La vista al suelo

Vicente Torres
Lo había aceptado de antemano, por lo que me recibió en su hotel. Se trataba de un señor de cierta fama, sobre todo en los círculos intelectuales y su indudable talento era ampliamente reconocido. Pero también cultivaba la faceta de campechano o asequible.

Me dio la mano y charlamos durante un buen rato, pero tardó mucho en levantar la vista del suelo. Me extrañó que no me mirase a los ojos desde el primer momento y aunque en un principio pensé que el hecho se debía a la timidez, deseché este pensamiento, puesto que está acostumbrado a tratar con mucha gente, no es de los que se recluyen en su casa. Era obvio el motivo por el que se comportó así, aunque yo tardé mucho en comprenderlo, quizá porque la respuesta no me gusta mucho.

Puedo añadir que la naturaleza ha dotado a este personaje con un atributo que usa con profusión en sus relaciones públicas, porque le funciona, pero que si lo tuviera yo también no lo emplearía como arma, sino tan solo cuando viniera al caso.

Nadie es perfecto y peores que el personaje citado son esos retorcidos mentales que no se dan cuenta de que si consiguen sacarle un ojo a alguien es a costa de perder ellos los dos. La impunidad no existe. De esos detalles se dieron cuenta muchos personajes de la antigüedad y está en sus escritos, pero hoy en día aún son muchos los que no lo saben. Más lejos aún de la perfección que el citado están esos que acostumbran a hacer preguntas insidiosas sin tener en cuenta que a ellos no les hacen otras que les molestarían mucho más. O esos otros que dicen: que mire en la wikipedia y verá quien soy yo. Pues no hace falta mirar en la wikipedia.

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