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Napo: ‘Le Petit Cabrón’ (dando más guerra muerto que vivo)

Pedro Hermosilla / HISTORIAS PARA UN RATICO

Napoleón Bonaparte, el Emperador, Napo, o “Le Petit Cabrón” como lo  llamaban la soldadesca española, está dando más guerra de fiambre que de viviente.

La historia nos dice que fue deportado a la isla de Santa Elena y que nos dejó un  5 de mayo a la edad de 51 años (a nosotros los petit cabrones nos duran más, en algo debemos ganar a los franceses).  Se dice que la melancolía del emperador en la isla (Santa Elena está en medio de la nada en el Atlántico Sur a unos 2.000 kilómetros de la costa africana y a unos 3.500 de Brasil, con una neblina perenne y un paisaje desolado, o sea más fea que pegarle a un padre con un calcetín sudado), amén de un cáncer de estómago galopante, sobre todo éste, se lo llevó indudablemente a mejor vida (eso dice la autopsia que le practicó el galeno Antommarchi,  su último médico).

Hasta ahí  todo bien: el muerto al hoyo en vivo al bollo y viva Waterloo. Pero, pero, pero el FBI, que no se puede estar quieto; el  Laboratorio de Investigación Nuclear de Londres junto con el Departamento de Medicina Forense de Glasgow, se entretuvieron en  analizar un mechón de cabellos del emperador y en él… “voilà”: encontraron una concentración  de arsénico capaz de  aniquilar a una manada de elefantes africanos, que son los más grandes y lustrosos.  A partir de ahí empiezan científicos e historiadores a hurgar, que es lo suyo, y empiezan las peleas y los informes que apuntan a una u otra causa que explique la muerte de Napo.

Al ya referido cáncer  de estómago, se le suma  una intoxicación renal, teoría defendida por un médico jubilado danés llamado Arne Soerensen en su obra «Napoleons Nyrer» (Los riñones de Napoleón) y la teoría estrella del asesinato que es la que a mí más me mola. Pero…por qué?…por qué?…por qué? como diría Mourinho. Pues porque la concentración de arsénico hallada en sus cabellos  es una bestialidad  y aunque el veneno se usara en esos tiempos como remedio contra la depresión, contra los vómitos  y contra el estreñimiento, la proporción indica que alguien, o él mismo, iba a hacer pupita de la buena.

Porque… “Que el tóxico – arsénico – hallado en dosis masivas en el cabello de Napoleón impregnaba todo el núcleo del cabello, la «médula», es decir que no provenía de fuentes exteriores, sino que tuvo obligadamente que fijarse en ese lugar por vía sanguínea, es decir que introducirse por vía oral».  Esta parrafada está extraída de un informe del Dr. Pascal Kintz que es el mayor especialista en toxicología forense del globo; lo que invalida tesis como: «Los análisis de muestras de pelo de varios momentos de la vida del emperador francés revelaron que su cuerpo contenía altos niveles de arsénico desde niño.

Lo que es más, analizando cabellos de varios personajes contemporáneos, incluyendo su esposa y su hijo, llegaron a la conclusión de que el contenido de arsénico normal en un individuo de principios del siglo XIX era cien veces superior al actual. Esa alta concentración se atribuye a los pegamentos y tintes usados en la época, que según los investigadores “causaba la ingestión accidental de cantidades de arsénico que hoy consideraríamos peligrosas”. (De la revista Muy Interesante 14-02-2008) y según el arsénico encontrado en el tufo de Napo, éste debería desayunar tinte todas las mañanas.

La verdad, no parece que el personaje fuera tan tontaco. Porque la estancia de Napoleón, su séquito y sus guardianes corría a cargo de la Corona británica y estaba deseando que el emperador palmara pues les costaba ocho millones de libras anuales.  Porque los miembros de su séquito y sus guardianes sabían que cuando Napo doblara las perchas ellos regresarían a sus lugares de origen y abandonarían la inhóspita Santa Elena. Porque “Le Petit Cabrón” hacía honor a su apodo y trataba de manera despótica  a todo el que se meneaba por la isla, según cuentan los diarios encontrados de la gente que lo acompañaba. Porque Francia  no se fiaba ni un pelo de Napo y quería cerrar la puerta a un nuevo regreso del emperador para  ajustarle las cuentas a más de uno (por ejemplo Luis XVIII). Porque  algún  que otro miembro de su  corte de pelotas sabía que estaba en el testamento y esperaba heredar lo más pronto posible (eso es un clásico). Porque me gusta la novela negra, el thriller y las historias de detectives forenses (La saga «Scarpetta» de Patricia Cornwell por ejemplo) y como no soy ni historiador,  ni científico, me quedo con la teoría que me da la gana y no le hago mal a nadie con ello.

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