Opinión

Anestesia

Susana Gisbert

Y a lo tonto a lo tonto, hemos llegado a mitad de agosto. Y, como diría Julio Iglesias, la vida sigue igual, más allá de que este verano su propio hijo se haya empeñado en que nos duelan los pies en vez del alma, con el soniquete que ya se ha convertido en imprescindible en saraos y verbenas varias.

Y a fe que lo ha conseguido. O al menos parte de ello. Los pies no sé si dolerán mucho pero el alma la tenemos anestesiada. O eso parece. Hasta el punto que mis propios compañeros de columna, José Segura y Juan Daroqui, han desistido de seguir haciéndonos de Pepito Grillo durante este mes. O eso creen, que a ver si se resisten a esta colleja virtual por dejarme sola ante el peligro.

Que conste que lo entiendo. Entre juegos olímpicos de sillón, y el juego de pillar el mejor sillón que ejercen los políticos a nivel olímpico, poco hay que rascar. Por más que una se empeñe en tratar de poner alguna que otra conciencia a remojo. Ahí siguen, tendidas con la toalla y las chanclas, esperando que la llevemos a la playa sin molestar demasiado al vecino.

Pero mientras nuestros deportistas demuestran por enésima vez que nos contaron una milonga con la cantidad de medallas que nos íbamos a traer, porque, entre otras cosas, esto de los Juegos Olímpicos solo es un espejismo y el resto del año no hay más deporte que el fútbol masculino, el mundo sigue girando. El tiempo sigue corriendo mientras los únicos que no corren son quienes aspiran a gobernar, enrocado cada uno en sus miserias y jugando a cansarnos. Porque cada vez interesa menos si pactan o dejan de pactar, si van o si vienen, si quien ayer era mi enemigo hoy es mi amigo del alma so pretexto de esa cosa difusa que ellos llaman el interés de España y que no es más que un trasunto de aquel viejo dicho que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Pues bien, señores, ya lo han conseguido. Hasta el gorro nos tienen. Hasta las narices de que no se muevan ni un ápice mientras cada día muchas personas se juegan la vida en el mar en pos de un refugio que no les damos, de que cada día muchas personas sean asesinadas en atentados que poco parecen importar porque ocurren a muchos kilómetros de nuestra zona de confort, de que muchas mujeres sigan sufriendo en silencio el miedo y el tormento de la violencia de género sin que les dediquen apenas unos segundos de campaña electoral, de que miles de personas sigan sin ver en sus carnes la tan cacareada remontada de la crisis. Hasta las narices de que en esas líneas rojas, verdes o azules nunca salga a colación la sanidad, la educación o la justicia, o de que ya no nos espante el siguiente asunto de corrupción, que ya se ha instalado en nuestras vidas como las tormentas en el verano o la gota fría en cuanto que llega el otoño.

Enhorabuena. Han logrado que encadenemos una campaña electoral con otra, sin solución de continuidad, en un record difícil de batir. Ahí sí nos llevamos medalla, pero de la madera del alcornoque. Porque llegan las siguientes, nuevas autonómicas, y aún no hemos terminado con lo anterior. Y de paso han logrado que nos importe un pepino, que acabaremos aspirando a que regulen la necesidad de tener, al menos, un mes al año sin campaña electoral. Tomen nota, que igual si incluyen esto entre las líneas rojas de sus negociaciones tienen más éxito. Más de uno repensaría su voto para evitarse este eterno Día de la Marmota.

Anestesiados hemos acabado. Con una anestesia epidural que nos duerme pero permite ver lo que pasa sin sentir nada. Y lo que nos queda.

@gisb_sus

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