La palabra tiene sentido en la frase

Pedro H. Pineda / EL ARTE DE ESCRIBIR

”La palabra —escribe García de Diego, en sus “Lecciones de Lingüística”— no es nada más que en la frase, y en la frase la palabra no tiene su cúmulo de acepciones, sino una sola, y esta sola acepción no es puro valor de la palabra, sino acepción recibida del contexto o polarizada por él.»

Tampoco el verde de las hojas del olivo o del álamo es siempre el mismo, sino que depende de su contexto, esto es, del aire, de la luz, de la hora —del minuto acaso—, en que esa hoja brilla al sol o no brilla a la sombra. Color huidizo, siempre cambiante, martirio del pintor impresionista que quiera plasmar ese fugaz momento luminoso del paisaje.

”La palabra —sigue García de Diego— elemento de frase, tiene en ella una significación momentánea, determinada por la situación o contexto. La palabra, estrictamente hablando, no tiene significación, sino aptitud de significación. Tal palabra puede recibir las veinte significaciones que el Diccionario le asigna, pero también otras que no le asigna».

Es el problema, por ejemplo, que a todo escritor consciente le plantean los sinónimos. Alguien ha dicho: “los sinónimos están en el Diccionario”. La verdad sería más bien lo contrario. “De modo absoluto —escribía Albalat— puede afirmarse que no hay sinónimos. Pereza, ociosidad, indolencia y holgazanería tienen sentido diferente».

“El sentido de la palabra —según Marouzeau— no puede ser más que aproximativo, como nuestro propio pensamiento. La lengua es, además, una construcción imperfecta, muy insuficiente para nuestras necesidades; el material de las palabras resulta impotente para expresar todos los aspectos del pensamiento, del sentimiento, de la imaginación. Sin cesar, nuestro vocabulario nos traiciona por defecto. Y también por exceso».

Un poeta granadino, ha dicho:
« Indiferentes, palabras
perdidas. Nadie el acento
de su realidad descubre,
íntimo. Mudo el secreto
de su esencia, como un río,
calladas, van hacia el centro
de un mar que creará las nubes
de su sentir verdadero» (1).

«La palabra —precisa Marouzeau— no significa más que lo que en cada caso representa para el que la pronuncia y el que la escucha. ¿Qué significa “lago”? Para un geógrafo, un elemento de la topografía; para un turista, será la evocación de un alto a la orilla del agua; para un pescador, el recuerdo de un buen día de pesca; para un poeta, acaso no sea más que un espejo.» Y es que la palabra —como dijera Ortega— implica siempre una transposición, una metáfora.

De ahí que el Diccionario, con toda su riqueza de léxico no sea, a fin de cuentas, más que un cementerio donde yacen las palabras muertas. Y el escritor, un taumaturgo dotado del mágico poder de revivir a esos vocablos inertes, de decirles, como a Lázaro, «levántate y anda». Y de transformar, transfigurar así, a la momia, en ser vivo que alienta; de convertir a la palabra-cadáver en un ser lleno de vida, de significación y de sentido.

(1) Elena Martín Vivaldi, “Cumplida soledad”. Colección “Veleta al Sur”. Granada

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