Una ciclista de acera

Vicente Torres

Me la encontré de cara un día al doblar una esquina. Iba con las mandíbulas apretadas, la mirada fija al frente y el gesto decidido. Pedaleaba como una descosida y podía interpretarse que había apurado hasta última hora para ponerse en marcha, confiando en que con este medio de locomoción podía llegar. Pero, claro, iba por la acera y entonces eso es una salvajada. Las autoridades lo permiten.

Antes de salir a la calle suelo mirar por si viene alguien para no interrumpirle el paso, como era costumbre en tiempos pasados, pero en la actualidad la gente suele salir en tromba, sin que le importe invadir el espacio de quien llega. Supongo que esto tiene que haber dado lugar a más de un atropello, porque a menudo quien viene lo hace en bicicleta y a veces a toda pastilla. A mí me han atropellado ya tres veces, no saliendo de casa, pero sí en medio de la acera. La última vez me ocurrió saliendo del parque de Orriols, frente al campo del Levante UD. El tipo se volvió a montar en la bicicleta, sin decir nada, y salió disparado.

Las aceras justifican a las ciudades. Es en donde la vida se hace amable. Por ellas se puede pasear, ir en grupo charlando, contemplar fachadas o monumentos, ver escaparates, etc. Hasta no hace mucho, la gente deambulaba por las aceras con suma educación. Era cuando conducían que la perdían toda. Hoy en día ya la han perdido también los viandantes, que en su gran mayoría se comportan de forma egoísta y sin contemplaciones con el prójimo. La invasión de las aceras por parte de los ciclistas las ha terminado de convertir en una selva. Caminar por las aceras ya no resulta agradable, no puede uno distraerse mirando cualquier cosa porque lo atropellan. El viandante de hoy bastante tiene con procurar regresar sano y salvo a casa.

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