Opinión

Aquella terrorífica noche del año 999

Antonio Gil-Terrón 

Profecías sobre el Fin del Mundo hay un montón. Diferentes agoreros se han dedicado durante siglos a amargar la existencia del prójimo, con todo tipo de interpretaciones apocalípticas en las que se fijaban fechas exactas del Fin de los Tiempos.

Tal vez una de las predicciones más sonadas fue la que fijaba tal fatídica fecha en la noche vieja que iba a alumbrar el nacimiento del Año Mil de Nuestra Era.

A consecuencia de dicha creencia, la noche del 31 de diciembre del año 999 las iglesias de la cristiandad fueron copadas por toda una legión de hombres y mujeres que llorando a moco tendido, le suplicaban a Dios el perdón de sus pecados, desde la certeza de que esa noche llegaba el Fin del Mundo; el Juicio Universal.

Así y sin el mínimo atisbo de rubor, los crápulas confesaban a gritos sus guarrerías y concupiscencias, mientras los avaros y usureros, en un irreverente insulto a Dios, le ofrecían sus tesoros, a cambio de que les fuesen perdonadas sus jacobinas avaricias.

Por su lado, los recaudadores de impuestos reconocían públicamente sus abusos y sisas, mientras que los sentados a su lado confesaban sus fraudes a éstos, así como dónde escondían su oro no declarado.

Los orgullosos vestían – cabizbajos- sayal, al tiempo que cubrían sus cabezas con cenizas, reclamando misericordia.

Familias donde, tanto maridos como esposas, confesaban a voz en cuello sin el mínimo pudor, el carrusel de cuernos y amantes con que habían salpimentado sus oprimidas y miserables vidas.

Clérigos encaramados en los púlpitos, rasgándose sus hábitos mientras confesaban truculentas historias de glotonería y concupiscencia.

Todos, llorosos, compungidos y acongojados (con los “congojos” por corbata), esperaban oír junto a las últimas campanadas de la medianoche, las trompetas seráficas que harían levantarse a los muertos de sus tumbas para, junto a los vivos, comparecer ante el Divino Tribunal.

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Así, tras la misa de medianoche, reinó una afonía mortal en todos los templos de la cristiandad.

Como niños asustados, creyentes y no creyentes, yacían con el rostro clavado en el suelo sin atreverse a levantar la mirada, mientras un sudor perlado resbalaba por sus pálidas frentes heladas.

Tic-tac…tic-tac… tic-tac…

Sonaron las doce campanadas y con la última, un silencio sepulcral se apoderó del mundo cristiano.

Silencio que tras unos minutos de tensa espera, se fue trasformando poco a poco en un tímido murmullo que concluiría estallando en un alborozado bullicio trufado de risas y lágrimas.

Ya habría tiempo de explicaciones; de arrepentirse, avergonzarse y pagar, por todas las inconscientes y precipitadas confesiones que públicamente y a gritos, se hicieron aquella sonada noche del año del Señor, 999.

Tiempo habría…; tiempo habrá.

¡Feliz Año Nuevo!

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