Opinión

Cualquier tiempo no fue mejor, sino distinto

Pedro H. Pineda

 

Hola, amigo. Hoy no voy a protestar por nada, ni me voy a mosquear, ni voy a coger un cabreo. Anda y que les den… morcilla. Pues sí, hombre, encima vamos a caer en la trampa de seguirles su juego. Hoy quiero que nos hagamos unas reflexiones, mientras nos tomamos un café calentito a la orilla de la fogata de la amistad.

Tú eres padre, lo sé. Dime: ¿no es verdad que más de una vez el tuyo te dijo, con el dedo índice, vertical y tieso, como anunciando una verdad como un templo: “Niño, a tu edad yo ya hacía esto de tal o cual manera”?

Sin querer y queriendo, sobre todo los que ya vamos contando nuestra edad por décadas más que por años, estamos estableciendo comparaciones sobre “nuestra generación” y la actual. Como si ésta no fuera nuestra también, je, je.

Viene a cuento, querido amigo, a que últimamente -siempre sucede a principios de curso- los medios van dejándonos sus repetitivos casos de bullying -acoso escolar-. Que si a tal niño le hacen la vida imposible en tal colegio, maltratos, peleas, insultos… bueno, bueno; tú sabes de lo que te hablo. Cada vez se van produciendo con más asiduidad, a juicio de muchos, y se culpa del fenómeno a “tó quisque”. En serio, yo no voy a juzgar ahora de la bondad o maldad del asunto. Sólo quiero “echar la vista atrás” y recordar algunos de los episodios que vivimos los niños y adolescentes en aquella “mi época”.

Fíjate, para que te hagas una idea, porque tú eres un poquito más joven que yo.

En mi niñez no existían para nosotros:

-Las mochilas. Nosotros llevábamos nuestro material escolar entre dos tablas, atadas con unas correas, que nuestros padres pacientemente construían con sus propias manos. Yo llegué a tener una cartera de cartón, pero un día de lluvia se me fue al garete. Otra vez a las tablas.

-Vehículos en casa. Íbamos al colegio andando. Nada de padres o abuelos acompañando al niño. Como teníamos que recorrer una buena distancia hasta llegar al colegio, el “sistema” era ir recogiendo amigos a lo largo del camino. Salíamos de casa solos y llegábamos a la escuela en pandilla. En el trayecto ya sucedía de todo. Risas, canciones, algarabías, lo propio de la chiquillería, pero también roces, peleíllas, piques, travesuras… que algunas veces terminaban a patadas o a pedradas. Pero todo quedaba entre nosotros. Que nadie se chivaba al maestro, ni mucho menos a los padres. ¿Qué pasaba si llevábamos a casa una moradura a causa de una patada en la espinilla? Pues nada. Decíamos que habíamos caído en el camino y nos habíamos golpeado con una piedra. Porque si nuestro padre se enteraba que el moratón fue de una patada de otro niño, no creas, caro amigo, que iba en busca de la familia del agresor para echarle en cara “su acoso”. ¡Qué va! Después de echarte un filípica sobre la manera de no dejarse apabullar, la emprendía contigo con una “somanta” de “cariñitos” que no podías sentarte en una silla en una semana.

-No se llevaban bocadillos. Un buen desayuno a base de leche y sopas. (¡Qué picatostes hacía mi madre!) Nada de bollycaos, empanadillas, bolletes, etc… Por tanto, a nadie le podían quitar su almuerzo. Y uno aguantaba toda la mañana, hasta el mediodía. Decía el Dr. Marañón, ilustre médico, que el mejor desayuno era “un buen tazón de leche, con muchas sopas de pan”. Energía para muchas horas.

-No existía el “bullying” pero sí muchos sucesos que superaban a lo que hoy se cuenta. Sólo te pondré un ejemplo. “El agarejo o lagarejo”. No me pidas que te explique de dónde viene el nombrecito, pero sí que me acuerdo del “procedimiento”. Entre varios chicos se cogía a una víctima, la mayoría de las veces porque la pandilla tenía ganas de divertirse. O sea, que le podría tocar a cualquiera que pasara por allí. Se le agarraba por los tobillos y se le colocaba cabeza abajo, eso sí, con cuidado de no romperle la cabeza. Y como entonces siempre se vestían pantalones cortos -en invierno o en verano- se le introducían por las perneras toda serie de objetos: tierra, piedras, hormigas, langostas,… en fin, lo que hubiera a mano por los alrededores. Creo que pocos los de mi época se libraron de la bromita.

Y si no. ¡Que levanten la mano!

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La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

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