Opinión

Gratitud

Antonio Gil-Terrón 

Ocurrió durante una calurosa noche del verano del 36, en un pequeño pueblo cercano a Valencia.

Dos hermanos entrados en la cincuentena, labradores de oficio y solteros de afición, cenaban pacíficamente el pan de su esfuerzo en la vieja cocina de la casa familiar donde vivían, cuando de repente se oyeron dos fuertes golpes en la puerta; eran unos vecinos suyos; para más señas, milicianos del Frente Popular.

Los dos hermanos, lívidos y con el bocado a medio tragar, se miraron en silencio.

– Abre tú porque vienen a por ti – balbuceó el hermano pequeño.

– ¿Por qué a por mí? – susurró el mayor.

– Porque yo jamás le hecho un favor a nadie, ni nadie me debe nada, mientras que tú has hecho demasiados favores en el pueblo, y hay muchos a los que les has prestado dinero.

El hermano mayor asintió tristemente con la cabeza; se dirigió a la entrada y abrió la puerta. Unas voces; un grito ahogado; un coche que arranca, y después tan solo silencio.

A la mañana siguiente, a las afueras de la población junto a la valla del cementerio, apareció un cuerpo sin vida con un tiro en la nuca. Ni fue el primero, ni sería el último de ese fatídico verano.

Esta historia sucedió tal como la cuento, y es por ello que, para no revolver en la mierda de la memoria histórica, he obviado el nombre de la pequeña población.

Pues bien, este relato viene a colación de una frase, dicho, o refrán, que reza algo así como: “Hazle un favor a alguien y te habrás ganado un enemigo de por vida”.

Tengo que decir, desde la experiencia que dan las canas, que esa frase, al igual que todas las generalizaciones, es una media verdad… o sea, la peor de las mentiras.

Porque -para ser justos- habría que reconocer que hay personas agradecidas que jamás olvidan -para bien- a quien en un momento de necesidad les hizo un favor sin esperar nada a cambio. Pero también es cierto que hay canallas, más de la cuenta, que jamás perdonan a aquel que les hace un favor. Absurdo, ¿no?… ¿Y por qué?

La respuesta es muy sencilla. En el mundo hay de todo. Gente buena y gente mala; abundando –por desgracia y hasta el vómito- la gentuza. Al fin y al cabo, para algo el diablo es el príncipe del mundo. [Juan 12:31].

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