Opinión

Trece rosas y muchas espinas

Susana Gisbert

Hace unos días se conmemoraba el aniversario del fusilamiento de trece muchachas –a la que se sumó otra al poco tiempo- en el año 1939, recién terminada la Guerra Civil e inaugurado un régimen que padeceríamos durante cuarenta años.

Una historia triste, seguramente como muchas otras, que fue adquiriendo con la pátina del tiempo tintes de leyenda, lo que culminó con el libro y la película a ellas dedicada. Por supuesto, tras cuarenta años en los que nadie podía nombarlas en voz alta.

Y, aunque es verdad que la historia tiene todos los ingredientes para mitificar a sus protagonistas y convertirlas en un símbolo, lo bien cierto es que esos ingredientes fueron reales, por desgracia, y silenciados, por desgracia también.

Pero hete tú aquí que, tras más de 75 años, hablar de estas cosas sigue provocando reacciones para mí inexplicables. Fruto, probablemente, de lo mal que hemos sabido manejar la memoria colectiva, por bien que hiciéramos la transición política.

Por un lado, redes sociales y medios de comunicación se inundaron de grandes y pequeños homenajes a aquellas trece mujeres, que fueron fusiladas tras un juicio sumarísimo cuando muchas de ellas ni siquiera habían alcanzado la mayoría de edad. Solo por eso ya sería para provocar la repulsa sin fisuras de una sociedad democráctica como la nuestra. O al menos eso pensaba yo.

Pero no fue así. Al igual que hubo muchos mensajes de homenaje, también hubo más de una contestación airada. Quejas de que se mitifique a quienes, según algunos, no eran más que unas terroristas e insultos que me niego a reproducir por pudor. Exhorataciones al olvido e insistencia en que “en el otro bando” se cometieron barbaridades. Cuarenta años después del fin de la contienda y por personas mucho más jóvenes que cabría esperar. Para hacérselo mirar.

Confieso que me inundó la tristeza. Pero aún más, me invadió el pánico. Por lo que leí en líneas y entre líneas. Y es que es para pensarlo.

Estamos hablando de aplicar la pena de muerte, algo proscrito por nuestra Constitución. En un juicio sin garantías, de nuevo contrario a nuestro ordenamiento democrático. Y a menores de edad -según la legislación de la época- tercera infracción de los que todos consideramos derechos humanos indiscutibles. Solo eso debería ser suficiente para condenar el hecho. Pero parece que esos derechos no lo son tanto cuando se bucea en según qué temas.

De otra parte, no olvidemos que estamos hablando de aplicar la pena capital a mujeres, una gran paradoja. Se las consideraba aptas para asumir la máxima responsabilidad por un ordenamiento que no las consideraba aptas ni siquiera para salir de viaje o comprar una casa sin el permiso de sus padres o su marido. Sin derechos pero con obligaciones. Tremendo.

Pero al parecer, los derechos humanos son menos humanos según el caso. Porque de eso se trata, más allá de connotaciones políticas. Y en este caso, el rosario de derechos conculcados por el estado daría para varias novenas.

Y luego está el olvido selectivo. Hay que pasar página, olvidar lo sucedido y seguir adelante, según algunos. Sin tener en cuanta que es difícil o imposible cuando se cierra una herida en falso. Y que hay, además, una ley de memoria histórica que obliga a todos y debería cumplirse.

¿Qué pensarían si se dijera de olvidar a las víctimas del terrorismo, por ejemplo? No hace mucho que hemos asistido a los actos en memoria de Miguel Angel Blanco, con el lema “no olvidamos”. Y me parece bien. Lo que no me parece tanto es que los que hablan de no olvidar unas cosas exijan la amnesia respecto a otras.

Aunque tampoco voy a negar ese lugar común, referente a que se hicieron barbaridades en ambos bandos. A buen seguro que así sería. Pero la cuestión es que así sería en la guerra, como en todas las guerras. Pero en la paz las víctimas siempre cayeron del mismo lado. Durante cuarenta años. Y eso es difícil de olvidar.

@gisb_sus

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La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. (C.S. Lewis)

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