hacerse asequibles a lo que consideran el vulgo. Se suben a lo alto de una escalera imaginaria y dejan que el populacho se acerque hasta el primer escalón, si puede ser de rodillas, mejor. Quien llega hasta ahí se encuentra con que hay una reja que impide pasar. Ante la reja tiene permiso para hacer todas las reverencias que quiera, que el fantasma recibirá con fingido aburrimiento, pero con gran placer en el fondo. Para el fantasma constituye un tormento tener que disimular ese placer.

El fantasma está colocado en el cuarto o quinto escalón, que es el más alto, pero le gustaría que la escalera tuviera veinticinco escalones, o mejor noventa y cinco.

El observador que sigue las evoluciones del fantasma con curiosidad y lo analiza y lo clasifica del mismo que se hace con las mariposas o con cualquier otro insecto, lo sigue con la mirada cuando baja de la escalera para ir a sus ocupaciones ordinarias y entonces ve que se abraza efusivamente y compadrea con un sinvergüenza redomado, o varios. El fantasma que se pone tan alto en la escalera, y que es tan tiquismiquis con unos se mezcla en el fango con otros. Y es que un fantasma no tiene por qué ser consecuente.

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