Opinión

Campanadas

Susana Gisbert

Este año, por primera vez en mi vida, fui a nuestro Ayuntamiento en Nochevieja. Al margen de implicaciones políticas, en las que ni quiero ni debo entrar, me encantó ver el ambiente de la plaza iluminada, el castillo de fuegos artificiales, la cantidad de gente. Parecía un día de Fallas, de esas fiestas nuestras que ya son Patrimonio de la Humanidad. Sóllo faltaba el olor a buñuelos, y me hubiera visto transportada al mes de marzo, que hasta el clima respetó la noche y se podía estar en la calle sin pasar frío.

Antes, seguí las campanadas por televisión. Añoré una televisión pública valenciana que retansmitiera el evento, pero lo pudimos seguir por una local. Sin presentadora rutilante con modelito y transparencias. Solo una voz que anunciaba cada una de las campanadas y contaba el ambiente, con alguna entrevista que otra. Y me tomé las uvas con toda tranquilidad, sin atragantarme ni nada. Será que me hago mayor.

Quizás por eso, porque no había maniobras de distracción en otras direcciones, me dio tiempo a pensar en los doce deseos que acompañen esas doce campanadas. Y ahí van

El primero, por desocontado, salud y bienestar para la gente que quiero, y para mí misma. Que ningún acontecimiento desgraciado nos estropee el año, y que no me falte nadie cuando acabe.

El segundo ya se imcumplió. Era que no hubiera ni una mujer más asesinada por violencia de género. Pero apenas han pasado unas horas del nuevo año y la cifra de la vergüenza ya empezó su macabro cómputo.

El tercero era que ninguna persona más del mundo pase hambre ni frío. Que la gente pueda vivir, y no solamente sobrevivir en unas condiciones indignas.

El cuarto se refería a los derechos humanos. Que en ningún lugar del mundo se sigan vulnerando como se vulneran día a día.

El quinto pugnaba por la paz. Por llegar al fin de los conflictos bélicos, esos que se llevan cada día a tantas personas y hacen sufrir lo indecible.

El sexto, por todas esas personas que se ven obligadas a abandonar su tierra. Que no tuvieran que hacerlo y si lo hacen, que tengan un verdadero refugio. Que ningún mar se tenga que convertir en cementerio.

El séptimo tampoco ha durado más que unos minutos. Apenas recién estrenado el nuevo año desde Estambul llegaba la noticia que se llevaba al traste mi deseo de que no hubiera más terrorismo.

El octavo hacía referencia a la igualdad. Que nadie fuera jamás discriminado por razón de sexo, raza, religión, orientación sexual, discapacidad o cualquier otra circunstancia.

El noveno se refería a la justicia, cómo no. Que por fin cuente con las leyes y los medios suficientes para ser lo que debe ser, el instrumento con el que podamos hacer valer nuestros derechos.

El décimo, a todos los niños y niñas. Que nada ni nadie les robe la infancia, la inocencia o los sueños.

El undécimo lo usaré de comodín, para pedir que todo el mundo tenga acceso a la sanidad, a la educación, a la cultura, y a tener trabajo y vivienda dignas.

Y, por último, el duodécimo lo dejo a gusto del lector. Para que rellene en él todas esas ilusiones personales que espera que se hagan realidad. Ahí metí yo también las mías.

Ojala pudieran cumplirse todos. Ya les contaré a final de año si al menos lo ha sido alguno de ellos

Feliz 2017

@gisb_sus

print

Agregar comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario