Entretenimiento

La vida es un carnaval

Hay días en los que me tengo que frotar los ojos con inusual dedicación para acabar de creerme que esos dos tipos extraordinarios que ya opinan, ya deciden, ya razonan (con sus axiomas, claro) y ya negocian, son las mismas bolitas de queso tierno que he parido

Noe Martínez / LIVING LA VIDA MADRE

SUGERENCIA MUSICAL, «La vida es un carnaval», de Celia Cruz.

No sé, hay días en los que me tengo que frotar los ojos con inusual dedicación para acabar de creerme que esos dos tipos extraordinarios que ya opinan, ya deciden, ya razonan (con sus axiomas, claro) y ya negocian, son las mismas bolitas de queso tierno que he parido, aun no hace tanto tiempo. Me quedo embobada viendo como salen airosos de situaciones que no hace mucho eran un reto impensable. Me quedo absorta viendo como manejan las tecnologías, a las que yo me he ido adaptando según iban llegando a mi (oh, oh) madurez. Me quedo patidifusa con su capacidad de adaptación ante lo que acontece, lo que viene y lo que vendrá. Todo gradual, todo a su debido tiempo, y, sin embargo, no acabo de tragarme que han crecido. Ante mis ojos. Ante mis sacrosantas narices…

– ¡Chao, mamita, chaoooo…!

Mi ex-bebé, ahora conocido como niñito, me despide con cajas destempladas para que no le interrumpa en su visionado mil uno de ‘Pocoyó, fiesta de cumpleaños’. Me dice chao, mamita, chao, porque su habilidad verbal en proceso de desarrollo aun no le permite pergeñar un ‘ya podías ir a mirar si me dejé abierto el grifo de la bañera, que mola mucho tu cara cuando convierto en baño en una Little Venecia’. Me aparta sin ánimo de herir mis sentimientos, buscando la forma de que me vaya, que lo deje a su bola Manola, muy yo cuando una dependienta me acosa con su lepuedoayudarenalgolepuedoayudarenalgolepuedoayudarenalgo.

– ¿No puedo ver contigo la Tablet, amor…? – Pregunto, incrédula, ante tanta necesidad de espacio en un ser hasta antes de ayer tan dependiente.

– ¡Chao, mamita, chao, tiqueroooo*!

Te quiero es un maravilloso comodín de despedida, de fórmula de desapego 2.0, porque una vez la oyes, sea lo que sea que viene después, tiene menos energía chunga. Por un lado lo miro y me quedo frita de amor comprimido; pero por otro, algo me recorre el espinazo. Una electricidad punzante, tan fugaz como certera, que me es conocida. Soy una feliz mamá por partida doble, así que no necesito el Google Translator para darle nombre a lo que acomete: penita. Así se llama.

– ¿Pero tú cuándo has crecido tanto, chicarrón? ¿Quién te ha dado permiso para convertirte en un muñeco mayor, tan de comerte la carita hasta tener que tomar Alkaseltzer?

– ¿Sanitos, sí? Graciashmamá…

¿Gusanitos, sí? Gracias, mamá. Y como por arte de magia, como por birlí birloque, mi hijo pequeño se dirige a mí, en iguales términos que lo hace su hermano, del que le separan casi tres años de existencia.

Tres años que, en este incipiente ser humano, es muchísimo tiempo, quizá una eternidad; sin embargo, ahí está mi chiquitito, pidiéndome un piscolabis y dándome las gracias de ante mano. No sé si secarme las lágrimas con la manga de la bata (sí, soy madre y uso bata: estamos condenados a repetir vivencias, amores y ternuras previas), o bebérmelas una a una, festejando que todo sigue su cauce.

Inconscientemente, pienso que aun me queda tiempo para gozar de la idea de tener un bebé en casa, no obstante…

– Nena, hay que ir pensado en desmontar la cuna, porque Lorenzo se come los barrotes en cuanto gira…

La noche pasada, el paciente padre había hecho una apreciación más que evidente. Por edad, podría seguir en su cunita unos meses más; pero por envergadura, la cosa cambia. Pequeño, pero grande. Ex-bebé, pero bebé al fin y al cabo. Tenemos que pasarlo a la cama, como en su día hicimos con su hermano mayor, pero en el caso de éste, no hubo más tu tía que precipitar los acontecimientos, porque el nuevo embarazo de mamá empezaba a asomar volumen. Siempre comparo el desalojo de la cuna del mayor con el fenómeno de ‘la cama caliente’ o ‘tálamo subrogado’. Quítate tú pa’ponerme yo, que diría el otro.

Nicolás no dejó la cuna a su hermano, porque no le preguntamos: lo reubicamos, la vida se hacía paso, y su hermano asomaba la patita por debajo la puerta.

– ¡Mamita, ese moto es bluuuuu…!

¡Ah, sí! Mi ex-bebé habla spanglish. Como os lo cuento. Verbigracia de los mutivídeos de Youtube, los dibujos con doblaje mexicano y la llamada enseñanza bilingüe, los niños ya no chapurrean en un solo idioma, sino que los entrelazan, los esguinzan, los disfrazan, haciendo mil combinaciones imposibles, que te hacen pensar que si se lo dejas una tarde a los abuelos, lo mismo hay que anexar una libreta con anotaciones y/o subtítulos. Esa cara de mi padre, cuando no encuentra las gafas en el bolsillo del abrigo, y el mayor le regala un ‘busca en Google, que ahí hay de todo’. Amén de las risas (infinitas, os lo aseguro), la fascinación es innegable. Porque con 5 años sabe que en la red, eso que los de mi generación aprendimos tomando notas con boli Bic, punta normal, está todo. Hay de todo. Y en ese todo se mueven como pez en el agua…

– ¡…oscalaaaaresh…! ¡…oscalaaaaresh…! ¡…oscalaaaaresh…!

Y veo como los dedos regordetes de mi ex-bebé pulsan el botón de búsqueda por voz en Youtube Kids, frustrado porque la Tablet no entiende que quiere ver vídeos de colores. Él nos ha visto hacerlo muchas veces, cosa que, supongo, le ha dado confianza y seguridad para imitarnos. Sin embargo, al buscador, obstinado, le da por entender que lo que el pobre quiere ver son ‘abductores’, y no toda la gama de Pantone. Ira en versión mini, pataleta, furia microscópica y, ¡por fiiiiiiin!…

– ¿Pones mía oscalareshmamiiiiii?*

¿Me pones los colores, mami? Me pide ayuda. Me necesita. Recurre a mí. Me quiere a su lado. Cuenta conmigo. Lo sé, tengo que ir a terapia, quizá a una de esas conferencias de auto superación para madres helicóptero (lo controlamos todo, cual dron, oigan…), pero la sensación indescriptible de saberme útil para mi pequeño potosí con mofletes, me ayuda a digerir que me queda poco de visitas a la farmacia a por leche en polvo, cereales hidrolizados, pasta al agua para el culo y sueritos para los mocos-malandrines. Me queda poco, pero qué fortuna haber tenido la suerte de parir unos tipos tan estupendos como mis hijos. No son posesiones. No son parte de mí, aunque en verdad de mí hayan salido (a mis costurones me remito). No puedo apropiarme de sus vidas, vivirlas por ellos. Sin embargo, con qué alegría yo les regalé la mía en cuanto nacieron. Supe entonces, que todo lo bueno empezaba.

– Mamiiiiiii, ya terminééééé… – Oigo a mi mayor desde el baño. Pausa – ¿Me limpias el culoooooo?

Cinco años, autosuficiente para ir a Kárate, leer con soltura, escribir con destreza, sin embargo, para las cosas delicadas, mamá es la mejor. Lo dicho, les he regalado mi vida, ¡viva la Pepa…! Felicidad máxima: mi vida es un carnaval, que se haga Trending toppic.

noemartinez.es

print

Agregar comentario

Haga clic aquí para publicar un comentario