Todo lo que necesito por Navidad, eres tú

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE
SUGERENCIA MUSICAL, BSO Love Actually, All I want for christmas is you, de Mariah Carey

 

Cuenta la leyenda, que hace muuucho, muuucho tiempo, quizá no en una galaxia muy lejana, una mamá encantadamente imperfecta, fue pequeña, como hoy lo son sus niños. Cuenta la leyenda, de igual manera, que esa mamá encantadamente imperfecta esperaba con ansia infinita la llegada de la navidad, con su purpurina, sus villancicos desafinados y la enésima conversación en familia, para saber si se cenaba bacalao con coliflor o coliflor con bacalao (noooo, bacalado nooo, que no me gustaaaa, BSO del momento). Sea como fuere, y hagan los años que hagan, aquella mamá entonces niña, arrastra con gusto y decisión, aquella ilusión lunática por los fastos, las mesas bonitas, los regalos con lazos descomunales y, sobre todo, la sensación increíble e incomparable de saber que nada mejor que la familia.

Mi familia, diciembre 2016. #ElTiempoHaciendoUnVueloRasante

– ¡Ooooh, ese árbolo de vividá es rrrrandeeee…! – Lorenzo, con su dedo regordete, señala el árbol de navidad, cuyas luces no dejan de parpadear ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no.

– Sí, amor, es muy grande, súper grande… – De cuclillas, en posición ‘Gallina Turuleta ha puesto un huevo, pero yo pongo dos’, me congratulo de lo muchísimo que ha crecido mi bebé. Sin ir más lejos, la navidad pasada no se enteró de nada. El pobre, a duras penas reparó en el tinglado luminoso un par de veces, una de ellas, intentando comerse una bombilla roja, diciendo que era un tomate.

– ¡Es rande y muy guapo, qué guapoooo…!

Mi pequeño se gira, buscando mi aprobación a su juicio. Al margen de que el árbol no pueda ser guapo (no se parece a Ryan Gosling, es obvio…), no se le puede negar belleza. Animado o inanimado, este año nos quedó un árbol de navidad genial. Un árbol muy sin criterio estético definido por los cánones de catálogos, de escaparates o de anuncios de la tele. Lejos de dejarnos influenciar por tendencias cromáticas o calibrado y selección de formas y tamaños, este año la cosa va más ‘tú pon, y a ver qué pasa’. Con la máxima de que no quede una rama sin travestir, los niños, el paciente padre y yo hemos creado un árbol transgénero, porque no le faltan collares, bolas multi color, un Playmóbil payaso, figuritas de plastilina fosilizada, con ínfulas de haber sido, quizá un león, quizá un avión, quizá una pasa, quizá un higo, quizá un mordisquito para mi amigo. Cuando hay niños en casa, la estética refinada y distinguida de un árbol pasa a un segundo plano. Viva la revolución. Oda al Pantone Titanlux.

– Nicolás, pásame la estrella…

El paciente padre, que sigue empeñado en luchar contra los elementos, saca a relucir su condición de arborícola perfeccionista, y con un ojo guiñado, busca la vertical al asunto: la estrella guió a los de Oriente, no será él el que la ponga a la birulé.

– Papito, es que Lorenzo se sentó en la caja de los adornos y mira…

No mires, no me mires, no me mires, déjalo ya, que cantaban aquellos. Veo, por la expresión del paciente padre, que algo en su plan de arquitecto paisajista, no va bien. Acto seguido, veo como la mano elegante y ágil de mi mayor le extiende la estrella en modo acordeón: más arrugada que la faja de una prima Donna.

– ¡Oooh, estrella es mía…! – El bebé, que donde hay brilli-brilli, ahí está él, se echa en plancha a por el ornamento de marras.

– ¡Chechecheché…! – Intercepto el robo, casi al vuelo – ¡Va…!

El paciente padre, que no ve serio que nuestro árbol tenga una estrella plisadita, menea la cabeza y pregunta, cual desideratio, si no hay otra que no tenga la estela como el papelito de las magdalenas.

– Mamita, ¿tú sabías que la magdalenas se llaman muffins? – Nicolás, ajeno a la tragedia griega de dejar la estrella apuntando a Marte, se entretiene poniéndose guirnaldas en la cabeza, como pañuelo Karateca.

– Sí y no… – Respondo, con cierto sarcasmo – No son lo mismo: los muffins son magdalenas con esmoquin, todas elegantes…

– ¡Moki, mokiiii…! – Lorenzo, que coge todo al vuelo y hace siempre suyo lo el rábano por las hojas, se echa a mi nariz, apretándola como la bocina del triciclo.

– Moki,moki, no, Lorenzo, esmoquiiiin… – Nicolás se troncha. Sé, por su expresión que no tiene ni pajolera idea de qué es un esmoquin, pero ni falta que le hace, porque cuando la cosa va de reírle la gracia a su hermano, él es el primero.

– Pero vamos a ver, ¿estamos a estrellas o estamos a muffins?- El paciente padre, que a estas alturas, aun encaramado en la banqueta de IKEA, sujeta con la boca una bola enorme con un oso polar con bufanda (se confirma, pues, que hay una gen friolero en todas las especies), pide ayuda en su misión. En LA MISIÓN, no nos olvidemos que la estrella es el culmen de la operación árbol de navidad.

– ¡Toooma, papito, es un maraca…!

Y Lorenzo, que se toma muy en serio eso de ayudar aunque nadie se lo pida, le acerca a su padre su posesión más preciada: las maracas. Si la cosa pasa por aportar soluciones, la suya, sin duda, es la más genuina y increíble. La más disparatada e hilarante, también, y eso la hace maravillosa.

– Pero, Lorenzo, hijo, ¿cómo vamos a poner una maraca en lo alto del árbol…? –Me río a todo lo que me da la vida, y aun así, me quedo con ganas de seguir haciéndolo. Nicolás, me acompaña, porque tiene el don de saber reírse, siempre y cuando no sea de sí mismo, que estamos en la etapa de ‘Chuflas conmigo, las justas, gracias’.

– Sííííi, papiiii, síííí, así cuando Lorenzo empiece a sacudir el árbol, sale música… – Mi mayor, que es siempre el parche al socavón, lo ve fetén. Incluso, aporta – Yo con mi guitarra eléctrica, y el bebé con el árbol-maraca, ¿te imaginas…?

– ¡Maracaaaaa…¡- Lorenzo, seguro de sí mismo, sigue a pie de arbolito, con su ofrenda en la mano – ¡Maracaaaa! Carrascáscarrascásquimonitaserinataaaaaaa…

– ¿Mami, qué…? – El paciente padre, que no sabe si dejar la maltrecha estrella, tan retorcida, tan a lo ‘Ruta de senderismo pintoresco, Ledesma de la Cogolla’, que mete miedito loco.

– ¡Sin dudarlo…! – y asiento, divertida.

El paciente padre entorna los ojos, menea la cabeza, se ríe gustosamente, y agradece a Lorenzo el préstamo de su instrumento de percusión. A renglón seguido, hace lo imposible porque luzca no sólo vertical, sino seguro, en la copa del árbol de navidad más disparatado del mundo.

– ¡Niquelado…! – Sentencia, con pitorreo y satisfacción.

Y los niños y yo, más felices que Cutús, aplaudiendo lo molón de nuestra decoración navideña. Así, a lo loco, a emoción libre, damos el primer concierto de abeto en Re menor, a saber: bebé aporreando el árbol, maraca tracatraca. Mayor marcando acordes con la guitarra eléctrica de FisherPrice. Los padres de los Morancos aplaudiendo a dolor en el estribillo: los peces, el río, la mula, el tamborilero y la marimorena. Como ven, chatitos míos, ser feliz no es cuestión de ocasión, sino de intención. Quiéranse, ámense fuertemente, porque aunque es navidad y parece que todo se tiñe de casi mentirijilla, es maravilla tener una excusa para dejarse llevar. Porque sí, porque me siguen, me leen y me emociona infinito que lo hagan, les deseo a todos ustedes, lo mejor de la vida: amor hasta que lluevan sensaciones. Felices fiestas, guapos míos!

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