A un minuto de ti

No hay nada que me guste más que empezar el día con sensación de ir saltando obstáculos, que realmente no salto, sino que son ellos los que arrollan a mí

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

Sugerencia música, «A un minuto de ti», versión de Antonio Carmona

 

Corregidme si me equivoco, pero a veces la vida parece que tiene su propio temporizador, y que, en todo caso, casi nunca coincide con el tuyo. Esas veces en las que parpadeas en lunes y te pones en domingo de Pascua, con sus huevitos de chocolate, su rosca y sus ‘a mí me gusta más reyes, que los regalos llegan como más a mogollón’. Otras veces, parpadeas en martes y en martes te quedas, pero te quedas para siempre, como si viviese en el día de la marmota. Y luego están las otras veces, esas en las que parpadeas a las 06.30 de la mañana y cuando abres los ojos estás perdiendo el bus del cole. El tiempo, ese coloso tirano que jamás hace nada por caerte bien, salvo caerte encima, como cuando el tinglado de los pobres dinosaurios, que dijeron aquello de ‘mira, Dino Felisa, una estrella fugaz’ y para cuando Dino Felisa miró: ¡Cataplum! Campana y se acabó…

– ¡Ay, Dios mío…! – Presión nivel Magefesa en modo ON – ¿Pero quieres hacer el favor de dejarme abrocharte el chaquetón?

A mis hijos, como a los hijos de cualquier mamá trabajadora con prisa, no les mola nada hacer lo que se les dice, sobre todo, sobre todo, sobre todo, cuando lo que se espera de ellos no tiene que ver con comer chuches hasta que la caries se arranque por peteneras. Por eso, que yo viva en la tensión constante de sentir como la aguja pequeña del reloj hace un brocheta con mi sacrosanto pompis, a mis pichurris de amor se la refanfinfla entre mucho y mitad.

– ¡Noooo, saquitón, nooooo…!*

No, chaquetón, no. Cuando a mi bebé se le pone en lo alto de la voluntad el no, no hay tu tía que pueda con él. Yo, que siempre he sido de naturaleza abandonada para eso del ejercicio, ahora me veo practicando lucha grecorromana con un miniser que tiene más fuerza que yo, mil veces. ¿Obélix y la marmita? Pues tal cual.

– Lorenzo, hijo, por favoooor… – Y ni por favor ni por favar: que no.

– ¡Papiiiiiiii, veeeen…! – Nicolás, que tiene corteza ya en las pataletas de su hermano, llama al head máster – Que Lorenzo quiere ponerle a mamá el chaquetón de sombrero…

– No, sombrero mía… – La etapa de todo es mío, menos la culpa, la acuñó mi lindo bebito.

– ¡Lorenzo, deja a mamá ponerte el chaquetón! – El paciente padre, aún masticando el último trozo de tostada, mira el reloj y arquea las cejas: a otro que lo pilla el toro – Hay que ser bueniñoooo…

Ni bueniño, ni leches: cuando un bebé dice no, pues no queda y san se acabó. Y ahí estábamos la madre, el hijo y si me apuro el Espíritu Santo, luchando porque las manitos aflorasen por las mangas del abrigo. Tengo obsesión con hacerle daño en los deditos (esa manía suya de abrir la palma como si fuese un asterisco), así que me asomo al agujerito redondo del codín, pero me acerco tanto, tanto, tanto que…

– ¡Ay, no…!

En todo el ojo, oigan. Y no es que mi bebé tenga los puños de Mohamed Alí, pero una buena piña bien dada, así de mañana, con los nervios de punta y con ganas de salirme de mi cuerpo, como la Ávila, pues también tiene su cosa, no les digo que no. Más que puñetazo, dedazo, porque el índice fueme a parar en todo el globo ocular, tan blanquito y redondito y lleniiiiiiiiiiiiiiito de lágrimas. Se confirma: no hay rímel FingerProof, porque parezco la fontana de Trevi: lloro a chorro libre.

– ¡Lorenzo, no se hace daño a mamita, hombreeee…!

Mi mayor, que de empatía va relleno como un pavo de navidad, se me acerca, para hacerme el sana, sana, culito de rana. Yo, que aunque emulo a un clíclope, con un ojo nublado y tapizadito de dolor, saco a relucir mi ocelo mágico, ese periscopio que todo lo ve, sobre todo los peligros peligrosos que pudieran lacerar a los amores diminutos. Ese radar que se te desarrolla nada más notar como el bebé asoma la cabeza por tu trópico de cáncer: llámale alas de madre, llámale que se me escoña el niño. Vale, pues mi radar entra en acción, antes de que mi mayor acabe con los piños contra la mesa del salón. Lo cojo por el aire, que ríete tú de la escena final de Dirty Dancing.

– ¡Ay, c*rallo, que te matas! – ¿Suerte? Quizá, no obstante, me quepo en mí de gozo al ver que mi pequerrecho sigue con los dientes en el mismo sitio. El paciente padre, lívido, me mira y suspira, compartiendo felicidad.

– Tontontontontontotoooon…

Y mientras sorteamos el desastre una y otra vez, el pequeño ruiseñor, príncipe de ‘Los no me pongo el abrigo ni que llames a Benemérita’, coge una olla de juguete y un cera CONTE y empieza a aporrear a lo loco. Pudiera parecer un pasacalles, pero el muy cabrito, perspicaz y ocurrente a partes iguales, festeja con algarabía y emoción que el reloj de cuco del vecino se marque un solo de gorjeo: son las ocho, son las ocho, son las ocho, son las ocho, son las ochooooo.

– ¡Nicolás, las ocho! ¡La madre que me parió, vamos a perder el bus…!

Siendo rigurosos con el lenguaje, no lo vamos a perder: ya lo hemos perdido. Fenomenal: no hay nada que me guste más que empezar el día con sensación de ir saltando obstáculos, que realmente no salto, sino que son ellos los que arrollan a mí. Ojú, qué bien salir ya sudada de casa, así me evito el sofocón de no saber si huelo o no, porque ya tengo la certeza de que sí, a cebolla caramelizada, mismamente.

– Venga, niños al coche de papá: hoy os llevó yo al cole y a la guarde…

El paciente padre carga ya la mochila XXL del bebé, la mochila XXL de escolarizado, sus enseres de ser humano normal (llaves, cartera, kleenex, móvil y bocata para media mañana). Con todo en la mano, me parece un Sherpa, lo que provoca en mí una ternura infinita. Eso de ‘mi marido no me ayuda con los niños sino que los criamos a medias’, en su caso es más verdad que el aire que respiro. Lo miro y pienso, qué suerte la de estos niños que este tipo extraordinario sea su padre.

– ¿Y a mí no me puedes dejar en la puerta de Amancio Ortega, metida en una cesta y con toquilla? ¿Será tarde para que me adopte…? – Me recompongo, lucho por enésima vez con el bebé para que de-una-p*ta-vez-se-ponga-el-chaquetón, y subo, escaleras arriba, a darme la segunda ducha del día: huelo a empanada de taberna.

– No, que lo mismo te duermes y cree que estás haciendo un mannequin challenge…

El paciente padre se ríe, con expresión divertida, como diciendo ¿a que en cuanto el cierre la puerta te vas a marcar un ‘I will survive’, de Gloria Gaynor? Me río yo también, porque no lo verbaliza, pero tenemos telepatía loca. Y es que son las 08:10 in the morning, llego tarde al trabajo: eso ya es un hecho. Aun tengo que darme otra ducha (de esas tipo fumigar: visto y no visto), cambiarme de ropa y salir con rictus de estoy fresca como Rodolfo langostino.

– ¡Decidle ciao a mamitaaaaa…!

Y mis miniyó se giran, y me regalan la sal de la vida, el origen y final de mi ser, la único que necesito para seguir adelante. Me sonríen, uno a cada lado de papá, y pienso, vale, estoy desquiciada perdida, con déficit de sueño desde Calvo Sotelo, con menos energía que el foco de una bici. Con todas y con esas, ¡cómo mola la gramola!

– ¡Marchaos ya, malandrines, que os como la cara todos!

Se marchan. Oigo como el reloj de cuco del vecino sigue dando por saco, pero ahora para recordarme que, entre cursilada y cursilada, ha pasado media hora más. Mientras subo las escaleras para darme la ducha express, pienso que si algún día vuelvo a tener control de mis actos y de mi tiempo, voy a entrar a hurtadillas en casa de mi vecino, y me voy a postrar en una mecedora, con una bolsa de pipas y la pistola lanza dardos NERF de Nicolás, y cada vez que asome el p*to cuco: ¡Zas, en todo el gaznate! Reloj, no marques las horas, anda, que siempre me llevas un minuto eterno de ventaja…

noemartinez.es

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