La isla bonita

Antonio Gil-Terrón

Conversación mantenida hace unos días:

– Antonio, háblame de la muerte.

– De acuerdo. Dime algo que te produzca terror.

– ¿Terror…? Pues volar en avión.

– ¿Pero has subido alguna vez?

– Sí, y estuvimos a punto de morir.

– ¿Pero no pasó nada?

– No. Solo el miedo que pasé.

– ¿Crees en Dios?

– Supongo que sí…; aunque no tengo demasiado tiempo para pensar en Él.

– ¡Vale! Mira, cada persona tiene una visión distinta de la muerte, por lo que te voy a contar la mía.

Para mí la muerte es como saber que -sí o sí- llegará un día en el que tendré que subir en avión, cosa que como a ti no me gusta nada. Esta realidad me puede agobiar, sin embargo como creyente convencido por las pruebas que Dios me ha regalado a lo largo de mi vida, me puede inquietar el viaje, pero no el destino final de este: La isla bonita (un ejemplo por decir algo).

Claro que la mayor o peor calidad del destino final depende del precio que puedas pagar; de lo que hayas ahorrado a lo largo de tu vida; no en dinero, sino en puntos por tu dedicación y entrega a los demás.

– Muy bonito, Antonio, pero me gustaría que te dejases de cuentos e islas bonitas, y fueses más concreto…

– ¿Más concreto? ¡Vale!

– En estos momentos la única emoción que me produce la muerte es de esperanza no exenta de curiosidad; de mucha curiosidad. Pero como a mi cuerpo y su primitivo instinto animal de supervivencia, no le atrae para nada el viaje en sí (la muerte), simplemente me concentro en el destino final de mi alma (mi auténtico yo) una vez desnuda de su vestimenta mortal y sus sempiternas miserias.

En cuanto a lo que le suceda a mis restos, me preocupa tanto como lo que pueda ocurrir al pelo que me cortan mensualmente.

En fin, nada de miedo ni angustia; tan solo curiosidad. Tal vez sea porque si bien los curas escolapios me enseñaron de niño a vivir en el permanente temor (pánico) a Dios, la vida (Dios) me enseñó a vivir en el Amor de Dios y a Dios, así como que donde hay Amor, no cabe el temor.

Pues eso; frente a la muerte, esperanza y curiosidad, como la de un niño en la noche de reyes.

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