Opinión

Encuestas

Susana Gisbert

Hace ya tiempo que una duda me corroe. ¿Cómo y quien hace las encuestas? Y no me refiero solo a las del CIS y todos esos organismos tan rimbombantes que determinan la intención de voto o las preocupaciones de los españoles, que también. Pero ¿cómo hacen cosas tan interesantes como que uno de cada diez dentistas recomiendan el chicle sin azúcar o cuántas personas cambiarían su detergente por otro que lave más blanco? Siempre me he preguntado por el listillo del décimo dentista, que seguro que quiere que tengamos caries para incrementar su volumen de trabajo, o por el hijo del fabricante del detergente rival, que no va a decir otra cosa por fidelidad a la empresa familiar. Pero eso quedará en el cajón de los misterios sin resolver.

Jamás en la vida me han llamado para una encuesta. Salvo las de satisfacción por la atención recibida del teleoperador de la compañía telefónica o de la propaganda del Banco a los que más les valiera no preguntarme. Pero nunca nadie me paró en la calle para interrogarme acerca de a quién iba a votar o cuáles eran mis preocupaciones. Y visto lo visto, parece que no soy la única. Porque, perdónenme señores sociólogos, politólogos o lo que se tenga que ser para esto, pero últimamente no dan ni una. Y no sé si usan bola de cristal, pero si es así habría que quitarle el polvo con ese detergente que lava más blanco.

Díganme si no. El sorpaso, el Brexit, la paz en Colombia y, recientemente, el trumpazo. Qué menuda leche que nos hemos dado, por más que los Simpson ya nos lo advirtieron. Y la verdad, se hace difícil creer que se fueran tanto de lo que habían pronosticado, a no ser que la gente mienta descaradamente cuando le pregunten para fastidiar a los pobres sociólogos o politólogos o lo que sean, y quiera dejarlos en ridículo.

Pero lo cierto es que las encuestas parecen haberse convertido en una parte más de las campañas, en un instrumento de manipulación que se saca de paseo en el momento adecuado para que la gente se asuste o cambie de idea. Y eso sí que asusta de verdad.

Me pregunto si todos estos comicios habrían tenido resultados diferentes si no nos hubieran torpedeado por tierra, mar y aire con estimaciones de voto. Pero, sobre todo, me pregunto si no sería mejor que los señores políticos se dedicaran en sus campañas a tratar de explicar lo que van a hacer en pro de los votantes, en vez de tirarse piedras para dar la vuelta a predicciones desfavorables o apuntalar las favorables.

Y ya, ya sé que estoy alucinando pepinillos si pretendo esto. Pero quizás podrían valer como predicción para un futuro mejor. O no.

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La educación es un ornamento en la prosperidad y un refugio en la adversidad. (Aristóteles)

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