José Luis Olivas se siente perseguido

Vicente Torres

El último presidente de Bancaja y del Banco de Valencia, o sea, el señor bajo cuya presidencia las dos entidades valencianas incurrieron en unos riesgos tan desorbitados que las llevaron a su desaparición, dice que lo quieren ver sentado en el banquillo.

Quizá dice esto porque el siguiente paso, el de acabar en la cárcel, no le pasa por la cabeza. Lo cierto es que tanto a él como a Domingo Parra, el que fue Consejero Delegado del Banco de Valencia y responsables ambos de que los accionistas del banco perdieran su dinero, se les ve muy tranquilos.
Son muchas las denuncias contra ambos, o contra alguno de los de los, por parte del FROB o de la Fiscalía, pero hasta el momento ninguna logra llegar a buen puerto.

El daño hecho a la sociedad valenciana, en particular, y a la española en general, es considerable. Se han perdido muchos puestos de trabajo y se ha perjudicado gravemente a la economía.

El Banco de Valencia había cumplido más de cien años y tenía un arraigo más que aceptable entre los valencianos, hasta el punto de que en una anterior crisis, motivada también por la irresponsabilidad en las inversiones inmobiliarias, redoblaron su apoyo al banco y éste pudo salir a flote sin ayuda. Con Olivas y Parra a los mandos, el descalabro fue irreversible. Hay que reconocer que tampoco se le vio al Estado voluntad de salvarlo. Dio la impresión de que el FROB hizo lo posible para que se le fueran todos los clientes y no hubiera más remedio que regalárselo a La Caixa, y encima pagarle unos cuantos millones.

Por su parte, Bancaja era una institución que la máxima confianza de los valencianos. Un gigante cuya solidez parecía fuera de duda. Pero entonces llegó Olivas y demostró que sí que podía caer. La caída ha sido para siempre.

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