Llegaste tú, llegaron todos mis miedos

El pediatra, ese ser curtido en mil batallas, todas ellas repletas de madres que quieren una varita mágica para que los males se curen en un sana, sana, culito de rana…

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, «Llegaste tú», de Luis Fonsi y Juan Luis Guerra


Y cuando los ves tan pequeñitos, tan pedacitos de ti, que todo lo que hacen parece que es para volverte turuta de amor, lo de que se pongan malitos, es un patada tan de carrerilla en todo el estómago, que no sabes lo que es hasta que llega la primera fiebre. Te lo dicen, te lo cuenta, lo lees Ser Padres + Padres Hoy + Mi bebé + Internet all around, pero cuando de verdad llega ese primer 39 como novedoso dígito al termómetro, te pones como las cabras de Heidy, sin capacidad para relativizar y con absoluta convicción de que la vida es la gran caca de la vaca. Lo sé, es necesario ser mamá o papá primerizo para saber de qué hablo, porque pudiese parecer exageradamente exagerado, pero no. Nopi. No, pero no, de los súper no: cuando el primer fiebrón llega a la casa de unos papis nobeles, llega el canguele, el descontrol y, seamos, sinceros, el pánico a que lo que parece un catarro a ojos del médico, sea cualquier vete tú a saber qué. El miedo te paraliza, y sin embargo…

– ¿Desde cuándo lleva con fiebre…?

El pediatra, ese ser que podría poner él sólo la vacuna de la rubeola a un oso pardo con parkinson, oriundo del desierto del Gobi. El pediatra, ese ser curtido en mil batallas, todas ellas repletas de madres que quieren una varita mágica para que los males se curen en un sana, sana, culito de rana. El pediatra, ese ser que…

– ¡No tienes pelooo, a que noooo…! – Nicolás, con su mano regordeta y sudorosa de fiebre contenida con chupito y medio de Dalsy, le acaricia el cogote al adusto doctor H. – ¡No tienes pelooo, a que noooo…!

Ay, c*rallo, me va a dar un parraque.

– Efectivamente, no tiene pelo, como el abuelo, que tampoco tiene… – Como puedo, atajo su maniobra, que iba directamente a tirarle del único pelo-antena que campaba a sus anchas en la calva con pedigrí de nuestro ilustre pediatra. Sudo como un geiser. Quiero una capita de invisibilidad, porque el bochorno lo he inventado yo. Socorro.

– Nicolás, abre la boca y di aaaah… – El doctor H. hace oídos sordos a la obvio y lo audible, porque para qué, poco puede argumentar en su capilar defensa. No es conocido el sabio por su sentido del humor, pero aun así, mi hijo le hace cierta gracia, porque es como un señor reducido. Tan sensato. Tan sincero. Ains.

– ¡Asca na tanas naun paloooooaaaah…! *

Es que no tienes ni un pelo, aaaah*. Mi niño, con la boca abierta cual tobogán, aguanta la arcada que le provoca el palito de madera con el que el médico le mira las amigdalotas (en mi vida: son como melocotones de Calanda, mon dieu…) pero no escatima verdad alguna al respecto de su más que evidente calvicie. Y si no tiene pelo, no lo tiene. Y si no tiene ni uno, ni un pelo, pues qué le vamos a hacer. ¡Ay, diosito de mi vida, que esta consulta acabe pronto, porque me incinero en mis propias vergüenzas!

– Pues claro que no tiene… – Argumento, haciéndome la graciosa, para evitar que esto acabe en un ‘señora, convendría que le diese ibuprofeno cada ocho horas y una dosis de eso no se dice, eso no se toca, eso no se hace, cada minuto y medio’ – Porque los inteligentes tienen que tener despejada la cabeza, para que salgan las ideas brillantes…

El ilustrado doctor H. me mira por encima de la gafas, hace mohín de ‘no me puedo reír, pero lo haría con gusto si no fuese en contra de mi ADN’, y sigue a lo suyo, con sus cosas de doctor H.: mira por aquí, ausculta por allá, aprieta la barriga por acullá, doblando la cabeza por la diestra y mirando lo oídos, con luz y todo, por la siniestra. Pero Nicolás, que tiene fiebre, pero siempre ha sido muy de comunicarse aunque sea con el Manneken Pis, sigue dando zanfoña con el tema. Socorro.

– Cabeza brillaaaanteeee, es muy brillaaaanteeee… – Y figuradamente (menos mal…), hace que le acaricia la calvorota al pediatra. Simula una cúpula con sus manitos, como si fuese el huevo de un dinosaurio (el de eclosionar, digo).

– Ideas brillantes. Ideas brillantes, Nicolás, no cabeza brillante… – Atajo y mi miro al doctor H., más que nada, para asegurarme de que aun no echó a arder, como las zarzas del tinglado aquel del monte de los olivos. El susodicho me mira, con clemencia bizantina y me dice.

– Señora, deje de meterse en jardines de difícil salida…

Y se ríe como nunca antes lo había visto hacerlo. Y esa sonrisa descolocada, tan fuera de lugar que pareciese una pieza de quita y pon de un encajable SuperPotato, hace que me estremezca, porque sólo caben dos posibilidades: que sea el Jocker de Batman con título de medicina, o que se haya vuelto loco. Recapacito un chisgarabís y me doy cuenta de que, incluso, cabe la posibilidad de que sean las dos opciones. Yo me quiero ir casa, con mi receta y mi niño papucho curadito. Yo me quiero ir a mi casa, a meter la cabeza bajo la almohada, en modo de avestruz 2.0.

– ¿Le pongo la ropa ya…? – Pregunto, temerosa de que me diga que no, que para descartar lo que sea, tenemos que hacer una placa, un encofrado, una peregrinación a Fátima o hacer cola en un probador de Primark en plenas rebajas. No se me salen de la cabeza los 39ºC del termómetro, y tengo miedo a todo, incluso, a la templanza del doctor H., ese hombre en el que se inspiró IronMan.

– Sí, vístalo… – Y veo como las manos curtidas de mi pediatra garabatea un jeroglífico en una receta.

Escribe poco, cosa que no sé si me gusta o disgusta: ¿es que no oyó bien que mi niño tiene 39ºC de fiebre desde ayer? La gravedad y la relatividad, dos conceptos tan cósmicos como humanos.

– Es un virus catarral. Ahí tiene, señora: un antitérmico cada ocho horas, si hubiese fiebre – Y me extiende la mano, con la receta de marras.

– ¿Sólo eso…? – Miro la receta como lo hizo el primer antropólogo que se dio de morros con la piedra Roseta – ¿Y si no mejora? ¿Y si se pone con tos? ¿Y si le dan vómitos por noche, de tanta flema?
Silencio. Pausa OK Corral. El doctor H. me mira por encima de las lentes y da una palmada, como diciendo, ¿tú qué más quieres, Maricarmen?. Nicolás, que a estas alturas ya está valorando el pesar un zapato y lo que le queda de un zumo de piña en la báscula de bebés (de aquí nos sacan escoltados por la Benemérita…), se acerca y aporta a la conversación un maravilloso…

– …La virgeeen sestááá peinaaandoooo, entre cortina y cortiiiiiiinaaa, sus peloooos son deoro, su peiiineee de Nocillaaaaaa…

– ¡Nicolás, hijo…! – Peinando. Peine. Pelos. Nocilla. Doctor H. calvo perdido. Dame veneno, que quiero morir, dame veneno, que cantaban aquellos – ¿Anti térmico? ¿Nada más?

– Antitérmico, paciencia y agua, señora – Y baja los ojos, para recordarme que, de aquí a que a mi hijo le salga el bigote de Pancho Villa, esta medicación me va a ser muy conocida – Hasta la próxima, Nicolás, cantas muy bien.

– ¡Me las sé todas…! – Pausa – Mi baaaarbaaa tieneee tres peeelos, tres peeelos tiene mi baaaarbaaaaa…

– ¡Nicoláááás…! – Ay, Dios, yo muero aquí mismo – Buenas tardes, doctor, gracias por todo.

Y tanto que sí, pero no sólo por darme la medicación adecuada, sino por transmitir tranquilidad, eso que tanto ansía una madre primeriza, sobre todo cuando el miedo te tiene cochifrita. Dalsy, paciencia y agua: al final de esta crianza, me lo tatúo en el omóplato, apuesten algo…

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