Los peces en el río

Susana Gisbert

Otra vez más. A mirar como beben los peces en el río mientras suena campana sobre campana, María saca la bota para emborrachar a alguien y van hacia Belén una burra, un tamborilero, los tres reyes magos, y unos cuantos pastorcillos alertados porque el chocolatillo se lo están comiendo mientras la Virgen se está peinando mientras tiende en el romero, que ya tiene mérito. Para que luego la llamen Noche de paz, por mucho que nos insten a tocar la pandereta y la zambomba, y hasta la botella de anís del Mono.

Y es que los villancicos es lo que tienen. Los repetimos una vez y otra como si no hubiera un mañana sin darnos cuenta las más de las veces de lo absurdos que resultan.

Recuerdo que de niña me aprendí con la guitarra eso de los peces en el río y ahí estaba una vez y otra torturando a mi sufrida familia, que a cansina no me gana nadie.

Pero hoy invito a hacer un repaso a esas letras que repetimos. Lo de mirar cómo beben los peces en el río debe ser el antecedente del “si bebes no conduzcas”, porque mucho mirar pero nada más. O, quizás, el precedente de las curdas fenomenales que se agarra más de uno en las cenas navideñas y que acaban en enfrentamientos con el cuñado de turno. Lo que nunca entendí demasiado es qué tenía que ver eso de remendarse una y otra vez, mientras la burra sigue, inasequible al desaliento, camino de Belén. Y pasan los siglos y nadie nos lo explica. Aunque quizás por fin este año lo hagan en Cuarto Milenio, que no hay que perder la esperanza.

Tampoco he entendido nunca qué hacía la Virgen venga a peinarse, cuando se supone que estaba dando a luz al Niño, o que recién lo había tenido. Y lo difícil que es peinarse mientras se lava y se tiende en el romero, que ya podría haber vendido el peine de plata fina y cambiarlo por uno menos fino para tener un tendedero en condiciones. Y por qué en vez de mirarlos a ellos tenemos que mirar a los peces, que pocas cosas hay más aburrida. Probablemente fuera una estrategia de distracción de los ladrones que entraron en el portal de Belén. Unos ladrones bien tontos, por cierto, que en vez de llevarse el oro y el incienso –la mirra, para qué- que trajeron los Reyes Magos, se llevaban el chocolatillo, que no nos consta de donde salió y que, a la vista de lo largo del viaje en burra, igual estaba caducado. Pero para tontos, los ratones, que entre tanta ofrenda no se les ocurría otra cosa que roer los calzones de San José, que ya hay que tener estómago.

Aunque siempre hay quien resulta práctico, y cualquier excusa es buena para darse un homenaje. De ahí debe venir eso de decirle a gritos zambomberos a María que saque la bota que se va a emborrachar.

Porque esta noche es Nochebuena y mañana Navidad. Y sin invitar, que nada de que se vayan a emborrachar ambos. María la ha de sacar para que el otro se la beba. Y «Sanseacabó».

Pero lo que sí está claro es que, a falta de GPS, alguien tiene que dar la ubicación. Por eso lo de repetir que en el portal de Belén hay estrellas, sol y luna. Y, por supuesto, la estrella, para que lleguen los reyes por aquel camino y no se distraigan por los pampanitos verdes y hojas de limón, que hay que estar atento cuando se conduce un camello. Y más aún si tienes a tu lado a la vieja con el aguinaldo, que también va para allá.

Todo un misterio. Menos mal que el tamborilero y los pastorcillos nunca faltan. Así que resignación. Campana sobre campana iremos restando días. Y tal vez este año nos expliquen el significado profundo de tanto villancico. Y, de paso, para qué narices quería el Niño la dichosa mirra.

@gisb_sus

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