Opinión

Nacer con estrella… o nacer estrellado

Antonio Gil-Terrón

Hace años tuve una reveladora conversación con un amigo de esos que parecen haber nacido estrellados. Desgraciado hasta la médula, todo en la vida le había salido mal: fracaso en la vida laboral, sentimental, familiar, problemas graves con los hijos, problemas complicados de salud, etc.

Estábamos en una cafetería repleta de gente, y me estaba comentando que la noche anterior le habían robado el coche, con la mala sombra que ese día llevaba en el maletero todos los regalos de Navidad, junto con un sobre con el dinero de la indemnización que había cobrado del FOGASA, al haber cerrado la empresa en donde trabajaba, hacía unos meses.

En ese momento pasó por nuestro lado un camarero con una bandeja repleta de humeantes cafés con leche, con tan mala suerte que éste dio un tropezón yendo a parar el hirviente contenido de la bandeja justo encima de mi desventurado amigo. Tal fue el grito de dolor que soltó, que hubiese horrorizado hasta a un torturador de herejes de la nunca suficientemente desprestigiada Inquisición.

Pues bien, una vez recuperado del húmedo y abrasivo lance, mi amigo procedió a narrarme la novela de su lastimera existencia, comenzando por la anécdota del día de su nacimiento cuando se le resbaló a la comadrona y fue a caer al suelo, dándose un golpe en la cabeza que según parece era la causa de su perenne tartamudez y bizquera.

Cuando, exhausto, terminó su dramático relato, me quedé mirándole fijamente a los ojos y procedí a hacerle la pregunta de rigor:

– ¿Odias a alguien en esta vida?

Su respuesta fue tan inmediata como negativa. Es más, me afirmó que él quería a todo el mundo y que era muy buena persona, pero que el hijo de puta de su cuñado ojalá tuviera un accidente y se quedara tetrapléjico de por vida, y que su vecino del piso de arriba, al que le había tocado la lotería recientemente, ojalá pillara un cáncer de los dolorosos y se muriera rabiando de dolor. Imparable ya, mi amigo fue vomitando las peores desgracias sobre una interminable lista de personas, animales, y cosas.

Cuando concluyó su sarta de barbaridades, me preguntó por qué a él, que era una bellísima persona, todo le salía mal.

Img. Antonio Gil-Terrón Puchades
Img. Antonio Gil-Terrón Puchades

Por unos momentos dudé entre darle un capón o una palmadita en la espalda, optando finalmente por la palmadita, al tiempo que le decía que con el odio gratuito y maligno que su alma destilaba lo raro es que no le pasaran cosas peores, y que posiblemente en su anterior vida había sido un usurero ahoga pobres que terminó dedicándose a la política, para poder así dar rienda suelta a su vocación de mentiroso compulsivo, la otra gran pasión de su vida.

Y es que Dios no juzga ni castiga, sino que somos nosotros mismos, con nuestros actos e intenciones, los que diariamente nos condenamos o salvamos; los que escribimos en el Libro de la Vida nuestra felicidad o nuestra desgracia.

El karma, al final, no es más que un espejo que cual nos rebota todo aquello que nosotros a lo largo de nuestras existencias, hemos proyectado a nuestro prójimo. Si hemos proyectado amor y felicidad, recibiremos amor y felicidad, pero si por el contrario hemos ido repartiendo dolor y desgracia, eso es lo que vamos a recibir. Nuestro karma lo escribimos a diario.

Al final, nuestras existencias son como un balance contable en el que el “debe” debe de cuadrar con el “haber”.

Ahí estriba la Justicia Divina. La Divina Misericordia estará en dar cuantas oportunidades hagan falta para que podamos saldar voluntariamente nuestras deudas, y si para ello hay que vivir mil veces, mil veces nos reencarnaremos.

¡Divina Justicia! ¡Divina Misericordia!
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El color de la piel, la nacionalidad, o la posesión de cosas materiales, no hace a la persona ni más feliz, ni más desgraciada, y ahí tenemos como ejemplo ese mal endémico de los países más desarrollados, llamado depresión, que es una muerte en vida, y en donde la frase de Santa Teresa de Jesús: “que muero porque no muero”, es el pan nuestro de cada día de muchos estómagos saciados, acuchillados por la llamada angustia vital.

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