¿Por qué mueren nuestros hijos?

Pedro H. Pineda

Hace unos días ocupó la cabecera de todos los diarios y telediarios la noticia de la muerte de una joven de doce años, mientras participaba en un “botellón”. No vamos a entrar, querido amigo, en los detalles del suceso, que supongo sobradamente conoces, así como también de las muchas cuestiones que se han suscitado en torno al desgraciado caso. Me estaría convirtiendo en un vulgar comentarista de los que suelen embotarnos la mente a diario con el mismo acontecimiento, que no tiene visos de terminar nunca y que acaba de salirnos, no “hasta en la sopa”, sino más allá de los postres.

Yo quisiera hoy proponerte unas reflexiones: ¿Por qué mueren nuestros hijos?

¿Quiénes se están aprovechando? ¿Qui prodest?

¿Quiénes sacan provecho de la relajación de las costumbres, de la degradación de la juventud, de la promiscuidad, del atontamiento social y político de los jóvenes y adolescentes, de la destrucción de la familia, de las instituciones sociales y religiosas…?

¿Quiénes no desean que la juventud crezca en un ambiente sano, deportivo, educación adecuada, dentro de su pueblo o barrio, de su familia, de sus instituciones, lejos de los peligros del alcohol, de la promiscuidad, de las bajas pasiones? ¿Quién? ¿Quién? ¿Quién? – como se preguntaría Mouriño-.

Sin entrar en muchos detalles, porque esto es un artículo periodístico y no una tesis o un ensayo, te diría lo que pienso yo. Lo primero que me ha venido a la mente es el modo de actuar de algunos animales.  (No seas mal pensado y deduzcas que yo creo que nuestra juventud es “animal”). Me he acordado que hay una mosca “asquerosilla” llamada moscarda que cuando encuentra un trozo de carne, o cualquier resto de animal abandonado, inmediatamente coloca sus larvas para que se alimenten de sus proteínas. También de las avispas, que se la comen directamente, que a las larvas que las alimente el “avispo”, o sea, su padre, o del cangrejo ermitaño, que se come la carne de una caracola, para quedarse con su casa -concha-, como si fuera un “ocupa” cualquiera. O sea, que los animales -atención, animalistas- no se andan con chiquitas. Y los humanos, que tenemos un buen tanto por ciento de animal, tampoco vamos a la zaga.

¿Entonces? Por los botellones pululan “moscardones” que van vendiendo droga a tutiplén, alcohol camuflado, y toda serie de lindezas, como si pusieran sus larvas -negocietes- en la carne de la inocente juventud. Por los botellones abundan los depravados sexuales en busca de carne fresca y barata. Por los botellones se cuelan los cangrejos en busca de destruir una vida para quedarse con su casa – personalidad-.

¿Son los padres los responsables? ¿La Administración? ¿El propio individuo? ¿La culpa la tuvo el tren?

¿Qué te parece, querido amigo, si seguimos reflexionando otro día?

Podríamos recomenzar con el análisis de una situación real. Cuando una Administración tipo Ayuntamiento intenta solucionar un problema, por ejemplo la diversión de los jóvenes los fines de semana, lo resuelve organizando, a bombo y platillo, el llamado BOTELLÓN. Hablamos…

P.D.- Hay muchas formas de morir, una de ellas, poco a poco, degradándose y dejándose la personalidad en los parásitos. ¿Por qué mueren nuestros hijos?

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